Brigitte Baptiste en el festival. Crédito: Sergio González @fotosdechecho

Brigitte Baptiste y el cine

La directora del Instituto Humboldt fue una de las invitadas al Festival de Cine de Jardín 2017, que en su segunda versión tiene como tema “Con los pies en la tierra”, una reflexión sobre el territorio en tiempos de posacuerdo.

2017/07/26

Por Daniel Grajales T.

Aunque no es tan cinéfila como quisiera, Brigitte Baptiste fue una de las invitadas al Festival de Cine de Jardín 2017. El jueves, en una conferencia del festival antioqueño, habló de la necesidad de repensar la manera en que los ciudadanos se han acercado al tema de la biodiversidad, de cómo todos pueden aportar al reconocimiento de las especies y el cuidado de los recursos, y de la relación de todo eso con el cine

Hablemos de su nombre. ¿Es un homenaje a Brigitte Bardot?

Lo es. Ella representó desde el cine y la cultura un ideal femenino de mujer avanzada, liberada, pero al mismo tiempo ingenua, tímida, sensual, bondadosa. Claro, es una construcción cinematográfica, pero no más. Sin embargo, a mí me gusta mucho, porque era erótica, bonita, alegre. Uno hubiera podido seguir ese camino de perdición (risas).

Vayamos a su infancia. ¿Cómo fue su relación inicial con el cine?

Iba con mi hermana al Cine Arlequín los domingos a las 11:00 a.m., a comer colombina y a ver en matinée las originales de Disney. Me acuerdo de Blanca Nieves, de Herbie Cupido Motorizado. ¡Cómo pasaba uno de bueno con esas películas! Vi a todo Louis de Funés con mi familia. Entonces era raro ver cine que no fuera gringo, ver un humorista francés. Uno veía en cartelera siempre las películas mexicanas y eso era impensable. Era ñerisima la idea de ir a ver una película mexicana. Ahora sé que es una lástima porque el cine mexicano tiene unos clásicos, tiene joyas por todas partes. No era bien visto ver esas películas, ir al teatro México, todo un tema de clases.

¿Qué pasó después, en la adolescencia?

Estamos hablando de la década de los setenta, cuando los teatros en Bogotá eran tan gigantescos como el Ástor Plaza. A los del centro podían asistir mil personas y las películas las dejaban un mes en cartelera. Cuando empecé a estudiar Biología en la Javeriana, nos bajábamos a un teatro muy grande, en la carrera 13, a las 3:00 p.m. Veíamos cine entre clases. Ahí vi The Wall, de Pink Floyd, que me marcó mucho. Era una vuelta a las carteleras después de mucho tiempo.

También me han gustado siempre los musicales. El primero que vi fue Nace una estrella, de Barbara Streisand y Paul Williams (dios mío, ahí estoy ya revelando mi edad). Fue la primera película en la que yo lloré como adulta, porque debía tener unos 16 años, y con una historia de amor como esa… Me descubrí terriblemente sensible, vi cómo el cine te hace llorar de verdad. Luego vinieron todas las grandes obras de cine musical. Las he visto todas, y muchas veces. Por eso cuando vi La La Land me pareció realmente una suma de clichés, en vez de un musical, incluso de un homenaje a las otras películas musicales, como pretendía serlo. Yo fui de la época de Grace, de Fame, Chicago, que me marcaron mucho.

¿Cómo incidió el cine en su formación como científica? ¿Qué referentes tuvo durante la etapa de estudiante?

Curiosamente, cuando yo empecé a estudiar Biología no tenía referentes cinematográficos. Eran los años ochenta, y el cine para mí era completamente recreativo. Durante la carrera, el cine se convirtió en un instrumento de discusión importantísimo, en gran medida el cine documental, que sigue siendo un gran referente para casi todos los estudiantes que llegan a las ciencias ambientales; es un género distinto al cine de ficción, con aportes maravillosos.

Recuerdo que apareció la obra de Jacques Cousteau (Francia), con todos sus documentales, pero nunca generó un cuestionamiento sobre la identidad de las cosas, sobre la relación cultura-naturaleza. Eso sucedió con Dune (1984), de David Lynch, porque nuestro profesor de Ecología nos dijo que la íbamos a ver como parte del pensum, que era una película centrada en la ecología y teníamos una función especial para nosotros. Cuando fuimos a verla, no entendimos nada, salimos indignados con el profesor porque nos había llevado a una película monstruosa. Era Lynch en su apogeo interpretando una novela de Frank Herbert. Nos quejamos todo el día, a nadie le gustó. Con los años, he leído a Herbert, he visto la película cuarenta veces y cada vez me gusta más, porque de ahí en adelante comencé a pensar en la construcción de universos, en la interpretación visual, sensorial, narrativa, que hacen del cine desde los mundos posibles. Ya con Blade Runner (1984) llegó la genética, los mundos posapocalípticos. Hay cada vez más una incidencia ambiental.

¿Cuáles de las películas que ha visto recientemente la han sorprendido?

De las que van a los Oscar cada vez me desencanto más. No he visto Moonlight, creo que ya son premios como muy políticos. En el caso del cine colombiano, después de intentarlo varias veces porque no lo lograba, vi El abrazo de la serpiente y me gustó mucho, con todo y que tiene unos toques de ese cine colombiano al que le gustan las cosas estrambóticas. Por momentos dije “Esto como para qué”. No he visto la última de Víctor Gaviria, la verdad es que ahora no tengo mucho tiempo, no veo tanto cine, ni televisión. Me desatraso en los aviones, y trato de ver cine de otros países. Cine árabe con subtítulos ingleses, cine chino, me gusta ver qué lenguajes se están usando, porque a veces encuentro mucha imitación. La referencia a Hollywood es inescapable, el cine de todas partes se están pareciendo cada vez más a esas películas. Descubrí Bollywood hace uno diez años y me parece extraordinario, pero uno ve tres películas de esas y ya las ha visto todas. El género no da para mucho. También vi El regreso, la de un chico hindú adoptado, que es como un comentario a los niños perdidos de la India, pero no soy una gran cinéfila, tengo que aceptarlo.

¿Qué opina de la decisión del Festival de Cine de Jardín de hablar de temas políticos como el de la tierra, dejando la idea de cuestionar solo el ámbito cinematográfico y temas como el sonido o la dirección, para llegar a hablar de biodiversidad?

Es un riesgo interesantísimo el que ha propuesto Antioquia Audiovisual con este festival para recomponer relaciones y volver a pensar en las artes como un escenario del debate creativo. Entonces, en la medida en que se van a presentar películas, cortometrajes, documentales para que las personas puedan debatir y reflexionar acerca de un tema como este. Lo que hace es proponer nuevas lecturas, vigorizar los lenguajes, abrir espacios nuevos. Por supuesto me encanta y es un honor estar aquí para hablar con el público de estos temas.

¿Cree que la abundancia de películas colombianas urbanas, enfocadas en contextos como el del narcotráfico, tiene que ver con el no acceso al territorio por flagelos como el de la violencia?

Vergonzosamente, no conozco tanto de cine colombiano como debiera, pero como muchos fenómenos de interpretación cultural, que suceden no solo en Colombia sino en el mundo, hay una raíz muy urbana, una experiencia muy urbana que es la que permite ese cuestionamiento de las cosas y que busca reinterpretar de nuevo ese movimiento que va de lo rural hacia lo urbano al final del siglo XX. Las cosas han sucedido muy rápido, y uno comienza por su contexto más inmediato. Seguramente ahora comenzaremos a construir un cine más integral, con temas distintos. El Amazonas es tan poderoso que ha atraído a muchos cineastas, incluso a Mayolo. Cuando yo estaba haciendo mi tesis de grado en Araracuara, Mayolo fue a mostrar La mansión de Araucaima y a filmar Mi alma se la dejo al diablo.

Era una cosa extrañísima, porque nosotros estábamos trabajando en la pesca, en el río, y veíamos a los actores pasar, a los productores, que además eran los que tenían gaseosa fría todo el tiempo, y nos invitaban a ver las grabaciones, a hablar con ellos. Para nosotros el Amazonas era algo cotidiano, para ellos era algo inusual. Diez días, y luego desaparecieron. Después vimos la película en el cine, fue una experiencia de todo el metarelato que implica la producción de cine y que genera una reflexión sobre el ecosistema, sobre la relación cultura-naturaleza. Ver a otros viendo la selva es un ejercicio que no me había tocado en la investigación, y eso es muy importante.

En su conferencia planteó una reflexión sobre la responsabilidad social y el papel de los ciudadanos en el cambio. ¿Es el cine un camino para lograrlo?

Yo creo que el tema de responsabilidad pasa por el de la información, por formarse una opinión propia y la posibilidad de ponerla en juego en un debate público. El cine es un instrumento absolutamente excepcional para lograr ese propósito. 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.