Un fotograma de la película.

Ciro Guerra revela los detalles de 'La sombra del caminante', su ópera prima

El libro 'Ópera prima' del el cineasta y escritor Javier Mejía, recién publicado por el Fondo editorial de la Universidad EAFIT, recoge entrevistas con directores colombianos como Sergio Cabrera, Víctor Gaviría y Luis Ospina sobre el rodaje de sus primeras obras. Compartimos un capítulo.

2016/11/08

Por Javier Mejía

Mañe atraviesa una difícil situación económica. Ha perdido una pierna y por ello no ha podido conseguir empleo, no puede pagar su renta y es blanco de las burlas y el desprecio de sus semejantes. Mientras recorre las calles buscando cómo sobrevivir, conoce a un inusual personaje, un hombre que se dedica a cargar gente a su espalda por el centro de Bogotá cobrando quinientos pesos. Dada la manera en que pueden ayudarse mutuamente surgirá entre ellos una extraña amistad que hará sus vidas más llevaderas y les dará una oportunidad de redención. Pero ambos comparten un pasado de la violencia que ha acompañado a los colombianos desde siempre. Este pasado los une y a la vez los separa, los descubre como seres que lo han perdido todo, excepto la esperanza de volver a empezar.

Ciro, naciste en el Cesar, contame de esa parte de tu infancia.

Yo nací en Río de Oro que es un pueblo del Cesar, mi papá es abogado y mi mamá es psicopedagoga, ella nació en Río de Oro y él nació en La Paz, al norte del Cesar, cerca de Valledupar. Pasé los primeros años en Río de Oro, luego nos fuimos a vivir a Valledupar y más adelante nos fuimos a vivir a Bucaramanga y allá hice el colegio, pero era raro, pues yo sentía que estu­diaba allá pero mi vida estaba en Río de Oro, estaba la familia, los amigos, es el lugar al que siempre regreso.

No conozco esa zona del Cesar, contame, ¿cómo es Río de Oro?

Es frío, pero de cultura costeña, es en la frontera de Cesar y el departamento del Santander, entonces tiene mucho de esos departamentos del Santander, tiene mucho de la cultura del Caribe pero al mismo tiempo montañosa y era un asentamiento alemán por este señor Alfinger (Ambrosio), un bárbaro sanguina­rio que fue quien lo fundó y montó ese asentamiento alemán y no se conserva mucho de esa historia pero lo que ves es que los campesinos de la región son rubios y de ojos azules.

¿Qué relación tuviste en la infancia con los medios?, ¿con la televisión?, ¿con la fotografía?

Mira, la fotografía fija a mí nunca me gustó, a mí me gusta el encuadre en la fotografía en movimiento, pero le quitas el movimiento y para mí pierde mucho de lo que me llama la atención, me interesa más el tema del tiempo, supongo. Por eso la fotografía fija nunca fue una cuestión de pasión, a mí lo que realmente me gustaba era contar historias, contar cuentos, entonces lo que yo hacía era cómics y como me gustaba mucho el cine me la pasaba dibujando cómics de las películas que veía. Me inventaba historias de lo que veía en las películas.

¿Dibujás bien?

No a un nivel profesional, pero sí me defiendo. Y tenía personajes, uno era como un James Bond, otro como un Indiana Jones…

¿Y cómo se llamaban?

Eso no te lo voy a compartir, eso sí me da pena (risas). Tenía un superhéroe que se llamaba Jumpman, como el hombre que salta, pero era malísimo, pues era todo copiado de lo que veía, pero el cómic como narración visual es realmente efectivo.

¿Y eras buen estudiante?

No me iba mal, siempre me fue mal en lo que era matemáticas, física y química, ese tipo de cosas numéricas nunca me funcionaron, pero las humanidades, español, sociales era como lo mío. Me destacaba y me escogían para cursos de líderes y viajaba a lugares, pero igual destacarse en esa época no era gran cosa, era la época del narco, tuve muchos amigos hijos de narcos; ser un bruto era lo normal y aceptado socialmente, ser inteligente generaba a veces conflictos sociales, ser inteligente era como ser bizco (risas). Entonces se podía volver algo por lo que te la montaran y yo prefería mantener un bajo perfil respecto a eso, pero obviamente, me gustaba la lectura, la cultura, me gustaba el arte, el cine, la música, tenía ese tipo de inquietudes y eso de alguna manera me hacía raro.

¿Veías televisión?, ¿tenés recuerdos de esos programas que veías?

Recuerdo lo que veía mi generación: Manimal, Automan, Profesión peligro y esas cosas.

¿Recordás la primera película que viste?

La primera vez que fui a cine fue a ver Volver al futuro (1985), que recuerdo haber llegado a la casa a hacer dibujitos de lo que había visto en la película. A mí me gustaba mucho el cine de acción ochentero: Volver al futuro, Terminator (1984), Duro de matar (1990), todo ese tipo de cosas, venía de este proceso de los cómics y por ahí a los doce o trece años conozco el cine de verdad: vi JFK (1991) de Oliver Stone, vi 2001: Odisea en el espacio (1968) y luego vi 8 ½ (1963) de Fellini y esas películas me revolcaron la cabeza, comencé a ver el cine como un medio con muchas posibilidades.

¿Cuándo tenés una cámara por primera vez?

Mi familia nunca tuvo cámara, pero uno de mis mejores amigos del colegio tenía cámara, una video 8 o vhs compacta y yo dibujaba estos cómics y mis compañeros vivían pendientes de esto, yo hacía una entrega y los dejaba siempre en punta, y ellos me pedían más y me gustaba mucho esa manera de contar historias, entonces un amigo que le encantaban estas historietas me dijo que hiciéramos algo con cámara, teníamos doce años cuando hicimos el primer video y seguimos haciendo un video cada año hasta que me gradué del colegio.

¿Y cómo eran esos primeros videos?

El primero fue Moby Dick, me había encantado la película y quería hacer mi propia versión de Moby Dick; siempre que algo me impactaba trataba de hacer algo parecido. El primero interesante fue uno que hice en décimo grado, tal vez, que era original, era la historia de unos estudiantes que se armaban y secuestraban el colegio, era chévere, ellos querían hacer la revolución desde su colegio, algo muy adolescente.

¿Qué pasa al terminar el colegio?

Yo siempre supe que quería estudiar cine, en mi casa fue como decir que iba a ser astronauta, ser cineasta era como “¿qué es eso?”. Entonces como la presión era tan grande, decidí tomarme un tiempo para pensarlo y me chupé el servicio militar y esto fue… un comedero de mierda. Y no puedo decir que me fue mal, es más, a mí me parece que es importante hacerlo, uno necesita comer mierda en la vida y todo el mundo tiene una experiencia así, ya sea ir a lavar platos de inmigrante a Nueva York o cualquier experiencia así, creo que eso forma el carácter. Y uno es un niño y aprende mucho y creo que fue una experiencia muy importante.

¿Y al salir del ejército te presentás a estudiar cine?

Estando en el ejército me presenté a la Nacional y mis papás dijeron: “Ya que está sufriendo tanto que vaya y lo haga”. Además era algo importante haber pasado a la Universidad Nacional y decidieron que me apoyaban mientras se me pasaba la locura. Y me vine a vivir a Bogotá, una ciudad que es dura, súper fría, súper difícil para el que viene de afuera; eso de ser extranjero en Bogotá, ese choque con la ciudad, mezclado con las experiencias de lo que viví, aprendí, y cosas que supe durante el servicio militar, son la materia prima de La sombra del caminante.

Contame de esa Bogotá.

Bogotá estaba en un momento muy duro, estaba llena de desplazados, de gente dedicada al rebusque y yo me la pasaba en el centro de la ciudad, yendo a cine a los lugares gratis que había: el museo Nacional, el Mambo, la antigua Calle del Agrado, la Sala fundadores y vivía al día, no me mandaban mucha plata y con eso me las arreglaba, no me puedo quejar.

En la Escuela, ¿comenzás a hacer cortos?

El proceso viene desde segundo semestre; yo armo un combo de amigos de la universidad que decidimos que vamos a hacer cortometrajes dentro de la Escuela, pero con la idea de que vayan más allá del trabajo académico, a pesar de que yo no me siento cómodo con la narración del corto y los cortos que hice no son de muy buena calidad porque estoy tratando de meter muchas cosas dentro de un formato donde no caben. El corto tiene que ser una idea muy buena, muy contundente, muy bien narrada; es dificilísimo. Es más, yo siento que el corto es más difícil de hacer que el largo (risas). Lo primero que hice fue un plano secuencia que se llamaba Silencio, que era alrededor de la falta de silencio en Bogotá, era en blanco y negro y era lindo, no quedó mal. Y bueno, hice varios cortos donde cambiábamos de roles con este grupo y a esos cortos les fue bien, obviamente, para los estándares de hoy en día no son cortos buenos y no deberían ni mostrarse ni ser vistos, pero para los estándares del momento estaban bien. Iban a los festivales y ganaban premios y plata, los pasaban por televisión y eso nos dio la idea de que si uno hace las cosas bien hay un espacio creado para eso y nos emocionamos con esa idea y yo ya sabía que quería dar el paso al cine y les dije: “Ya que estamos en estas, hagamos un largo”.

Ciro, ¿cómo nace el guión de La sombra del caminante?

Lo que hacía en esa época era escribir, primero a mano en un cuaderno, una estructura, una escaleta, echando ideas, y ahí me lancé a escribirlo, pero cuando uno es tan principiante, me dije: “Bueno, la primera versión está lista, vamos a filmarla”, y me monté en la película de que íbamos a hacerla pero el guión era malísimo, no estaba funcionando y yo insistía en que sí, en que había que hacerlo y empezamos a trabajar la producción y encarpeté a todo el mundo a trabajar, hasta que una semana antes del rodaje el grupo de trabajo me dijo: “¿Sabe qué? ¡Este guión está muy malo!”. Entonces me volví mierda, se cayó el rodaje y se paró todo. Y uno siempre tiene caídas, yo ya he tenido muchas caídas y uno aprende, o me quedo acá o me levanto y lo hago de nuevo. Y a partir de esa experiencia, ese combo de amigos agarró cada uno por su lado y me quedé con un muchacho que habíamos vinculado para que hiciera la producción y él básicamente me dijo: “¿Sabes qué? Yo creo en esto”. Entonces ahí sigo el consejo de los amigos y me pregunto qué es lo que está mal con este guión y comienzo a mirarlo con más cuidado y me doy cuenta de que el guión sí tenía muchísimos problemas, era una basura. La historia estaba muy dispersa, había muchos más personajes, mucha trama, no estaba centrado sobre lo importante, sobre lo esencial. Entonces me fui a Río de Oro a pensar, a desbaratar el guión, y en esa reflexión surgió la idea de lo que estaba, tenía una cuarta o quinta versión del guión y me tocó comenzar de cero, pero ya era la historia que la gente vio.

¿Hiciste muchas versiones del guión?

Fueron catorce versiones. Yo creo que la única manera de aprender es hacerlo y lo que uno aprende es que el guión es lo más difícil que hay, es lo más duro para mí. Yo me fui como dos meses y regresé con otro guión y entonces Diego Hernández, el productor me dice: “Esto sí funciona”.

¿Y de ahí qué sigue?

Como no había plata para hacerla, yo tenía como tres millones de pesos y fui a un concurso de televisión y me gané otros cinco. Era un concurso que se llamaba Propuesta in decente (2001), que era un concurso de preguntas de cine, como un ¿Quién quiere ser millonario? pero sobre cine, todo el mundo de la universidad fue allá y ganó plata, entonces yo dije, yo también voy a ver si gano y también gané algo. Y con esa plata dijimos que nos íbamos adelante con la película.

¿Y cuánto era el presupuesto que tenías?, ¿cuánto necesitabas conseguir?

La verdad, en ese momento yo no tenía ni idea de cómo se hacía un presupuesto ni cómo financiar una película, yo no tenía ni idea de nada de eso. Pero hoy en día, en retrospectiva, digamos que esa podría ser una película de doscientos millones de pesos, pero teníamos ocho, entonces todo el mundo se vinculó, básicamente, porque creía en el proyecto y los actores también.

¿Cómo fue el proceso de selección de los actores?

A mí la idea de hacer casting no me gusta, sino que fue un proceso con gente que conocía y amigos de amigos, gente referida, etc. Ignacio Prieto, el hombre de la silla, era un amigo mío de grupos de teatro de la Universidad Nacional por los que yo también había pasado, e incluso el personaje de la silla lo había escrito pensando en él y lo habíamos trabajado. Igual, en la versión que se filmó, se trabajó con los actores y ellos aportaron mucho y cambiaron cosas.

¿Cómo trabajaste?, ¿hiciste muchos ensayos?

Para esta película hicimos ensayos para encontrar a los personajes, creo que para llegar al momento del set todo el trabajo previo que uno haga no sobra, se nota en la película, además de que ahorra mucho tiempo y evita muchos tropiezos.

¿Cómo fue el primer día de rodaje?

Es un plano que está en la película afortu­nadamente, es una conversación, two shots, donde hablan Mañe, que es César Badillo, y doña Marelbis, que es Inés Prieto, y hay un diálogo entre ellos e hicimos ese plano y se jodió la cámara (risas).

¿Cuánto duró el rodaje?, ¿cómo era el equipo?

Fueron primero veintiún días derecho y luego paramos, porque César Badillo se tenía que ir al Iberoamericano de Teatro a montar una obra que se llamaba Mosca con Fabio Rubiano, y ahí descansamos casi un mes, retomamos y grabamos otros veinte días. Y el equipo era muy pequeño, éramos nueve personas, contando a los actores (risas).

Mientras rodabas, ¿qué sensaciones tenías?, ¿pensabas que estabas haciendo una buena película?

Cuando empecé, sí. Antes de rodar, dije: “¡Esto va a ser del putas!” y el último día de rodaje pensaba: “Con que lo pasen un día en el Parque Nacional, con eso me conformo, porque esto va a quedar una basura y es una mierda”. Uno siente, luego de tanto problema y tanto inconveniente, que lo que uno soñó definitivamente se perdió, pero lo que aprendí fue que eso es bueno, que las cosas no salgan exactamente como uno quiere siempre va a pasar y me parece más enriquecedor, creo que si la película hubiera salido exactamente como yo quería, no hubiera sido buena.

¿Trabajás los diálogos con los actores?

Todos los diálogos los trabajo con los actores, son tan de ellos como míos y básicamente viene del hecho de que no me considero un guionista o buen guionista, por lo menos. Entonces, frente a los diálogos no me siento dueño de ellos.

Grabaste en el centro de Bogotá, en la carrera Séptima, ¿fue muy complicado?

Lo chévere fue que como no teníamos gran equipo […]. La fortaleza que te da no tener presupuesto es eso, no llamar tanto la atención, y era una calle que yo conocía, me mantenía ahí, la recorría mucho y era el espacio que me parecía paradigmático para mostrar el centro de Bogotá.

Y las otras locaciones, ¿la casa de Mañe y la de Ignacio?

La de Ignacio es subiendo a Monserrate y la de Mañe, el exterior es en el barrio La Perseverancia y el interior es en Ricaurte.

¿Por qué tomás la decisión de hacerla en blanco y negro?

Yo creo que fue porque las películas que más me gustan son en blanco y negro, 8 ½ de Fellini, Los siete samuráis (1954) de Kurosawa y La noche (1961) de Antonioni, entre otras. Tengo que decir que a mí me gusta mucho ver las películas de Fellini y durante mi época formativa era el que más disfrutaba ver, era un placer absoluto.

Ciro, en postproducción, ¿cortaste mucho?

En total, a la película le corté una hora y veinte minutos. Y eso es un proceso de sacrificio que nadie te lo enseña, tiene que vivirlo uno en carne propia y es un error gigantesco cuando el director edita su película, pero creo que la película quedó compacta, me gustaría ver ese primer corte que hice de dos horas y media a ver que puedo aprender de ahí.

¿De dónde nace el nombre?

Me sonó. Miré varias posibilidades y tomé diferentes elementos con los que ensayé, tenía otro que era: “Pasaje $500”, inclusive lo conservé durante un tiempo como subtítulo o algo así.

Las gafas que utiliza Mañe, ¿esa caracterización de dónde proviene?

A mí me pasa es que las ideas que tengo son muy visuales y cuando me vino a la mente la idea de ese personaje me vino así y las encontré un día en el mercado de las pulgas y dije: “¡Estan son!”, son oscurísimas, como de soldadura.

El recordado Jaime Osorio entra en la postproducción de la película, ¿cómo lo conociste?

El Mono era profesor en la universidad y yo le había pasado el guión antes de rodar esperando que me dijera que era una genialidad y que él quería producirlo, pero lo que pasó fue que me dijo es que era una basura y me lo podía guardar (risas). Luego comencé a editar, me quedé sin plata, estaba quebrado y yo ya estaba al borde de la indigencia, como queda uno luego de hacer una película, y me fui a donde el Mono a Tucán Producciones y le mostré lo que tenía y para mi sorpresa el Mono dijo: “Yo me encargo de que esta película salga adelante”. Fue un proceso duro de negociación, porque él me entregó inicialmente un corte de sesenta minutos y ahí en un tire y afloje llegamos al corte que quedó. Yo le agradezco mucho.

¿Y qué sensaciones te da la película pasados los años?

Lo que pasa es que es una película que me da un poquito de pena, en el sentido de que es una película muy pobre, hecha con nada, muy arrancada, me molesta el acabado de la película.

Ahora me decías que habías hecho teatro, ¿qué tal sos de actor?

Básicamente, el peor actor del mundo. En todo este tiempo no he visto a nadie que se acerque a lo malo que era yo (risas). Pero aprende uno un par de cosas de actuación que era lo que me interesaba, es bueno estar en los zapatos del otro.

¿Qué consejo le darías a alguien que quiere filmar su primera película?

Que se dedique a otra cosa (risas).

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