'Les Quatre Cents Coups', François Truffaut, 1959. 'Pickpocket', Robert Bresson, 1959.

Clásicos del futuro

A partir del 9 de abril los espectadores de Colombia tendrán la oportunidad única de ver en pantalla grande el ciclo Clásicos Franceses en las salas de Cine Colombia.

2017/02/28

Por Hugo Chaparro Valderrama* Laboratorios Frankenstein©

Es posible que en el cine se inviertan los términos de Mark Twain cuando dijo: “Un clásico es un libro que la gente alaba, pero nadie lee”.

Con algo más de un siglo en el mundo, el cine ha cruzado por su Prehistoria, su Edad Media, su Renacimiento y sus vanguardias con un ritmo vertiginoso. Sus clásicos son inmediatos por el respaldo de los espectadores que asisten –¿o asistían?– masivamente a las salas y descubre en ellos una forma de nutrir sus vidas.

Y el cine francés, hijo legítimo de los hermanos Lumière, logró su permanencia gracias al riesgo sin tregua de sus directores, interesados por enseñarle al espectador lo que define un clásico: historias que se renuevan cuando regresamos a ellas y que nos renuevan cuando los años parecen rejuvenecer al pasado y su huella en el presente.

Los nombres ya han sido mitificados: Jean Vigo, Marcel Carné, Jacques Tati, François Truffaut, Robert Bresson, Georges Franju, Jacques Demy, Jean-Luc Godard.

Podrían ser más. De hecho, son muchos más. Pero estos directores representan a su tribu con la inteligencia del talento y la audacia que alcanzó algo semejante a la sabiduría desfilando en la pantalla.

Sus películas: Zéro de conduite (Vigo, 1933); Les enfants du paradis (Carné, 1945); Jour de fête (Tati, 1949); Les quatre cents coups (Truffaut, 1959); Pickpocket (Bresson, 1959); Les yeux sans visage (Franju, 1960); Les parapluies de Cherbourg (Demy, 1964); Pierrot le fou (Godard, 1965).

También podrían ser muchas más. Aunque la punta del iceberg revela los años y la historia que rebasan los límites de cualquier ciclo a la sombra de una palabra capaz de sugerir la condición de un “clásico” como símbolo de su época.

Los adolescentes en contra de la autoridad (Vigo y Truffaut); el amor como escenario teatral donde la mujer aventaja al hombre (Carné); la comedia como acrobacia cinematográfica (Tati); los dilemas morales de un carterista (Bresson); el terror de una chica que no tiene piel en su rostro (Franju); la ópera en versión pop (Demy); el amor delirante y criminal (Godard), comprueban que la diversidad temática y la variedad formal son signos vitales para un arte.

Rebeldes con causa cinematográfica y una pasión desbordada por el legado que influyó en ellos y los situó ante una cámara, advirtieron que las vanguardias son tradiciones reinventadas.

Vigo murió cuando solo tenía 29 años y cuatro películas. Pero fueron suficientes para no olvidarlo por el eco juvenil que deja en el público, solidario con la anarquía de los chicos en Cero en conducta, sometidos a las normas implacables de un internado –la escena de la pelea de almohadas nos puede ilusionar con la fantasía de lo que pudo filmar Vigo si la enfermedad no lo hubiera vencido–.

El premio que tiene su nombre y que empezó a otorgarse desde los años cincuenta en Francia tiene un lema común a los realizadores del ciclo: “Independencia de espíritu y calidad en la dirección”.

Espíritus independientes, que tuvieron el coraje de aventurarse en el cine con visiones novedosas ante el mundo que les tocó en suerte, su audacia tendría la recompensa de situarlos en el tiempo como si hubieran estrenado ayer las películas por las que siguen vigentes.

“No al arte sin transformación”, escribió Bresson en sus Notas de cine. Estas películas son variaciones de su idea. Descubren:

El sentido de la dignidad en contra de la amenaza que asedió a Francia cuando los nazis ocuparon el país y Carné convirtió a una de sus actrices, Madame Arletty, en un símbolo de independencia y libertad en contra de la censura.

La preocupación formal de Tati por la relación entre imagen y sonido para moldear su sentido del humor.

El exorcismo autobiográfico de las pesadillas adolescentes hecho a través de la cámara por Truffaut en su primer largometraje.

El interés ético de Bresson investigando en sus películas los motivos del factor humano alrededor de la culpa con una actitud de compasión religiosa.

La capacidad para que un mundo sombrío como el de Franju alcance cuotas de lirismo inesperado en contra de la crueldad.

El aire festivo y pleno de colores luminosos que tiene Les parapluies de Cherbourg, notable cuando la luz se desliza sobre el paisaje delicado y rubio del cabello que hace de Catherine Deneuve una chica anclada para siempre en sus 20 años de edad cuando se proyecta la película.

El vigor intelectual de Godard, que en esta y en tantas películas hizo de su filmografía un motivo de sorpresa, prolongándose como una referencia de estilo en el que la forma del cine parecía inventada para que la transformara y le diera un sentido de acuerdo a sus propósitos narrativos.

Algunas de las razones para aprovechar un ciclo en el espacio real para el que fuera soñado: la pantalla de una sala de cine donde la vida y sus clásicos tienen la dimensión que merecen.

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