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Bambi contra Godzilla

El fundador de la respetada Atlantic Theatre Company, el admirado director de cine, el contestatario escritor, todo eso es David Mamet, quien en su último libro arrasa. ¿Y quién dijo que ser artista es vivir pobre?

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

El trabajo está primero en aquel mundo que David Mamet descubrió en sus ficciones. Todo lo demás va después. La ética del trabajo duro, ese fundamental trabajo en silencio que casi nadie nota, es el gesto que comparten los personajes de sus obras de teatro, sus novelas y sus películas precisas. El zapatero de Las cosas cambian, el policía investigador de Homicidio, el guionista de State and Main (para quedarnos, nada más, con algunos personajes de sus nueve largometrajes) están empeñados en hacer, de sus oficios, los oficios más dignos de todos. Y el propio Mamet, como un héroe fugado de sus relatos envolventes, acaba de publicar una serie de ensayos sarcásticos titulados Bambi contra Godzilla con el objeto de deplorar en público que el cine haya sido invadido por yuppies mediocres que están ahí “por amor al oro”, y reivindicar, de paso, al equipo técnico impasible que soporta los arrebatos de las estrellas, las veleidades de los directores y las largas jornadas entre cables que parecen trampas de guerra. “¿De quién es el film?”, se pregunta Mamet al final del único capítulo que ha circulado por los medios. “Pasen un día en el set para aprenderlo –dice–, el film es de todos los que trabajan en él”.

Quizás el párrafo anterior deba ser releído, ahora que lo pienso, después de explicar mejor quién es David Mamet. Que nació el domingo 30 de noviembre de 1947 en Chicago, Illinois, en una familia judía que le enseñó a no perder el tiempo. Y que creció, tan enamorado de los actores como Antón Chejov, en la era de oro del teatro de aquella ciudad. Y que pronto aprendió a borrar la frontera entre el arte y el comercio porque (se lo dijo hace poco al periodista Daniel Robert Epstein) “montábamos estas obras para nosotros, pero si la gente no iba, no comíamos”. Era, en definitiva, una gran lección para comenzar de pie una carrera: “Si nadie se reía, era porque no era chistoso”, explicó hace unos días en una de las tantas entrevistas que ha dado para promocionar su nuevo libro. Un grupo de jóvenes intérpretes, las futuras estrellas William H. Macy, Joe Mantegna, John Malkovich, Gary Sinise, Dennis Franz, no sólo lo animaron a fundar una compañía teatral llamada The Atlantic Theatre Company (que busca, en pocas palabras, liberar al actor de histrionismos inútiles), sino que le enseñaron que “las reglas de la escritura son las mismas de la actuación”: quién quiere qué, qué pasa si no lo obtiene y por qué lo quiere ahora.

El trabajo duro de los años setenta, que lo llevó a escribir los agotadores dramas Perversión sexual en Chicago, American Buffalo o Reunión, terminó en la escritura de su primer guión cinematográfico: el que sirvió, en 1981, para filmar la versión de Bob Rafelson de El cartero siempre llama dos veces. Vendrían más adelante, en medio de una vida de dramaturgo que ni siquiera veinticinco obras escritas han podido detener, los guiones estupendos de Veredicto, Los intocables, Vanya en la calle 42 o Cortina de humo (y, de paso, una carrera paralela como salvador de libretos ajenos), pero más que todo, más allá de su prestigio de dialoguista efectivo o de narrador experto, iría quedando en el camino una inesperada filmografía como director de algunas de las películas norteamericanas más confrontadoras de los últimos veinte años: digamos, para no llenarnos de ejemplos, que en La trampa, El honor de los Winslow y Búsqueda desesperada (que se estrenará en mayo en Colombia) nos lleva a la idea de que el mundo sería menos horrendo si cada quien se limitara a hacer bien su trabajo.

Fue gracias a los protagonistas de su primer largometraje, La casa de los juegos, de 1987, que comenzó a descubrir esa idea. Y ha sido en la realidad, en la que no ha pasado un año sin que publique un ensayo o una novela o una obra de teatro, en la que ahora mismo lleva una familia, responde por cuatro hijos, le escribe monólogos a una esposa, produce una exitosa serie de televisión titulada The Unit, escribe ocho proyectos al tiempo, dibuja una columna cada vez que puede en The Huffington Post, y se prepara para dirigir dos largometrajes en menos de un año, ha sido en la realidad, decíamos, en donde ha probado que él es uno de sus personajes principales. Bambi contra Godzilla es, según dicen quienes ya la han leído completa, una obra rigurosa, construida palabra por palabra, sarcasmo por sarcasmo, sobre su relación con Hollywood, sobre las lecciones que ha aprendido por el camino (“aprendí pronto que el oscuro secreto de la industria es este: todas las películas dan dinero”, escribe) y su inquebrantable vocación al trabajo. El humorista Steve Martin, amigo de Mamet desde que trabajaron juntos en La trampa, dijo lo que sigue tras dar vuelta a la última página del libro: “David es un hombre supremamente talentoso. Un brillante observador de la sociedad. Estoy seguro de que tras escribir estas memorias encontrará trabajo en algún lugar, de alguna manera, fuera del negocio del cine”.

El chiste de Martin es, en verdad, un gran interrogante: quién sabe cómo han hecho Hollywood y Mamet para soportarse. Peor aún: quién sabe cómo han hecho para quererse tanto, quién sabe cómo han hecho para respetarse. Quizás sea porque los dos, Godzilla y Bambi, uno por amor al dinero, el otro por amor a lo único que sabe hacer en la vida, van detrás de las historias que funcionan. Tal vez sea porque Hollywood sólo respeta a los que lo odian, a los que lo combaten, a los que se le resisten. Y Mamet se levanta todos los días a ganarse ese respeto.

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