Un fotograma de 'Cord' (2015)

El amor, cuando todo se derrumba

‘Cord’, la ópera prima del bogotano Pablo González, transporta al espectador a un mundo posapocalíptico para contarle una historia de amor en tiempos de barbarie. Estará en Cine Tonalá hasta el 31 de enero.

2017/01/11

Por Christopher Tibble

El mundo parece haberse acabado. La nieve, inhóspita, recubre el paisaje. Un megáfono destartalado emite un mensaje que sabe a pasado: “evite a toda costa tener relaciones sexuales”. Una catástrofe, se entiende, acabó con la civilización humana, y los pocos sobrevivientes se escabullen entre las ruinas, apenas guiados por una fuerza mayor: la supervivencia.

Es allí, en ese futuro, donde se desarrolla una de las más improbables historias de amor del cine colombiano, la de Czuperski (Christian Wewerka) y Tanja (Laura de Boer), “un traficante de aparatos de maturbación y una junike sexual”, como dice su director, el bogotano Pablo González. Hablada en inglés, filmada en un edificio de la Stasi en Alemania y protagonizada por una holandesa, Cord (2015) es una película retadora: sin ánimos de aclararle el contexto al espectador, lo transporta a un entorno posapocalíptico donde toda convención y norma social ha desaparecido. Lo que sigue es un romance con tintes tecnológicos que dura una hora y cinco minutos.

El largometraje, que se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI) en 2015, ha ganado varios premios en festivales de culto, como el Fantasporto o el Palmares Mauvais Genre Festival, donde se llevó el Gran Prix. Ahora, por primera vez, se exhibe en una sala comercial en Bogotá, en Cine Tonalá.

Hablamos con González sobre su ópera primera.

Cord es una película que no se explica. Arroja al espectador, sin mucho contexto, a una situación a todas luces particular.

Creo que haber explicado la película hubiera terminado generando más preguntas que respuestas. En un momento teníamos textos explicativos, unas escenas de contexto, pero creo que hubiera confundido más a la gente. Además, yo quería jugarle a la ambigüedad. A mí me parece muy interesante la ambigüedad como dinámica creativa: dejar que la gente termine la película, más que uno decirle qué está pasando y por qué. Lo que pasa es que la línea entre ambigüedad y confusión es muy delgada, y creo que depende del espectador poder distinguir entre los dos. Si no hay una voluntad previa de interactuar con la obra, de ir a hacer un trabajo, es muy probable que la persona termine confundida. Cord no es un trabajo ya masticado y puede ser frustrante para algunos.

¿Por qué retar al espectador?

La mayoría de las películas simplifican la realidad, la hacen más fácil y comprensible para que el público las pueda entender. Contar historias es en cierto sentido el arte de coger un mundo complejo y presentarlo de una manera sencilla. Hay un héroe que tiene unos objetivos y se enfrenta a unos obstáculos, y esa es la película. Así es la mayoría del cine. Y eso no está mal, la mayoría de la gente va a cine a ver una versión digerida de la realidad. Pero también hay un cine que, al contrario, complejiza. Hace preguntas, problematiza. Busca justamente mostrar lo complejo que puede ser la realidad. Y en ese sentido, para este tipo de cine, se requiere que el espectador haga un ejercicio. Creo que ese también es su atractivo. Cord va en esa línea y es, me parece, una reflexión: sobre el amor, sobre la pareja, sobre la posibilidad de decir, bueno, ¿cuáles son las complejidades de esto?

No hay entonces una única interpretación…

Yo no quiero ofrecer un mapa para ver la película. A mí me parece que yo tengo una interpretación y que hice un trabajo conceptual armándola, pero me parece chévere que la gente la lea como quiera. La función más bonita que hemos tenido fue en la Cineteca Nacional en Ciudad de México. Había como 560 personas. Al final había un Q & A y la gente se quedó discutiendo. Unos, por ejemplo, decían que la película era sobre Facebook, las redes sociales y la falta de conexión entre nosotros en el mundo contemporáneo, sobre cómo intentamos conectarnos con la tecnología pero no lo logramos. Esa idea me pareció muy interesante, si bien no era la mía.


El cineasta Pablo González. Crédito: Guillermo Torres. 

¿Cuál fue su trabajo conceptual?

Partí de la siguiente idea: si hay un mundo donde le quitamos las instituciones (la familia, el matrimonio), si le quitamos la tecnología, las maneras como nos comunicamos, si le quitamos el Estado y todo los elementos culturales que componen nuestro mundo, ¿cómo sería el amor allí, en un mundo donde la supervivencia es el concepto básico? ¿Cómo sería el amor si no hay cortejo, si no hay construcciones culturales? Entonces surge la pregunta: ¿existe tal cosa como el amor? Yo no tengo las respuestas, y de alguna manera la forma en que hicimos la película refleja eso: partimos desde una idea básica y desde unos personajes, pero la película evolucionó durante el rodaje.

¿Cómo fue eso? ¿Cómo fue la escritura del guion?

Yo me fui a Berlin a escribir un guion de una película en 2011. Me costó mucho trabajo, así que en paralelo empecé a escribir una historia de ciencia ficción, que tenía que ver con un mundo que ya habíamos desarrollado con una amiga para una novela gráfica. Y pronto este segundo proyecto se volvió más importante. Cuando tenía unas 30 o 40 páginas del guion, decidí hacerlo. Eso fue en octubre y rodamos en enero de 2012.  Cuando empezamos a rodar el guion no estaba terminado. Vino un amigo mío, que también es director, Camilo Prince, y mientras nosotros rodábamos, él escribía. Así entre todos, incluidos los actores, lo sacamos adelante.

Hablemos de la locación, sin duda uno de los protagonistas de la película. ¿Dónde filmaron?

La Stasi, la policía secreta de la Alemania oriental -que era terrible, como la KGB, pero mucho más efectiva-, tenía un complejo en el este de Berlín con varios edificios, incluido uno horrible que había sido una prisión desde la época Nazi, donde torturaban y desaparecían a la gente. Justo al lado, hoy hay un edificio donde en su momento se ocupaban de toda la parte técnica del espionaje, y en el centro de ese edificio había un computador inmenso que registraba todas las llamadas del país. El computador tenía 300 metros de grande, unos seis cuartos, y para que no lo espiaran estaba todo recubierto en cobre. La máquina ya no está, pero el espacio sigue ahí y nos lo alquilaron por unos 300 euros al mes, nadie lo quería. Paralelamente una compañía nos dejó sacar basura de los patios de reciclaje porque el productor de la película les dijo que Cord era sobre reciclaje. Sacamos como ocho toneladas de electrodomésticos para crear el set.

¿Cord es una película colombiana?

Ese es un debate interesante. Nosotros la estrenamos en el FICCI en 2015 en la sección de largos colombianos, fue una provocación de los programadores: se trata de una película en inglés, filmada en medio de Europa en el invierno. Lo que pasa es que la película sí es colombiana, está legalizada, y yo soy colombiano. Ahora, sí creo que hay una diferencia entre las películas hechas para un público colombiano y las que no. Y esta no está pensada así: está pensada como una obra de nicho que va a festivales underground, serie b, sci-fi. Ahí, creo, está su público.

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Funciones en Tonalá

Miércoles 11 – 20:45
Domingo 15 – 20:45
Viernes 20 – 20:45
Domingo 22 – 20:45
Viernes 27 – 18:30
Martes 31 – 19:00

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