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Cien años de polémica

El nacimiento de una nación, película de David Wark Griffith estrenada en cines hace un siglo, ofrecía una visión heroica del Ku Klux Klan y una imagen de los Estados Unidos como un país de blancos.

2015/04/14

Por Marco Bonilla

Para algunos, un manifiesto racista de más de tres horas. Para otros, una película pionera que definió el lenguaje cinematográfico para siempre. El nacimiento de una nación de David Wark Griffith (1975–1948) es de esas cintas que no dejan de dividir al público. Técnicamente relevante para la historia del cine (prácticamente no hay programa académico de formación cinematográfica que no la incluya), pero políticamente incorrecta, es una obra abiertamente propagandística, precursora de otras en su estilo como El acorazado Potemkin, El triunfo de la voluntad, El judío eterno o American sniper

El nacimiento de una nación debe su éxito tanto al talento del director como a su guionista Thomas Dixon Jr., un abierto defensor de la supremacía blanca en los Estados Unidos. La historia gira en torno a dos familias, los Cameron del sur y los Stoneman del norte, quienes en un comienzo representan la unión del país. La guerra civil (1861-1865) no logra dividirlos, pero tras el fin del enfrentamiento, durante el periodo conocido como la Reconstrucción, las dos familias deben enfrentarse a la realidad del fin de la esclavitud. Acá la posición de Griffith y Dixon no deja lugar a dudas. Se muestran abiertamente contrarios a la emancipación de los afroamericanos y defensores del Ku Klux Klan. De hecho, el grupo de extrema derecha, surgido de las cenizas de la guerra civil, es presentado en la película como el noble salvador de la nación, mientras que la población afroamericana es representada como ruin, corrupta, perezosa, pendenciera y propensa a la violación, al consumo de alcohol y una amenaza para la civilización blanca. 

La cinta está basada en el libro The Clansman, escrito por Dixon como parte de una trilogía sobre la Reconstrucción. Buscando un medio para transmitir su mensaje, Dixon encontró su oportunidad en el cine, un nuevo medio que apenas conocía y del que había escuchado “como la letra de una canción vagamente oída”. 

En 1915, el cine aún no se concebía como un género artístico y seguía en búsqueda de un lenguaje particular que lo alejara de las convenciones del teatro o la pintura. Las películas eran consideradas como comedias ligeras y cortas secuencias de acción, sin trama ni argumento. Técnicamente, el cine se componía de una serie de poses afectadas tomadas a cierta distancia con muy poca continuidad. Lo importante era el movimiento que seguía asombrando al público. La historia importaba muy poco. Fue Griffith el aliado que Dixon necesitaba para contar la historia y quien sintetizó en una sola obra las técnicas que se hallaban dispersas. Tras su estreno el New York Times señaló que era “una impresionante ilustración del poder y alcance de la cámara de cine”.

La producción duró nueve semanas, entre julio y octubre de 1914. El resultado fue totalmente novedoso. Griffith, nacido en Kentucky, hijo de un médico en bancarrota por efecto de la Guerra Civil y simpatizante de la causa del sur, introdujo los principios de filmación (cortes, primeros planos, flashbacks, zoom ins, uso de dobles de acción y de cámaras portátiles) que harían del cine una forma estética y expresiva por derecho propio. 

Gracias a Griffith el cine se consolidó como el séptimo arte. El director creó una historia entendida como un flujo continuo de acción, con una unidad y un ritmo dramáticos, en torno al guion de Dixon. Fue la dupla perfecta, Griffith carecía de conocimientos históricos que fueron aportados por Dixon, quien a su vez desconocía los rudimentos técnicos del cine, campo en el que Griffith era un absoluto maestro. 

En febrero de 1915 la película fue exhibida por primera vez en Nueva York, para una audiencia limitada. Fue estrenada con el nombre The Clansman, pero ese mismo día Dixon decidió que debía llamarse El nacimiento de una nación. A lo largo de 1915 fue exhibida en diferentes ciudades de la unión americana, encontrando en todas ellas una fuerte oposición, tanto de población blanca como afroamericana. 

En Boston, un grupo de 500 personas protestó frente al edifico del gobernador del Estado de Massachusetts pidiendo la censura de la cinta. Kelly Miller, rector de la universidad Howard, tras ver la película escribió a Dixon, “sus obras pervierten los cimientos de la ley y el orden establecidos de este país”, llamándolo “profeta de la anarquía”. Sutton Griggs, reconocido abogado de Arkansas de principios del siglo XX afirmó que Dixon y Griffith “dejaban tras de sí el legado de odio más grande que el mundo haya conocido”. Dixon respondió diciendo: “mis obras son de difícil lectura para un negro”. 

Las principales críticas vinieron de grupos religiosos, educativos y civiles de afroamericanos en todo el país. Representantes de la NAACP (Asociación Nacional para el Avance de la Población de Color, por sus siglas en inglés) consideraron la cinta como “impropia, inmoral e injusta” y “un insulto a toda una raza”. Durante todo 1915, esta organización, intentó por todo medio posible detener la exhibición de la película, pero no contaban con la determinación de Dixon y Griffith quienes se aseguraron de que la obra se presentara en las ciudades más grandes de Estados Unidos. 

Ante la avalancha de demandas, las altas cortes les dieron la razón amparándose en el derecho a la libre expresión e incluso, se dice que el presidente Woodrow Wilson, antiguo compañero de colegio de Dixon, dio su bendición a la obra. En pocas localidades del país la cinta fue prohibida y las críticas fueron mayormente favorables en lo técnico y condenatorias en lo político. Francis Hackett, crítico del New Republic dijo “como espectáculo es estupenda”, pero la calificó al mismo tiempo de “agresiva, difamatoria y un asesinato espiritual” de los afroamericanos. Muchos críticos además de Hackett denunciaron la cinta por estar llena de imprecisiones históricas, distorsiones y verdades a medias. El Ku Klux Klan es presentado con tintes heroicos, no hay ninguna noción al periodo esclavista, ni al reino de terror que los blancos desataron contra la minoría negra tras el fin de la Guerra Civil.

La intención de Griffith y Dixon era que quien viese El nacimiento de una nación se convirtiera “en un partisano de la causa del sur para el resto de su vida. No obstante, las críticas al contenido moral de la producción no han cesado desde su estreno. Aun hoy, la NAACP intenta manifestarse en cada teatro donde se presenta la cinta.

Los realizadores usaron un instrumento de comunicación, novedoso en 1915, para crear un producto cuestionable por su representación de las minorías y por su visión de una nación unida por los valores blancos y anglosajones. Los efectos de la película no se hicieron esperar, el mismo año de su estreno, el Ku Klux Klan, cuyos líderes llevaban años considerando revivir la organización, vio un renacer en su accionar. Con el impulso y la visión heroica ofrecida por la cinta, el Ku Klux Klan, el primer grupo terrorista de los Estados Unidos, fue relanzado, extendiéndose por todo el país y lanzando ataques contra judíos, católicos y afroamericanos. Muchas personas salían del teatro para enlistarse en las filas del grupo y más de un defensor de la supremacía blanca, en medio de gritos de horror, disparó a la pantalla para salvar a Flora Cameron de su perseguidor negro.

Al mismo tiempo famosa e infame, El nacimiento de una nación no deja indiferente a nadie. Por sus virtudes técnicas o sus defectos políticos, la cinta, cien años después de su estreno, sigue dando de qué hablar. Más allá de su cuestionable visión de la historia de Estados Unidos, es indudable que Griffith llegó a comprender el cine como medio de expresión, mejor que cualquiera de sus contemporáneos. Y esa es su verdadera importancia.

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