Sombra, Santos y Tomás emprenden un viaje hacia las fronteras invisibles de la Ciudad de México

La insolente estética de Güeros

Después de ganar el premio a Mejor ópera prima en la pasada Berlinale, la cinta del mexicano Alonso Ruizpalacios llega el 8 de octubre a las salas bogotanas de Cine Tonalá.

2015/10/06

Por Laura Martínez Duque

Una travesura infantil a punto de convertirse en tragedia. Tomás y su amigo lanzan bombas de agua desde lo alto de una azotea. Una madre corre desesperada por toda la casa. Su bebé llora a gritos, la mujer empuja lo que puede adentro de un bolso, parece que huye de una gran amenaza. Cuando por fin logra salir de la casa, un proyectil de agua cae directamente sobre el coche del bebé.

Gritan la madre y los testigos del hecho. Para la madre de Tomás, el episodio es literalmente una enorme gota de agua que rebalsa su paciencia. Decide que no puede lidiar más con el adolescente y lo manda a vivir con Federico, el hijo mayor, en el D.F.

Así comienza Güeros, la primera película del mexicano Alonso Ruizpalacios. Desde esa primera escena, en la que el espectador no sabe si reírse o asustarse, el director impone su estilo, caracterizado por una fresca insolencia estética.

A Federico le dicen Sombra por su color de piel. Por el contrario Tomás es ‘güero’, rubio, y los amigos del hermano disfrutan remarcando la diferencia entre ambos. Federico vive con su amigo Santos en condiciones precarias: fuman, beben y comen mal. Para tener electricidad deben robar el cable de sus vecinos.

Es 1999, año de las protestas estudiantiles de la Universidad Nacional Autónoma de México. Tomás pronto descubre que su hermano no estudia desde hace meses: Sombra y Santos están “en huelga de la huelga”. Se oponen al paro estudiantil pero disfrutan del tiempo libre. Su único vínculo con lo que sucede en la UNAM es mediante la emisora universitaria. Una locutora relata desde las instalaciones convertidas en cuartel. La mujer termina develándose como líder estudiantil y amor secreto de Sombra.

Güeros no busca hacer una revisión de las revueltas estudiantiles, ni de los movimientos revolucionarios mexicanos de ese o ningún año. Cuando Sombra, Santos y Tomás ingresan en la universidad sitiada por los estudiantes parecen observar la situación con sorna. Ruizpalacios aborda la secuencia desde lo estético y no desde lo ideológico. Hay un dejo de sátira al mostrar el sinsentido de la protesta. Luego de desplegar música, travellings y logradísimos cuadros en grises, Ruizpalacios y los jóvenes se marchan de la universidad, tan desafectados como llegaron.

¿Qué puede movilizar a estos jóvenes apolíticos y desarraigados? Tomás se aísla del mundo gracias a su walkman en el que reproduce una y otra vez la cinta de Epigmenio Cruz, “el hombre que hizo llorar a Bob Dylan, el artista que pudo haber salvado el rock nacional”. Más allá de los mitos, ese casete es el único recuerdo que le queda a Tomas de su padre muerto.

Las imágenes del paro estudiantil en el noticiero son interrumpidas por un aviso menor, Epigmenio Cruz lucha contra la muerte, solo y viejo en alguna clínica de México. Los jóvenes reciben la noticia como una gran misión, suben al auto y emprenden la búsqueda del ídolo en declive.

Güeros tiene más elementos del neorrealismo italiano y del vagabundeo por las ciudades en ruina de la post guerra que de road movie. Los personajes van de un lugar al otro, estableciendo conexiones más sensoriales que causales. Lo afectivo va marcando el ritmo de los personajes y define su rumbo. Ruizpalacios logra crear imágenes y sonidos propios, descontextualizados de una narrativa convencional. Quizá ese es su mayor logro. Por eso un ataque de pánico es mostrado con todas las licencias creativas, y si ese tigre que acechaba a Sombra era real o no, poco importa.

 

La ópera prima de este director retrata una juventud de vínculos melancólicos. Los personajes quieren evadirse de la época que les tocó vivir y miran hacia atrás seguros de que todo era más genuino. La elección de la banda sonora no es menor: música de Agustín Lara, Toña La Negra, Los Locos del Ritmo y Juan Gabriel. Epigmenio Cruz es un personaje de ficción, sin embargo, hay largas escenas en las que contemplamos a Tomás o a Federico escuchando su música. Solo vemos sus rostros de goce, porque el director nos priva de cualquier sonido. En el silencio entendemos que la música podría lanzarlos a la acción antes que cualquier idea revolucionaria.

Güeros es una rara avis cinematográfica. Una película que no se digiere fácilmente porque sus situaciones son volátiles y no busca ninguna justificación para el accionar de sus personajes. Por el contrario, explora todas las posibilidades estéticas en sus propios términos. Las decisiones que toma Ruizpalacios desde la fotografía, la cámara y el sonido hacen de Güeros lo que es: una película con una deliciosa insolencia, que transmite la energía rebelde de sus personajes y de una forma fresca de hacer y ver cine.

La elección del blanco y negro no responde un capricho preciosista, tan común en películas de autor que se pasean por festivales de cine. No es una elección estéril pues Ruizpalacios se esmera en explotar la expresividad del blanco y el negro en todo su espectro. Porque juega con luces, sombras y grises. Así, en Güeros ninguna escena tiene el mismo color que la anterior.

La película despliega una cámara rebelde, que no se conforma con una sola forma de ser sino que explora toda clase de movimientos, saltos y ralentíes. Cuando lo desea, la cámara sigue a los personajes o se convierte en una cámara subjetiva en el sentido más estricto de la palabra para luego emanciparse y seguir flotando omnipresente. Este sinfín de movimientos no satura ni empalaga. Porque no hay un solo paneo en vano. Al contrario, fotografía y cámara van cargando afectivamente la trashumancia urbana, a veces aburrida, a veces absurda, pero que rápidamente sorprende saltando de un estímulo a otro.

Güeros es una película incómoda por momentos, de ahí su insolencia. Pero es de esas películas que deja una suerte de estela síquica. Después de verla, pasan los días y vuelven las imágenes, vuelve la música, vuelve a sentirse.

 


 

Lea la entrevista de Arcadia a Salomón Simhón, director de Cine Tonalá, a propósito de su primer aniversario.

 


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