Fotograma de la película.

Cuando los homenajes fracasan: ¡Que viva la música!

Después de un año de expectativa, la semana pasada se estrenó en Colombia la película del director caleño, inspirada en la novela de Andrés Caicedo. Una crítica.

2015/11/03

Por Redacción Arcadia

Juzgar la adaptación cinematográfica de un libro siempre será un ejercicio de desigualdad. Comparar el lenguaje literario con el del cine es intentar unir dos mecanismos que funcionan con leyes diferentes. Tal vez habría que partir de allí para hablar de ¡Que viva la música! la más reciente película de Carlos Moreno (Perro come perro, Todos tus muertos) y decir que es honesta de entrada con el espectador al aclarar que “está inspirada” en la novela homónima de Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977), pero no es una adaptación de la misma. Si nos atuviéramos a esta idea tendríamos que decir que la película, protagonizada por Paulina Dávila, es apenas eso y nada más: una inspiración. Y que, paradójicamente, es imposible hablar de la versión cinematográfica sin compararla con la novela.

A Rosario, la hermana de Andrés Caicedo, tampoco le gustó la película.

La película comienza con una premisa que es interesante: Cali, el núcleo de la vida de Caicedo y de sus ficciones, se ve desde el aire y se oye un bello fragmento sobre el río que la divide sugiriendo que la historia, más allá de ser solo una inspiración, nos hablará de la ciudad, de una época, del desencanto como manera de ser y de un personaje femenino que es el motor de la historia original de Caicedo. Sin embargo, pasados apenas unos minutos uno entiende que la película es una muy personal lectura, y si se quiere una particular exégesis, de una novela que tiene sus propios problemas –que no serán juzgados aquí— pero que conserva, aún hoy, un espíritu y un lenguaje que la han hecho permanecer en el tiempo.

La película recibió un premio en Brasil. 

En la novela, María del Carmen Huerta es un personaje complejo que cuenta, a manera de monólogo, su iniciación en la noche caleña de la mano de los Rolling Stones, las drogas y el despertar de su sexualidad que es una metáfora de la naturaleza de la ciudad tropical; de sus raíces racistas, coloniales, y de sus profundas divisiones culturales y sociales. En la película, la idea de una mujer burguesa que se aventura a existir por fuera de su zona de confort, parece en cambio una caricatura debido a la falsa interpretación de Dávila, la poca interacción con la ciudad, y la nula complejidad de los demás personajes, todo lo cual resulta en una serie de video clips que son el único recurso que encontró el director para hilar un film que hace agua al valerse de todos los lugares comunes posibles sobre Cali, Caicedo, los años setenta, las drogas, y la rumba misma.

El punto más flaco de Que viva la música es que no es capaz de tejer una sola relación entre sus personajes. El hundimiento en los bajos fondos de María del Carmen es narrado por ella misma con una voz en off inverosímil –porque carece incluso de entonación dramática- que va dando cuenta –a través de fragmentos de la novela- de su “encuentro” con diversos personajes que la “transforman” en una muchacha cándida y superficial. La María del Carmen de la película es de tal languidez y trivialidad que el espectador asiste a una especie de paseo infantil a los bajos mundos donde aparecen personajes que son parte de la utilería de cada uno de los episodios: jamás la interpelan, no hay un solo diálogo que no sea utilitario. La relación, por ejemplo, con otra muchacha de su edad, a quien ella considera su mentora e iniciadora en el mundo de la rumba es tan insustancial, que el amorío lésbico de las dos parece apenas un simulacro. Si a lo anterior se le suma una historia que se abre en decenas de líneas narrativas que jamás concluyen, y que no hay un solo punto de giro, la conclusión es que la película no funciona. En todo caso si la intención fuera fragmentar la novela y convertir sus pasajes más notables en cuadros cinematográficos no parece tampoco encajar del todo un tono que, como ya se dijo, es más el del video musical.

Nada afecta pues a la anti heroína en el inexistente descenso y parece que el universo por descubrir le fuera conocido. Así, el viaje al mundo popular de Cali es apenas una excusa y no la verdadera entraña de la película. Y en ese contexto, claro, está la salsa. Pero ese otro mundo tampoco termina de convencer: lo que supuso ese género como ruptura cultural para la ciudad, en la película es apenas un sonido –nada bestial—que acompaña los sofisticados pasos de la clase popular que baila para la cámara, que no suda, que no parece vivir la rumba sino posar para la foto. Y en medio de la rumba, los negros, que solo sirven de disculpa para señalar su diferencia con respecto a la rubísima protagonista. Y tras los negros, canción tras canción, texto tras texto, más y más videos musicales en los que actúan un deejay que no habla; un indio salvaje que tortura gringos —y que merecería un comentario aparte por la puerilidad de un personaje que se acerca a la violencia de una manera gratuita, ejerciendo una pretendida venganza de cajón en contra del imperialismo--; un papá de postín, y un hermano sobreactuado que quiere ahogarse en una lujosa piscina. Luego, una canción más. Un artificio más: una hora y cuarenta minutos después, cuando termina esta larguísima unión de videos musicales, se entiende que los injustos han sido los guionistas al valerse de los textos de una novela para convertirlos, descuartizados, en fragmentos que parecen insípidas ilustraciones de una novela que no necesitaba que la acompañaran con imágenes.

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