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Como una uva

El vino ha sido la salvación del director de El Padrino. Con el dinero que producen sus viñedos de Napa Valley pudo realizar su nuevo filme. Las vides y sus hoteles mantienen saludables sus finanzas. ¿Alguien recuerda que estuvo quebrado en los ochenta?

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar S.

Bancarrota. Números rojos. Saldo incierto. El director estadounidense Francis Ford Coppola afrontaba la peor crisis financiera de su vida después del tremendo fracaso en taquilla de su filme One from the Heart (1982), un musical que puso al borde del colapso a su productora Zoetrope y arrastraba hacia la ruina a su familia. En pocos años la carrera del hombre barbudo que había sido ovacionado por las dos primeras partes de la saga de El Padrino (1972, 1974), del temerario independiente que en 238 infernales días había rodado Apocalypse Now (1979), caía en picada contra el pavimento.

El hombre que iba a enseñarle a Hollywood que “había otra manera de hacer cine”, estaba aprendiendo la lección: a Hollywood el cine no le importa, lo que le importa es el dinero. Y ahora él no lo tenía. El gran autor independiente se desmoronaba. Su One from the Heart le había costado casi 23 millones de dólares y había recaudado tan solo 2,5 millones. Ni siquiera los críticos apoyaron su obra. “Coppola se declaró en quiebra y el 20 de abril de 1982 anunció que ofrecía el estudio al mejor postor”, se recuerda en el libro Moteros tranquilos, toros salvajes, de Peter Biskind; el director dijo entonces: “Con el derrumbe de mi estudio, todo se fue por un agujero negro. No tengo presente. Vivo como una pulga, entre dos bloques de granito (…) ”.

El realizador no tenía otra opción, debía aceptar el encargo de dirigir películas ajenas, filmes de otros que no le gustaban pero podrían salvarlo del desastre. Coppola alquiló su cuerpo, vendió el alma al diablo hollywoodiano y sacó a flote sus finanzas. En 1986, con el estreno de Peggy Sue Got Married (que recaudó 41 millones de dólares), su estado financiero comenzaba a recuperarse. Sin embargo, el saldo favorable duró poco tiempo, el director no había aprendido la lección y se embarcó en otro proyecto de autor descabellado: Tucker: The Man and His Dreams (1988); llegó de nuevo la bancarrota, su propio apocalipsis.

Un traspié que no lo iba a detener. Coppola cae, pero siempre se levanta. Con El Padrino III (1990) y la recordada Drácula (1992) sus cuentas bancarias volvían a tener muchos ceros a la derecha, al inicio de los noventa Francis entendió que si quería seguir cerca del imperio de Hollywood debía participar en el juego y “mostrar el dinero”. ¿Y cómo conseguirlo? No con películas arriesgadas, eso quedaba claro, el futuro estaba en el vino.

En 1975, después de que las dos primeras partes de El Padrino ganaran el Óscar a Mejor Película, él y Eleonor, su esposa, compraron buena parte de la mansión Inglenook y sus viñedos (era una construcción legendaria fundada en 1880, ubicada en el Napa Valley de California y famosa por sus vides). La llamaron Niebaum-Coppola Estate Winery. Este terreno comenzaría a convertirse en un preciado tesoro familiar. En 1978 produjeron sus primeros vinos, pero solo hasta comienzos de los noventa, cuando compraron los territorios que aún no poseían de la vieja Inglenook, el negocio vinícola empezó a ser prioritario, necesario, para el barbudo director. Hoy su propiedad ha sido rebautizada con el nombre de Rubicon State y ha sido sometida, desde el inicio del nuevo siglo, a una profunda renovación.

El Cabernet Sauvignon de Coppola (que se llama como sus tierras: Rubicon) compite con los mejores vinos europeos, se ordena en restaurantes exclusivos y le dan más ganancias que sus fallidos filmes. Pero no solo los jugos de sus viñedos suman plata a sus arcas, a través de estos años Francis se convirtió en un hombre de negocios. Ha invertido dinero en el sector turístico, posee complejos hoteleros en Belice, Guatemala, construye uno en Italia y a finales del pasado marzo compró, por novecientos mil dólares, un “hotel boutique” en el barrio de Palermo de Buenos Aires —en los diarios argentinos también se leía que el director está muy interesado en encontrar un terreno vinícola en Mendoza—. Además, es el creador de la marca de pastas y salsas orgánicas Mammarella, de los puros Carmine (llamados así en honor a su padre), de la revista Zoetrope: All-Story y sigue comandando su vieja productora de cine. Lejos está de la quiebra.

Él contaba en una entrevista en el diario español El Mundo que “ese dinero supone un seguro para mi familia, para que no les afecte que vuelva a meter la pata”. Aunque casi la mete hace algunos años cuando obstinado hablaba de su gran proyecto: Megalópolis, “una historia donde se combinan dos mundos, comparando la Roma Imperial con el Nueva York de los yuppies de Wall Street”, que tuvo que cancelar porque, a tiempo, se dio cuenta de que era demasiado ambicioso y podría llevarlo a la ruina.

El director luce más sensato ahora. Dice que su hija Sofía Coppola (Perdidos en Tokio) le enseñó a pensar en historias pequeñas, películas que puede realizar con su propios recursos (¡Viva el vino! ¡Vivan los hoteles!) y dirigir libremente. Ese es el caso de Youth Without Youth, cinta basada en la única novela de Mircea Eliade, que rodó en Rumania el año pasado con un presupuesto de cinco millones de dólares. El filme, que será distribuido por Sony Pictures Classics y estará dentro de algunos meses en las salas gringas, marca el retorno a las pantallas del viejo Francis, después de una década de silencio.

Es probable que su nueva obra no se convierta en un clásico como El Padrino; es seguro que, así nadie vaya a verla, no lo llevará a la bancarrota, y queda claro que ya aprendió la lección: la plata no está en el cine (eso solo pasa cuando eres Peter Jackson), está en el vino. Y el vino le da lo suficiente para sostener a su familia, hacer películas –las de él y las de Sofía– y emborracharse de independencia. El mismo Coppola decía, hace algunos años en el Festival de Cine de San Sebastián, que son solo tres los directores de Hollywood que pueden rodar lo que les da la gana: “George Lucas, porque ha acumulado cantidad de dinero con La guerra de las galaxias; Steven Spielberg, porque es un prodigio y las películas que hace son las que gustan al público, y yo, porque estoy subvenciondo por una industria vinícola”. Y, finalmente, “el cine, la comida, el vino. Eso es lo mejor que hay”.

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