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¿Cómo se compra una película?

El Festival de Cannes coincide con la temporada en la que los distribuidores independientes comienzan a comprar el cine que veremos. ¿Qué tan fácil es para los colombianos adquirir derechos de distribución en un mercado tan competido? Reportaje.

2010/03/15

Por Felipe Cala Buendía

Desde hace casi cincuenta años, cuando a Brigitte Bardot le dio por complacer a la prensa mundial –despampanante en su diminuto bikini y jugueteando en la playa–, el Festival Internacional de Cine de Cannes ha conjugado dos de los grandes pasatiempos de todos los tiempos (valga la cacofonía): el sexo y el cine. Todos los años, por el mes de mayo, esta tranquila ciudad costera se transforma en el epicentro mediático del mundo del espectáculo y, durante dos semanas, es invadida por una horda de más de doscientas mil personas, entre participantes y curiosos. No es extraño que, con un presupuesto de veinte millones de euros, este festival sea hoy en día el más prestigioso y concurrido del mundo; uno de los pocos eventos, junto con los premios Óscar, con el suficiente poder para consagrar o destruir una carrera con igual facilidad.

Sin embargo, lo que muy pocas personas saben es que detrás de lo que registran las cámaras y los micrófonos de los más de cuatro mil periodistas, se esconde el complejo entramado que verdaderamente justifica la existencia de este tipo de eventos: el dinero y los negocios. Y es que como afirma Federico Mejía, de Babilla Ciné, “un festival de cine es básicamente un negocio; un negocio para promover las películas y lograr que se vendan, generando todo un andamiaje para obtener el reconocimiento de la prensa y la crítica especializada, y darle un tono de glamour a todo lo que se desarrolla a su alrededor”. De esta forma, los festivales más importantes –Berlín, Cannes, Toronto y Venecia– se nutren de la popularidad de los directores, actores y actrices invitados, para poner en movimiento y dinamizar los engranajes del negocio de compra y promoción de las películas. La razón es bastante obvia, “pues los medios siempre van un poco en busca de la frivolidad”, agrega Mejía. “Por eso, en los últimos años, muchos festivales europeos han optado por tener en su selección varios blockbusters y generar así más atracción para los medios de comunicación”. Basta recordar el despropósito cinematográfico (El código Da Vinci) que inauguró Cannes el año pasado.

Negocios son negocios

Aunque a muchos chismosos nos encantaría tener la oportunidad de codearnos con las grandes estrellas del cine internacional –desde Wong Kai Wai hasta Scarlet Johanson–, la verdad es que la gran mayoría de los asistentes están en Cannes para hacer negocios, no para parrandear. Y como en todo viaje de negocios, hay que justificar la inversión. Este es el verdadero propósito de los tres mil productores, tres mil distribuidores, mil agentes de venta y quinientos abogados y financistas que transitan, por esta época, las calles de la ciudad. Como afirma Elba de McAllister, de Cineplex: “Detrás del espectáculo está la industria”.

En paralelo a las competencias oficiales, Cannes ofrece una amplísima e intrincada plataforma para hacer negocios. Al mejor estilo de las llamadas macro-ruedas, las posibilidades son casi infinitas: desde la producción hasta la distribución, pasando por la promoción y contratación de actores y actrices. Así, en la Villa Internacional, países de todo el mundo tienen la oportunidad de presentar y promover su industria, cultura e instituciones cinematográficas, y de realizar importantes intercambios. Igualmente, la Red de Productores constituye una oportunidad única para darle un impulso internacional a los proyectos de los participantes. Este año, por ejemplo, se llevarán a cabo dos sesiones de speed-dating –aquel modelo gringo de intercambio sentimental a la carrera–, para crear y consolidar vínculos entre los casi quinientos productores inscritos.

No obstante, la gran parte del intercambio comercial ocurre, sin lugar a dudas, en el Mercado de Cine, un evento inseparable del festival y en el cual se dan cita más de diez mil productores, exportadores y distribuidores de los cinco continentes. Es este un escenario abierto a todo aquel que quiera comprar y todo aquel que tenga algo que vender, y en donde se reunirán este año más de tres mil compañías independientes de ochenta países diferentes. Sin embargo, las cosas no son tan simples como parecen.

Ante una oferta prácticamente infinita, el trabajo de los compradores comienza varias semanas antes de su aterrizaje en Cannes. La labor de inteligencia es dispendiosa y consiste en reunir la mayor cantidad posible de elementos para depurar, según los propios intereses, un catálogo de más de cuatro mil títulos. “Hay que ir preparados”, afirma McAllister, “sabiendo qué películas se van a ver y a qué horas, y previendo un poco la reacción que van a generar”. Una vez en el festival, no hay tiempo que perder y, armados con un libro que más parece un directorio telefónico –“el quién es quién de la industria”, en palabras de Mejía–, se inicia una maratón de proyecciones, reuniones y comidas intercaladas, con el único objetivo de cerrar el negocio. “Yo comienzo a las seis y media de la mañana, cuando reviso todos los documentos del día. Veo la primera película a las ocho y media, y de ahí en adelante voy alternando entre reuniones, películas y eventos hasta las tres y media del día siguiente”, cuenta McAllister. “Es el festival más estresante de todos. Usted tiene que justificar su presencia y tiene que conseguir, de alguna forma u otra, buen material”, dice Mejía.

Un acto de fe

Contrario a lo que se ha llegado a afirmar en algunos medios de comunicación, la distribución de cine independiente no es un negocio redondo. Los riesgos son grandes y el éxito del comprador radica en identificar aquellas películas que estén dando de qué hablar; aquellas películas que estén produciendo un buzz, como se dice en el argot de la industria. Hay que seguir las tendencias y estar pendiente de lo que las revistas especializadas, como Variety y Screen, tienen que decir al respecto. Es casi una competencia contra el tiempo y los jurados; una competencia para apostarle a la película ganadora, a la que le robaron el premio o a la que logró generar más interés por parte del público, y comprarla antes que los demás.

Definitivamente, no es un trabajo fácil este de comprar películas. En este negocio –todos lo sabemos–, la competencia es despiadada, máxime cuando se trata de cine independiente. “Es que no hay cama pa’ tanta gente”, afirma McAllister. Al respecto, agrega Mejía: “No es tan fácil como llegar al festival y decir: ‘Yo quiero esta película’. Los productores y los vendedores tiene que conocerlo, tiene que saber quién es usted. Es un mundo supremamente cerrado, donde es difícil entrar, pues hay muchos intríngulis, mafias y negocios amarrados. La única forma de sobrevivir es construir un buen catálogo, que genere utilidades y le permita seguir adelante”.

Más que un negocio redondo, en Colombia el cine independiente es casi un acto de fe. Pero esa es la esencia de estos festivales y sus mercados: apostar por una oferta diferente, no tan marcada por las escenas gratuitas de sexo y violencia. “Los mercados son los que hacen dinámico un festival. Un festival que no tiene mercado es un festival muerto. Es el caso de Cartagena, donde no pasa nada, no se hacen negocios”, señala Mejía. Por su parte, y al destacar la importancia de estos mercados para la oferta en las salas nacionales, Carlos Llano, de Cine Colombia, apunta: “Hay de todo para todos. Son como la torre de Babel”. Y es precisamente en esta Babel cinematográfica donde los distribuidores colombianos han conseguido aciertos tan taquilleros como El secreto en la montaña (Cineplex), La caída (Cine Colombia) o Match Point (Babilla Cine).

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