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Ángeles vengadores

Hitchcock, Powell, Stone y ahora David Fincher entre muchos otros se han ocupado de seres anónimos que un buen día comienzan su carrera de sangre asesinando a sus víctimas con rituales simbólicos. Zodiac, la última película de Fincher, da un paso más allá: el asesino anda suelto.

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

No lo es. Hubo otros antes. Pero sería ideal que el Jack el destripador que Alfred Hitchcock filmó en The Lodger (1927) fuera el primer asesino en serie que pisó el cine. Una gran producción inauguraría el género. Podríamos celebrar, si la palabra “celebrar” nos tiene sin cuidado, ochenta años de psicópatas que coleccionan víctimas en las penumbras de las películas. Y este Zodiac, el demente del más reciente largometraje de David Fincher, que viene de una historia real, que todavía hoy anda suelto por ahí y que acaba de aparecer en varios teatros colombianos, sería solo el último (podría hablarse del “heredero”) de una larga cadena de escalofriantes verdugos cinematográficos.

El término “asesino en serie” se volvió corriente en los últimos años del siglo pasado. Pero asesinos en serie ha habido desde el principio de los tiempos. Los primeros no eran resentidos sociales maltratados desde niños, sino aristócratas que podían darse el lujo de darle la espalda a la ley: se habla del primo del emperador Han, aquel Liu Pengli de antes de Cristo, como del hombre que asesinó a cien personas en sus paseos de la tarde; suele recordarse al francés Gilles de Reis, de comienzos del siglo XV, como un horrendo pedófilo que llegó a acribillar a cientos de niños; las páginas Wikipedia insisten en que, a comienzos del XVII, la húngara Elizabeth Báthory torturó a más de seiscientas niñas; en que, a comienzos del XIX, el indio Thug Berham estranguló a 931 personas que se encontró por el camino; y en que entonces, a finales del mismo XIX, vino Jack, el destripador de prostitutas londinenses, a convertirse en la gran inspiración de los inventores de ficciones.

Y así, desde Chesterton hasta Süskind, los novelistas han tratado de entrar en las cabezas de esos personajes que (dicen los especialistas) se dedican a matar para vengarse de los abusos que sufrieron cuando niños. Los directores de cine no se quedan nunca atrás: en M (1931), del expresionista vienés Fritz Lang, Peter Lorre interpreta a un temible asesino de niños; en Monsieur Verdoux (1947), una de las cuantas películas habladas de Charles Chaplin, un responsable padre de familia asesina a las millonarias con las que se casa; en Peeping Tom (1960), la obra maestra de Michael Powell, un verdugo de la nueva era filma el último gesto de dolor de sus víctimas; en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock, un aniñado hotelero llamado Norman Bates acuchilla a las mujeres que no le gustan a su madre; y en Frenesí (1972), del mismo Hitchcock, un tipo simpático se venga de los maltratos de su ex mujer ahorcando a sus conquistas con una corbata que se pone de vez en cuando.

El cine ha convertido siempre a los asesinos en serie en sospechosos que vuelven al lugar del crimen. Algunas de las producciones más sonadas de estos últimos años (que, si no han sido un éxito de taquilla, al menos se han vuelto obras de culto) han tenido a algún psicópata de estos como protagonista. Superada La mano (1981), de Oliver Stone, en la que el personaje principal es una peligrosa extremidad que va por ahí en busca de cuellos para apretar, y superadas esas adolescentes películas de terror encabezadas por momias enmascaradas que cortan a sus víctimas en pedacitos (pensemos en Jason, en Freddy Krueger, en el Cara de cuero), vinieron obras tan emblemáticas como Henry: retrato de un asesino en serie (1986), Asesinos por naturaleza (1995) y Summer of Sam (1999). Y, en estos últimos años, American Psycho (2000), Monster (2003) y Saw (2004). Se trata de relatos duros, de fondo, que tarde o temprano se extravían en las cabezas de sus personajes principales. Y que, quizás por ello, no alcanzan la estatura de los dos grandes largometrajes que ha dado el género en estos últimos veinte años: El silencio de los inocentes (1991) y Seven (1995).

El silencio de los inocentes, dirigida por el extraño Jonathan Demme, que recibió los cinco premios Óscar más importantes de su año, no solo se ha convertido en un paradigma de construcción dramática para quienes estudian la carrera de cine (su primera secuencia es un modelo de presentación de personajes; el primer encuentro de la protagonista con el monstruo sofisticado Hannibal Lecter suele citarse como un ejemplo de lo que es el suspenso), no solo ha llegado a ser considerada, con justicia, un clásico en la historia de Hollywood, sino que se ha convertido en una sombra que ha arruinado casi todos los trabajos del género (incluidas las continuaciones de la historia de Lecter) que han venido después. Solo Seven, la segunda película de David Fincher, uno de los más prestigiosos realizadores de videos musicales, ha logrado hacerse un verdadero lugar en la memoria de los espectadores de estos años.

Y con razón, pues su puesta en escena es impecable, desde entonces ha puesto sobre Fincher los ojos de los despiadados fanáticos del cine. Que se emocionaron con los giros de El juego (1997). Que se volvieron locos cuando vieron los trucos de El club de la pelea (1999). Se encogieron de hombros ante la cámara ingeniosa de La habitación del pánico (2002). Y esperaron cinco años largos para que la famosa Zodiac, el regreso del cineasta al mundo de los asesinos en serie (después de rechazar la dirección de aquella versión de La dalia negra que dio a parar a las manos de Brian De Palma), los desconcertara con lo que Scott Tobias llamó “una rara película de asesinos en serie en la que la psicosis viene tanto de los perseguidores (incluido el director) como del perseguido”.

La historia real en la que se basa Zodiac sucedió desde diciembre de 1968 hasta octubre de 1969. Siete personas fueron asesinadas en California. Y un hombre, que pronto se bautizó a sí mismo con el nombre del “asesino del Zodiaco”, escribió una serie de cartas a diferentes periódicos de San Francisco adjudicándose los crímenes. Aseguró haber matado a 37 personas “porque es muy divertido”. Y nunca fue capturado por la Policía. Y no fue posible, jamás, confirmar su identidad. Pero a Robert Graysmith, el en ese entonces caricaturista del San Francisco Chronicle, le fue imposible dejar pasar de largo la historia. En 1986, tras ver que la cultura se llenaba de ficciones que falseaban los hechos, publicó el resultado de sus investigaciones en un libro que se considera el volumen definitivo sobre el tema. Y que ha sido la base de la nueva película de Fincher.

Tardó dieciocho meses en ser finalizada, contó con un presupuesto de sesenta millones de dólares y consiguió reunir a algunos de los mejores actores del cine independiente norteamericano. La crítica, en términos generales, la respaldó. Pero pronto fue claro que, para los estándares del director, sería un fracaso en la taquilla: en Estados Unidos recaudó un poco más de cincuenta millones. “Todavía creo que existe un público para esta película”, confesó Fincher a la revista Sight and Sound hace unas semanas. “Todo el mundo tiene una idea de qué se debe hacer para venderla, pero mi filosofía era que, si nos empeñábamos en atraer a los adolescentes de dieciséis años y no les entregábamos Saw o Seven a cambio, íbamos a tener una muchedumbre vociferando ‘Zodiac es una porquería de película’, y que era mejor no decirle adiós, de esa manera, a un público sensible, el público ideal para la historia, que iba a pasar frente a los afiches diciéndose ‘no quiero ver otra cosa de psicópatas’”.

Zodiac no será, en manos de Fincher, otra cosa de psicópatas. Todo parece indicar que, en cambio, hará parte de una tradición cinematográfica que fue descubierta (o al menos eso sería lo ideal) por el inagotable Alfred Hitchcock.

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