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10 películas clásicas para ver antes de morir

En el marco de los estímulos que entregó el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico este año, el crítico y escritor Hugo Chaparro, uno de los jurados, nos preparó esta lista de largometrajes clásicos imprescindibles.

2016/10/28

Por Hugo Chaparro Valderrama

Broken Blossoms (David Wark Griffith, 1919): Cuando Lillian Gish, como la angelical Lucy Borrows, enloquece encerrada en un clóset al que golpea amenazante su padre brutal (Donal Crisp), la cámara y la fotografía enaltecen la figura de Gish como un venadito rubio asediado por la maldad. Felizmente, será Richard Barthelmes interpretando a un chino, llamado Cheng Huan, quien parece en un trance crónico de opio, el hombre que será su ángel protector en versión asiática. Un clásico del melodrama que nutrió el llanto del público en los años 20.

La carreta fantasma (Victor Sjöström, 1921): Las leyendas de la muerte tuvieron su versión macabra en imágenes cuando Sjöström filmó en Suecia esta aventura del miedo alrededor de algo tan dudoso como el pecado en la pantalla donde los peligros del mundo han sido vistos como placeres mundanos del cine.

Häxan (Benjamin Christensen, 1922): O La historia de la brujería a través de los tiempos, una película que demuestra cómo el cine silente de los años 20 fue todo menos ingenuo para asombrar a su público con aquelarres diabólicos, monjes erotizados persiguiendo brujas y riesgos creativos como los que hicieron de Christensen un clásico contemporáneo.

The Loves of Pharao (Ernst Lubitsch, 1922): El rey de la comedia, Ernst Lubitsch, también hizo tragedias: exóticas, fantásticas, mágicas, así como las descubre el espectador cuando se aterra ante la historia de un rey etíope y un faraón, entre los que brilla la belleza de una mujer, Lyda Salmonova, y la destreza robusta de Emil Jannings.

Foolish Wives (Erich von Stroheim, 1922): Acrobacias conyugales, enredos pasionales, desmanes sexuales. El material de la frivolidad humana que le sirvió a Stroheim para hacer del cine un arte vanguardista en los años 20 y una tesis moral que retaba las convenciones de su época, demostrando cómo las excepciones siempre serán más incitantes que las normas contras las que deberíamos rebelarnos siempre.

Nanook of the North (Robert Flaherty, 1922): el documental fue antes y después del viaje de Flaherty hacia el Ártico canadiense para conmover la mente del público con la descripción del factor humano en una geografía difícil de enfrentar, pero no imposible cuando el ingenio y su inteligencia ayudan a sobrevivir en la dificultad.

Paris qui dort (René Clair, 1925): Monsieur Clair hizo que París durmiera en los años 20 por los efectos sedantes de un rayo misterioso que mantuvo despierto a su espectador cuando el cine ya empezaba a reinventarse, casi antes de que se inventara, en una película donde la ficción transformó la realidad de una ciudad que fue antes y después de sus ilusiones filmadas.

The Lodger: A Story of the London Fog (Alfred Hitchcock, 1927): un asesino atormentado por la belleza de las rubias anticipó el desquiciamiento criminal de las películas que haría años más tarde Alfred Hitchcok, revelando desde finales de la década de los 20 que la técnica hace al director cuando define su estilo.

It (Clarence G. Badger, Josef von Sternberg, 1927): ¿Quién fue la chica que tenía "eso"? ¡Clara Bow! Y gracias a que lo tenía, esta película hizo de ella una encarnación de los turbulentos años 20 donde su piel fue sexo en acción con la gracia ineludible de su belleza tocada por la gracia del jazz.

El hombre de la cámara (Dziga Vertov, 1929): Hacer de la cámara de cine una máquina del tiempo donde el ritmo de una ciudad se podía filmar de manera simultánea, gracias al montaje, fue la idea que animó a Vertov para enseñar en la pantalla una dimensión de la vida del ser humano en términos cinematográficos.

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