Un fotograma de la película 'A Touch of Sin'.

Globalizada y en estragos: la China de Jia Zhangke

Indiferente a los estereotipos del imaginario chino, a las cortes imperiales y las artes marciales, desde mediados de los años noventa este cineasta ha retratado a su país con un ojo crítico, en el que devela las tensiones internas del gigante asiático.

2016/07/18

Por Simón Zarama Pombo

Fábricas y minas de carbón, ciudades demolidas, desiertos naturales e industriales. El cine de Jia Zhangke nos muestra una China que parece cada vez más devastada; un país irreconciliable con aquel que tenía en la cabeza Napoleón, sobre quien se suele decir que alguna vez dijo: “China es un gigante dormido; déjenle dormir, pues cuando despierte, hará temblar al mundo”.

Gigante dormido o no, una China incompatible con su pasado es, sin lugar a dudas, lo que vemos hoy. Famosas películas como Farewell My Concubine, To live, o The Blue Kite han intentado expresamente recontar y componer un hilo para ese trajinado siglo XX. Basta con ver The Last Emperor, la magnífica película de Bernardo Bertolucci, para ver cómo llega a la Ciudad Perdida un nuevo gobernante, que para sorpresa del joven y confundido emperador Puyi, elimina de un plumazo al milenario Mandato del Cielo, las ancestrales dinastías, las solemnes coletas Qing, y de una vez por todas, a ese séquito de eunucos.

Pero las raíces de la inestabilidad china son un poco más antiguas.

Mientras los ingleses y holandeses expandían sus territorios, y se empezaba a competir en un mercado mundial sin precedentes, China ignoraba lo que ocurría más allá de sus fronteras. Se mantenía distanciada del mundo de occidente, y no por desconfianza o por prudencia. Tampoco como un avestruz asustado que mete la cabeza debajo de la tierra (creencia, la del avestruz, que tristemente parece no ser cierta). China, en cambio, estaba sumida en su antiguo sueño de grandeza, que se remontaba a las dinastías Ming y Song, cuando su tecnología y su cultura parecían no tener parangón en el planeta. “Déjenlo que duerma…” decía Napoleón, y en Europa esta vez sí que atendieron su consejo, pues no solo dejaron que China durmiese, sino que más tarde, cuando fue inevitable hacerle parte del imperio, la sedaron con barcadas llenas de opio, y sedada la mantuvieron por una buena parte del siglo XIX (léase las Guerras de Opio y su contraparte, El levantamiento de los bóxers).

Años más tarde, cuando China comenzaba a despertar, se descubrió a sí misma completamente perdida, sumamente atrasada en comparación con todas las potencias. China no llegó a ser una colonia como sí lo fueron la India, África o Australia. Pero para los chinos, quedarse sin su emperador en 1912 fue tan difícil como la independencia del Imperio lo fue para la India: intrigas, revoluciones internas, guerra civil y la necesidad de adaptarse al sistema de occidente hacían que la nación no pudiera organizarse. Por si esto fuera poco, también tuvo lugar la segunda guerra sino-japonesa entre 1937 y 1945, y a los ojos de los chinos, las naciones europeas eran todavía una amenaza (pues incluso en tiempos de postguerra, la mentalidad occidental era tan imperialista como lo había sido la del mismo Napoleón).

Así pues, entre una cosa y la otra, el cine del país se había visto restringido en buena parte a la industria de Shanghái, y sus temas, a las artes marciales y a los hechos de un pasado muy remoto. Como en otras naciones a lo largo del siglo XX, el cine chino se convirtió en un medio del gobierno utilizado exclusivamente para hacer propaganda; solo Dios sabe cuántas películas se vieron frustradas por carecer de contenido político, y solo Dios sabe cantas se vieron frustradas precisamente por tenerlo. Además de todo esto, la producción cinematográfica se paralizó durante los años de la ocupación japonesa, y más tarde, otra vez, como consecuencia de la Revolución Cultural: un periodo infame de crímenes y abusos, organizado y ejecutado por Jiang Qing, la esposa de Mao Zedong, (irónicamente, una actriz de cine) quien puso de cabeza al país con la ayuda de otros tres personajes importantes (que junto con ella recibían el no menos cinematográfico nombre de “La Banda de los Cuatro”).

Algo ha de decirse sobre el caso de Taiwán, que tras cincuenta años de ocupación japonesa fue tomada y poblada por más de dos millones de refugiados y desertores del interior del continente: hombres y mujeres conducidos hasta allí por el líder político, y rival de Mao Zedong, Chiang Kai-shek, quien desde entonces gobernaría aquella isla hasta su muerte. Hong Kong, por su parte, era entonces gobernada (como lo seguiría siendo hasta 1997) por los mismos ingleses que la ocuparon en la Primera Guerra del Opio; al igual que Taiwán, Hong Kong desarrollaba un concepto de cine completamente independiente al del resto de la China: el cine de Taiwán ha sido predominantemente costumbrista, lacónico y auto reflexivo. Entre sus principales directores se encuentran Edward Yang, Ang Lee (en los inicios de su carrera), el inigualable Tsai Ming-liang, y Hou Hsiao-Hsien, una de las mayores influencias de Jia Zhangke, (el director del que se trata, supuestamente, este articulo). El cine de Hong Kong es frecuentemente policiaco, y cuenta con una marcada influencia occidental. Figuras destacadas incluyen a Jackie Chan, a Johnnie To, a John Woo, y desde luego, al caso aislado de Wong Kar Wai, que a diferencia de los otros es reconocido por su meticuloso, y no obstante, experimental manejo de la cámara, la construcción de atmosferas, el uso poco narrativo del montaje y de los cortes y el manejo de la luz, y los temas del amor, la soledad, y la vida en las ciudades.

Pero la situación del cine chino habría de cambiar drásticamente en los noventa. Había surgido un grupo de cineastas (conocidos como la Sexta Generación) que comenzó a hacer películas con la rudimentaria tecnología de las cámaras digitales del momento; sus actores eran no profesionales, sus historias se enfocaban en las trabas y problemas que se viven en las fábricas y en la población rural. Pese a su tosca realización, las películas ganaban premios y conseguían la atención del público y la crítica, triunfaban internacionalmente sin contar con una especie de licencia que exigía (y aun exige) su gobierno.

Encabezando la lista de los directores de la Sexta Generación se encuentra Jia Zhangke; suficientemente  rezagado para que se le pueda considerar un precursor, pero tan original y tan prolífico que es probablemente quien mejor ha logrado definirlo. Y no es difícil comprender por qué su visión ha llamado la atención de tantos espectadores alrededor del mundo. A diferencia de las otras, la suya no es una mirada nostálgica o melodramática; no hay épicas puestas en escena de guerras distantes o revoluciones recientes, no hay poéticos bambúes danzando en verdes bosques, no hay espectaculares dragones rojos con brocados de hilo de oro o finísimos atuendos imperiales. En sus películas vemos gente corriente, trabajadores apagados y maltrechos, no guerreros voladores y hermosas princesas que lucen blanca seda. El suyo es siempre un país yermo, y sus personajes son seres humanos, no guerreros Shaolin ni personificaciones de los ideales políticos de China.

Zhangke en el festival de Cannes 2015. 

En Plataforma (2000), su única película histórica, explora la vida de unos actores de teatro durante la Revolución Cultural de los setenta, pero no vemos el desorden, la confusión, y las manifestaciones en las calles. Vemos, en cambio, a un grupo de jóvenes que se adaptan gradualmente a las reformas y a las leyes. Sus preocupaciones son las mismas que tienen los jóvenes en cualquier parte del mundo. Ellos se enteran “de oídas” de las cosas que están sucediendo en el país. No están en el centro de la revolución como sí lo están los personajes de Farewell My Concubine, (también actores de teatro), que por un feliz accidente terminan siempre involucrados con algún líder político de alguno de los partidos que luego cambiarán el rumbo de la historia.

En palabras del director Walter Salles (Estación central, Diarios de Motocicleta), quien estrena este año un documental sobre la vida de Jia Zhangke, es más fácil comprender a la China a través de sus películas que por medio de las noticias y las películas históricas.

A pesar del reconocimiento internacional, credibilidad que sucedió a sus dos más aclamadas películas (Still Life y The World)  Jia Zhangke sigue teniendo dificultades en su tierra para obtener la ya mencionada aprobación del gobierno. Hace solo unos meses, A Touch of Sin, que en Cannes se estrenó en 2013, fue oficialmente prohibida (una película con actores profesionales y explosivas erupciones de violencia, que entre todas las que ha hecho, sería la más fácil de distribuir y financiar en casi todo el mundo).

Ahora bien, si parece que una película con “explosivas erupciones de violencia” atenta contra todo lo que se ha dicho hasta este punto (y sin lugar a dudas parece que lo hace), se debe tener en cuenta que la película está basada en hechos reales que exponen la situación que atraviesa la población rural y migrante de hoy  (y esa es  precisamente la razón por la que ha sido prohibida, pues si bien es cierto que en películas chinas se ha visto la injusticia y los abusos cometidos durante el siglo XX, no se puede decir lo mismo de los abusos e injusticias que se están cometiendo en el presente).

Y como para contradecir incluso más todo lo dicho hasta ahora, señalemos que el director quiso resaltar las similitudes entre la película en cuestión y las del género wuxia (las de artes marciales), y el título A Touch of Sin, (no una traducción literal del nombre chino), sugiere esa misma similitud haciendo una alusión a A touch of Zen, una clásica película de artes marciales de los setenta. En español la bautizaron Un toque de violencia, un título medianamente sugestivo que nada tiene que ver con zen o artes marciales, que en nada se parece al nombre original, y que es algo así como el resultado de una extraña partida de teléfono roto en donde propósito del título, terminó, como se dice, lost in translation.

El cine de Jia Zhangke ha estado cambiando, pero la esencia de su obra parece seguir siendo la misma. En este último tiempo, una exploración más profunda de la China rural, contemporánea y menos conocida (sin puños legendarios ni  patadas voladoras), se ha vuelto más seria y más frecuente. A quien le interese todo esto, no debe dejar de ver el documental sobre el artista Ai Weiwei (Ai Weiwei: Never Sorry) o el documental Last Train Home (2009), en donde se explora la movilización anual de ciento treinta millones de personas desde la provincia de Cantón hasta sus hogares en las provincias interiores; la migración humana, según dicen, de mayor magnitud en el planeta. Respecto a Jia Zhangke, ver cualquiera de sus obras puede ser un buen comienzo. Su última película, Mountains may Depart (2015) -proyectada por muchos circuitos de distribución del momento-, y lo mismo puede decirse con respecto a A Touch of Sin; en cuanto a sus obras más viejas y famosas, (The World, Still Life, 24 City y Plataforma), los que descargan películas piratas me cuentan que se pueden encontrar con facilidad en Torrents; muchas de ellas, además, con muy buena calidad.

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