Rodrigo García Barcha.

Anatomía del alma femenina

Todas sus películas giran en torno al universo femenino. Las mejores actrices de Hollywood han trabajado con él. El director de cine Rodrigo García Barcha, quien estrenó hace poco Madre e hija, habla sobre ellas.

2010/10/13

Por Redacción Arcadia.

Todo el mundo dice, con razón, que Rodrigo García Barcha es un director de mujeres. A lo largo de su obra, desde Con tan solo mirarla hasta la serie de HBO In Treatment, ha ido armando un elenco insuperable de actrices de Hollywood de primera línea. Su mirada compasiva pero certera del mundo femenino es una marca de estilo. Pero la conversación que sostuvo con Arcadia, en el marco de la presentación en Bogotá de su largometraje Madre e hija, le sirvió para poner a las protagonistas en su contexto: el de las relaciones humanas.

¿Por qué su fascinación con las mujeres?

 Porque me gustan y me interesan. A muchos hombres sólo les interesan sus mujeres cercanas: esposas, hijas, hermanas. A mí sí me interesan en general: lo importante, y también las tonterías. Aunque también me cansan: tengo hijas adolescentes y hay días que en verdad no puedo más. Por supuesto, siempre se me han dado mejor los personajes femeninos que los masculinos, pero no siento que mis películas sean sobre la mujer ni sobre lo femenino. No veo en lo que hago un discurso sobre el género. De hecho, me da igual que mis personajes sean hombres o mujeres. Simplemente me he ido acostumbrando a las mujeres porque siento que escribo personajes femeninos en mis películas, quedan más profundas, más complejas y diferenciadas, aparte las unas de las otras. Los hombres que me invento, en cambio, me quedan o muy santos o muy malos.

Resulta difícil creer que le dé igual que sus personajes sean hombres o mujeres. ¿Cómo hacer una película como Madre e hija, por ejemplo, si las mujeres no son el motor del argumento?

No es que me dé igual. Es que, como el único tema de mis películas es la relación con la persona más querida, como todas mis películas se tratan de la relación con el hijo, la hija, el marido o la esposa, el ex marido o la ex esposa, tarde o temprano caen en lo mismo en que cae la vida: en el papel fundamental del género en la sociedad. Cuando pienso en personajes femeninos logro imaginarme con mucha fuerza cómo quieren las cosas, qué desean, qué les molesta. Logro imaginarme con mucha intensidad sus sentimientos. Si lograra imaginarme eso de personajes masculinos, también los construiría.

¿Y es que los hombres no tienen esos sentimientos?

Por supuesto que sí, pero muchas veces o no los expresan o los reprimen tanto que ni ellos saben que los tienen. Se dice que los hombres no expresamos nuestros sentimientos igual que las mujeres y es verdad. Con mucha frecuencia vivimos enajenados de ellos. No sé por qué. Tal vez sea el machismo. Con las mujeres es diferente: yo veo una empleada en una tienda y sin saber nada de ella, puedo imaginarme su mundo, puedo investirla de toda una serie de complicaciones emocionales. Igual me equivoco, por supuesto; yo no leo la mente. Hace poco vi una foto del curso de una de mis hijas: una generación de setenta niñas sentadas en un jardín. Esta imagen me provocaba. Había más vida ahí que en el Quijote, que en la Divina Comedia, que en Hamlet.  Todo ahí era fértil, vital, plagado de ambiciones. Por supuesto, es absurdo asumir que un curso de niños no pueda tener la misma complejidad, pero mi creatividad se enciende más con ellas. 

¿No habrá tal vez una especie de “romantización” de lo femenino en su mirada?

Mi interés y obsesión por las mujeres, inevitablemente y por desgracia, hace que yo hable del tema como si lo femenino fuera “el otro”, pero no creo que sea una visión  demasiado romantizada: las mujeres en mis películas no son santas, a veces son bastante complicadas, autodestructivas, hostiles; se atormentan a sí mismas. No las estoy idealizando como personas. A lo mejor, sí, como personajes, al construirlas como seres humanos hipersensibles e hipercomplicados, pero esto me lleva a una cosa que es inevitable: siempre que se representa a la mujer en el cine y en la literatura el sólo hecho de representarla ya obliga a un análisis. Cuando se hace una película de hombres nadie se pone a discutir cómo son los hombres de, por ejemplo, Michael Mann o de Kathryn Bigelow. En cambio, la puesta en escena de la mujer siempre exige un discurso sobre la representación femenina. El sólo hecho de que yo sea un hombre que se dedica a hacer películas con personajes femeninos ya es sospechoso, y hasta yo mismo me pregunto qué está pasando.

Y es que a la mayoría de los hombres no les interesan los temas de mujeres.

Pero les interesan sus mujeres. Y es muy común ver hombres muy anticuados, machistas, que hacen todo para que sus hijas sean muy preparadas, estudiadas, sobresalientes en sus campos.

¿Cuál fue la primera mujer de la que se enamoró en la pantalla?

Cuando nacieron mis hijas, y empecé a ver con ellas películas de niños, me di cuenta de que mi primer amor había sido Mary Poppins. Es guapa. Detrás de su fachada de nana estricta y apretada uno puede imaginarse que hay una persona reprimida. ¡Tal vez no lleve puesta ropa interior! ¡Podría ser protagonista de una película triple X!

En sus películas, cuando una mujer sufre lo hace por algo muy concreto, un marido o un hijo, una culpa, pero nunca por motivos existenciales. Es como si la melancolía, como asunto metafísico, estuviera reservado exclusivamente a los hombres.

El solo hecho de que yo haga películas sobre mujeres que sufren de semejante manera demuestra que para mí la angustia de las mujeres es tan válida como la de los hombres. Preocuparse por problemas existenciales, seas del sexo que seas, es una gran masturbación mental. Nadie va a averiguar de qué se trata la vida, ni va a saber lo que pasa después de la muerte.

Pero todo parece indicar que la angustia del hombre tiene más glamour. Los hombres sufren de melancolía, pero las mujeres se deprimen…

Tendrá un gran glamour, pero solo se resuelve matando un león, invadiendo Polonia o bombardeando Iraq. El caso es que no considero menor ese tipo de sufrimiento femenino, que es de eso de lo que más me gusta hablar. Yo creo que las mujeres, lo quieran o no, tienen un papel de lubricante, de pegamento social, de cuidadoras del equilibrio. Imagínese una pareja con tres hijos:  un mecánico, un librero y una gerente de un banco ¿Quién va a cuidar a los padres cuando envejezcan? La mujer. Se dan excepciones por supuesto, pero cuando se crea el vacío en una familia, es la mujer la que lo llena. Ellas son las que buscan la paz, claro, y también las que llaman a la guerra. Lo importante es que desempeñan un rol. Que son reales. Y que en cambio lo que pasa por la cabeza de los hombres es un gran misterio.

Ese perfil misterioso de los hombres ¿es cultural, no natural?

Claro que hay una cosa cultural. Yo mismo siento un poco de vergüenza de ser un director de películas de mujeres. No es lo suficientemente varonil.

¿Cree que los hombres tienen envidia de la relación que se crea entre un hijo y una madre cuando un bebé nace?

Es posible. He visto hombres celosos de esa relación. A mí me encanta todo lo femenino, pero es justamente porque es de ellas y no mío, no tengo ningún deseo de embarazarme y saber cómo es dar a luz. Una cosa es que me fascine y otra cosa es querer vivirlo.

Esa confrontación con la maternidad, que es un dilema entre el orden y la aventura, es un enfrentamiento duro.

Por desgracia, cuando una mujer decide no tener hijos o es juzgada o se siente juzgada. Y, si ella misma no se juzga, y está perfectamente contenta con su decisión, cuando dice “no quise tener hijos”  siente una cosita que le dice que se lo perdió. Mis amigas que no tienen hijos y están tranquilas con esa decisión, usualmente se sienten juzgadas.

¿Escribir guiones y hacer películas sobre mujeres no expresa una voluntad de apropiación simbólica de lo femenino?

Todo acto creativo tiene algo de apropiación. Ahora que mis hijas son adolescentes, y están viviendo un mundo muy femenino, cuando estoy con ellas y sus amigas en mi coche me entra un deseo enorme de irme corriendo con amigos hombres a tomar cerveza y ver a los Dodgers. Y sí, me fascina interpretar a las mujeres, como en el caso de la foto de aquel curso de colegio, pero también tengo límites. Dentro de poco voy hacer una película en Irlanda y la actriz es Glenn Close. Tengo dos productoras, una directora de arte y una vestuarista. Por eso decidí llevarme un fotógrafo: hay que balancear un poco. Necesito el balance.

¿Qué adjetivo le viene a la mente para describir a sus personajes?

Las de mis películas: prisioneras. De relaciones. No de un marido que les pega, sino de una hermana con la que no pueden ni vivir ni no vivir, de un ex marido del que están enamoradas, de un padre, de una madre que quieren pero que las desespera. O de sí mismas. Me refiero a los personajes, claro, no a las mujeres en general.

Ser dependientes es una crítica que se les hace mucho a las mujeres. Se habla mucho de esa dependencia del afecto que los hombres no parecen tener.

¿Eso es malo? Ser madre implica estar atada. Nunca se va a dejar de serlo. Sólo hay relación con el ex esposo o la ex esposa cuando hay hijos. Esos nexos nadie los rompe. Algunos hombres lo intentan a las malas y si lo logran es con muertos en el intento. Sí, hay hombres muy independientes. ¿Y las ex esposas y los hijos? Alcoholizados. La relación es la relación: o la atiendes o no la atiendes, pero cualquier decisión tiene su precio.

Usted no tiene hermanas. ¿Fueron las mujeres una presencia importante en su infancia?

Crecí con mujeres en el mundo, conozco mujeres a fondo, pero no crecí en una casa de mujeres. No tengo un trauma. Recuerdo mujeres de mi infancia con mucha personalidad, como mi mamá, Carmen Balcells, Carmen Mutis, Leticia Feduchi, María Luisa Elío, pero no era un mundo donde ellas mandaran, murieran o mataran. No.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.