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Cine sin Saddam

Bahman Ghobadi acaba de ganar la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián. Su película Las tortugas también vuelan se estrena esta semana en Colombia.

2010/03/15

Por Catalina Gómez

De las múltiples atrocidades cometidas por Saddam Hussein durante los veinticuatro años de tiranía al frente del gobierno iraquí, sin duda los kurdos fueron los que llevaron la peor parte. 182.000 kurdos iraquíes fueron asesinados durante la campaña Anfal entre 1987 y 1988, en la que Hussein atacó con armas químicas a varias poblaciones kurdas del norte de Irak. Las acusaba de apoyar al gobierno iraní durante la violenta guerra que enfrentaba en ese entonces a ambos regímenes. Este asesinato masivo es considerado uno de los genocidios más crueles vividos por la humanidad en los últimos años. Se cree que cinco millones de kurdos huyeron hacia las montañas durante la guerra por temor a las represalias de Hussein. No es arbitrario, entonces, que un director kurdo (kurdo iraní, pero ¿qué son las fronteras para un pueblo que quedó repartido entre cuatro países por decisión de las potencias occidentales?) haya filmado la primera película que se hizo en Irak después de la caída del dictador: Las tortugas también vuelan (2003). Una película que muestra, por medio de la mirada de niños huérfanos, cómo es la vida en uno los campamentos de refugiados kurdos en el norte de Irak. Cómo sobreviven con la venta de las minas que recuperan de los campos minados.

Siendo aún adolescente, Bahman Ghobadi tuvo que emigrar de su natal Baneh, muy cerca de la frontera con Irak, hacia Sanjand, la capital de la provincia kurda iraní, para huir de los ataques sistemáticos del ejercito iraquí sobre esta región. Allí se unió a un grupo de cineastas aprendices que le despertó la pasión por contar historias con una cámara. Así que sus pocos ratos libres, los que le quedaban después de estudiar y rebuscarse la vida, los dedicaba a ver las pocas películas que llegaban a las aun más escasas salas de cine de la ciudad, o las que lograba alquilar en el bazar. La locura llegó hasta el punto de dejar a su madre y a sus siete hermanos, a quienes ayudaba a sostener después de la muerte de su padre cuando tenía quince años, para irse a la Universidad de Teherán. Después de ocho años en los que, según dice, pasó muchas dificultades, nunca terminó la carrera de cine. No fue necesario. Los cortometrajes que realizó durante esta época fueron tan exitosos que le sirvieron para proyectarse como una de las principales promesas de la industria cinematográfica iraní, considerada de las más prolíficas y vibrantes del mundo. Tanto así que Abbas Kiarostami, tal vez el director iraní más reconocido a nivel mundial, lo eligió como su asistente en la película El viento. Ése fue su despegue.

Desde entonces todo ha sido éxito para Ghobadi. Su primera película A Time for Drunken Horses (2000) le abrió de inmediato las puertas al público estadounidense y europeo, además de ganar el premio Cámara de Oro en Cannes. Después de tres películas más, los premios siguen llegando. Hace un par de semanas, Half Moon, su última producción, ganó la Concha de Oro a mejor película en el Festival de Cine de San Sebastián, España, donde también había ganado hace dos años el mismo premio con Las tortugas también vuelan.

Sus películas, dice, tratan de mostrar la desgarradora realidad kurda a través de historias impregnadas por el humor y la música. ¨Desde que nacemos no tenemos infancia, nos la arrebatan a la fuerza¨, dijo Ghobadi en alguna ocasión. La llamada “cuestión kurda” surgió entre 1914 y 1926 como consecuencia de la partición colonial de Oriente Medio. Desde entonces este pueblo de veinticinco millones de personas no ha dejado de luchar y de estar involucrado en decenas de conflictos que han propiciado la muerte de un buen número de su población. Pero aunque todas sus películas tratan sobre ese problema, Ghobadi niega ser un director político.

“Sólo retrato las cosas que he vivido y visto”, contesta con frecuencia cuando se le pregunta por qué sólo trata temas relacionados con la vida y sufrimientos de los kurdos. ¨He vivido hechos de este tipo. Mi propia familia ha sufrido la opresión y creo que es necesario tratar este tipo de temas, porque dentro de mi familia, por ejemplo, también hay víctimas de minas¨. Tres días después de la caída de Saddam Hussein, Ghobadi dejó Teherán –donde vive– y emprendió rumbo a Bagdad. Llevaba consigo una cámara de video y una copia de su última película de entonces, Marooned in Iraq (2002), que cuenta la historia de un grupo de músicos kurdos iraníes que van hasta la capital del vecino país en busca del amor perdido. La intención era poder mostrar su película en Bagdad y grabar imágenes de lo que había sido la guerra.

Lo que vio en los campos de refugiados kurdos fue desgarrador. “No se puede hacer un documental sobre esos lugares y lo que allí ocurre. Sería insoportable para el espectador ver ese horror, asimilar tanto dolor”, dijo. De ahí surgió la idea de filmar Las tortugas también vuelan, para contar la historia de los niños huérfanos, mancos y cojos a causa de las minas, pero con una fuerte dosis de humor y poesía que hiciera menos dramático el acceso a una historia desgarradora. Eligió niños que nunca habían actuado, muchos ni siquiera habían visto la televisión, y les puso una cámara al frente para que fueran ellos mismos, para que actuaran su vida. Los matices que le dio a algunos de los personajes los sacó de su propia experiencia. 

Satélite, el protagonista, es líder como él. Pero la diferencia de Ghobadi con Satélite es que este último es optimista. El director, por el contrario, es un hombre de 38 años desesperanzado que ha tratado de suicidarse un par de veces, que no quiere casarse y traer hijos al mundo porque no cree que tenga nada bueno para ofrecerles. Que le tiene pánico a la muerte pero que cree que ésta es mejor que la vida. Que está furioso porque el gobierno iraní le censuró su última película (argumentan que busca el separatismo, lo que él niega) y que ahora sueña con poder mostrar en su próxima producción la realidad de la mujer en su país. Los iraníes, amantes como pocos de la poesía, lo consideran un poeta. Los kurdos, su principal portavoz.

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