RevistaArcadia.com

Bienvenidos al Oeste

La historia del cine no sería la misma sin el cine de vaqueros. De Sergio Leone a Jim Jarmusch, pasando por el gran Clint Eastwood, este género sigue más vivo que nunca. Prueba de ello son tres películas que se estrenarán en Colombia pronto. ¿Cuál es la historia del western?

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

Las cosas pasan igual que en las películas del oeste: la última palabra la tienen los que cargan las armas, la gente espera que un milagro la salve de las peores bandas de matones y la única salida que parece quedarle a un tipo decente es pararse solo ante el peligro. Si hubiera que elegir el género cinematográfico que mejor describe las reglas del mundo, si fuera preciso nombrar el tipo de producción que resulta más relevante para entender los problemas de hoy, lo mejor sería, pues, elegir el cine de vaqueros: el western. Por supuesto, la vida en nuestras sociedades es, también, la vida que vemos en El padrino, en Érase una vez en América o en Buenos muchachos, pero estos tres largometrajes de gánsteres, estos tres en especial, tienen mucho de película de vaqueros: así no sucedan en esos Estados Unidos borrosos que trataban de ser una civilización, así no ocurran en ese siglo XIX en el que incluso la naturaleza era un enemigo que había que someter, los tres tratan, como todas las películas de vaqueros, de algún hombre ensimismado, perdido en un territorio sin ley y extraviado en una era inhóspita, al que le llega aquella famosa “última oportunidad” para darle sentido a cierta vida que fue arruinada en el pasado.

Se cree que el cine del oeste se quedó atrás, en los años más maniqueos de Hollywood, como una prueba de que alguna vez las cosas fueron más simples. No es cierto. La realidad es que cada año se producen dos o tres dramas de esa clase. La verdad es que el western ha atravesado la historia de las películas hasta convertirse en el relato al que recurren los cineastas más cinéfilos de estos días para criticar las sociedades que soportamos: la premiada Sin lugar para los débiles revisa los arquetipos del cine de vaqueros para revelarnos que hoy no solo hace falta la ley sino la cordura; la desconcertante Petróleo sangriento se enfrenta a los desiertos fantasmales para recordarnos que no se puede doblegar a la naturaleza; y la triste Michael Clayton compara las corporaciones de estos años con esas tropas de forajidos que acorralaban a los poblados perdidos en los paisajes del oeste.

Como si no bastara, como si se tratara de callar a los que miran de reojo los relatos cubiertos de duelos, de cantinas y de diligencias en peligro, en los meses que vienen llegarán a Colombia tres largometrajes que prueban la vitalidad de la que hablamos. Los títulos son Enfrentados, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford y 3:10 to Yuma. Vale la pena verlos en las pantallas grandes de los teatros: no se ha inventado, todavía, un mejor lugar para ver cine del oeste.

Los relatos del viejo, lejano, salvaje oeste llevan ciento cincuenta años en el mundo. Primero fueron mitos. Después se hicieron libros. Y entonces llegó el cine. Y la primera película narrativa fue una película de vaqueros de 1903: El gran robo del tren. Resulta impresionante que los temas principales del western, desde el acoso de la población hasta lo que el cineasta italiano Sergio Leone llamó “la devaluación de la vida”, se encuentren en ese relato. Y que su director, Edwin S. Porter, haya recurrido desde el principio, en los primeros días del cine mudo, a técnicas cinematográficas tan avanzadas como el montaje paralelo, los movimientos de cámara o la filmación en locaciones. El final de la producción, que durante un poco más de diez minutos cuenta la historia verdadera de un asalto, sigue siendo, sin embargo, lo más sorprendente de todo: el primer plano de un bandolero que le dispara al público inocente que ha estado siguiendo las peripecias del relato la convirtió en la obra más taquillera de esos primeros años de películas.

El cine del oeste fue, durante años, un pasatiempo que pocos se tomaban en serio: un recuento de las andanzas de las primeras celebridades –los pistoleros– que la gente de aquel país impreciso seguía con fascinación. Hubo que esperar hasta 1939, al estreno de La diligencia, para que se convirtiera en un género mayor. El director de la película, John Ford, le dedicó su carrera a inventarse obras maestras protagonizadas por pistoleros. No solo filmó relatos de vaqueros, ni más faltaba, pero por el camino estuvo a cargo de clásicos del western como My Darling Clementine (1946), The Searchers (1956) y El hombre que mató a Liberty Balance (1962). Y convirtió a John Wayne, a Henry Fonda y a James Stewart en las más grandes estrellas de ese tipo de producciones. Lo cierto es que el cine del oeste se volvió lo que es gracias a Ford: en un drama trágico, romántico en el sentido del siglo XVIII, en el que cada espíritu se ve obligado a aceptar su destino frente a un horizonte que no se acaba nunca.

Howard Hawks, otro cineasta genial que dejó obras maestras en todos los géneros, le encontró aún más pliegues al cine del oeste: Río Rojo (1948) y Río Bravo (1959) son los dos mejores ejemplos de ello. Y podrían sumarse a Duelo en el sol (1946), de David O’ Selznick; a El tesoro de la Sierra Madre (1948), de John Huston; a Shane (1953), de George Stevens; a Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray; a Los siete magníficos (1960), de John Sturges; a La pandilla salvaje (1969), de Sam Peckinpah, y a los perturbadores western en los que Anthony Mann dirigió a James Stewart (Winchester 73, de 1950, sería el más brillante de todos) en una lista de las mejores películas de vaqueros de la historia: aquellas que han demostrado que el género no es una camisa de fuerza sino un punto de partida para criticar las torpezas del mundo.

Un par de ejemplos: High Noon (1952), de Fred Zinnemann, un estupendo relato en tiempo real que en español ha sido llamada Solo ante el peligro, ha llegado hasta hoy como un alegato contra cualquier clase de macartismo.

Y así, como narraciones pertinentes que nos hablan de nuestras propias vidas, han atravesado las últimas cuatro décadas las insuperables películas de vaqueros italianas (las llamaron “spaghetti westerns”) en las que Sergio Leone dirigió al actor norteamericano Clint Eastwood: tal vez Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y El bueno, el malo y el feo (1966) sean los más contundentes largometrajes del oeste que se hayan filmado alguna vez.

Habría que decir que se han filmado buenos westerns en los últimos treinta años. Grandes relatos, decíamos, se han dejado poseer por el espíritu del cine del oeste. Y que los cineastas independientes de Hollywood, desde Robert Altman hasta Jim Jarmusch, se han valido de sus convenciones, de sus recursos, de su espíritu, para darles nuevos aires a los dramas que les han venido a la cabeza. Habría que citar, sin embargo, dos producciones que llevaron al extremo las posibilidades del género. La extraordinaria Danza con lobos (1990), de Kevin Costner, que reconoció que los invasores de esos Estados Unidos inciertos no eran los “temibles” indios sino los vaqueros. Y la genial Imperdonables (1992), de un Clint Eastwood viejo convertido en maestro del cine, que probó que la vida no ha conseguido revaluarse.

Habría que agregar, también, que no solo los cineastas norteamericanos se han servido de este género para dar cuenta del mundo en el que viven: existen westerns dirigidos por italianos, rusos, españoles, mexicanos, australianos o chilenos. Así que resulta curioso que en Colombia, en donde la última palabra la tienen los que cargan las armas, la gente espera que un milagro la salve de las peores bandas de matones y la única salida que parece quedarle a un tipo decente es pararse solo ante el peligro, no se haya explorado el género mucho más allá que en Cóndores no entierran todos los días y Tiempo de morir. En fin. No importa. No es grave. Para eso, para entender el país difuso que tenemos, están las grandes películas del oeste desde 1939 hasta hoy. Y llegarán en los dos meses que vienen, como si no bastaran, tres más que contribuirán a nuestra comprensión de los hechos.

La primera en la lista, la alegórica Enfrentados (2006), de David von Ancken, es un largo duelo filmado con una belleza que solo se consigue en el cine del oeste: nos impresionará reconocer un mundo gobernado por las víctimas en el que la venganza se ha vuelto la justicia. La segunda, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (2007), del neozelandés Andrew Dominik, es una de las mejores producciones norteamericanas del año pasado: no solo nos dejará sin palabras que logre extraviar a sus tristes personajes en esos cielos que no empiezan en ninguna parte, sino que nos enfrente a un tiempo sin dioses en el que incluso los traidores son convertidos en celebridades. La tercera, 3:10 to Yuma (2007), de James Mangold, es el retrato de un hombre que aún no ha logrado respetarse a sí mismo: nos sorprenderá descubrirnos ante una era en la que la paz de los demás estaba en manos de los cazarrecompensas.

Lo que significa, para cerrar la idea, que nos pondremos de acuerdo en que seguimos siendo personajes torturados por lo que pasó, perdidos en territorios sin dioses ni leyes, que hacen lo mejor que pueden para habitar un lugar inhabitable.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.