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Días y noches de cine en Cartagena

Presente y pasado de un festival que vivió sus años dorados a comienzos de los ochenta, tuvo un declive en los noventa, comenzó el nuevo siglo con una crisis y ahora promete una renovación.

2010/03/15

Por Luis Ospina

En 1974 asistí por primera vez al Festival de Cartagena en compañía de Andrés Caicedo. Acabábamos de publicar el primer número de nuestra revista Ojo al cine y llevábamos varios ejemplares para repartir entre los asistentes al festival. Nos hospedamos en el Hotel Medellín del centro, un antro con divisiones de tríplex que afortunadamente tenía un balcón para tomar los aires de un porro. Casi todo el hotel estaba ocupado por una manada de marineros coreanos peripatéticos en chancletas que fumaban incesantemente mientras esperaban desde hacía semanas a que un barco de su bandera los repatriara después de que naufragaron en la bahía de Cartagena. Ese año fue memorable porque trabamos amistad con Ofelia Medina (antes de ser Frida) y nos emborrachamos con Katy Jurado, quien venía en representación de la versión integral de Pat Garrett & Billy the Kid del tío Sam Peckinpah. Entrevistamos a Paul Morrissey, director de cabecera de Andy Warhol, que vino a Cartagena para la première mundial de Sangre para Drácula, una singular película de sangre y sexo.

Otra obra maestra que vino ese año fue Fat City, de John Huston, quizá una de las mejores películas sobre boxeo. Como dato curioso, la maravillosa actriz Susan Tyrell viajó con la película a Cartagena, se enamoró de un boxeador negro y se quedó a vivir en la ciudad por un tiempo. Al regresar a Cali, Andrés y yo escribimos al alimón una crónica que publicamos en el segundo número de Ojo al cine bajo el título de ‘XIV Festival de Cine de Cartagena de Indias: un toque de distinción’.

Época dorada

El momento de esplendor del Festival fue en los años ochenta, cuando Víctor Nieto Jr. era el director. Ese fue el corto verano de la anarquía; vinieron Barbet Schroeder, Néstor Almendros, Bulle Ogier, Paul Schrader, Daniel Schmid, Benoit Jacquot, Florinda Bolkan, Dominique Sanda, Bernardo Bertolucci y Rainer Werner Fassbinder. Este último, acompañado de su asistente el actor Harry Baer y el actor Peter Chatel; probaron todas las delicias locales y repartieron, hasta más no poder, perico que sacaban de una enorme bolsa plástica de Almacenes Tía. La mayoría del tiempo RWF se la pasó encerrado en su habitación dictando entre líneas, en una grabadora, los guiones de Cocaína de Pitigrilli y Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin. Sólo salió en dos oportunidades de su encierro: la mañana que se estrenó para la prensa su adaptación de Nabokov Despair y la noche de su despedida en el Club de Pesca. Siempre se expresó en monosílabos sin dejar de fumar un instante y sin quitarse su habitual chaqueta de cuero negra. Cuando murió Fassbinder, en 1982, su productor Dieter Schidor vino con Querelle, la obra póstuma del maestro bávaro, en cuya escenografía se les hace un homenaje a las murallas de la Ciudad Heroica. Dieter se enamoró de la ciudad y de sus alegres muchachos, quienes lo llevaron al Pie de la Popa (conocida en ese entonces como el Pie de la Pepa) para introducirlo en los secretos infernales del basuco y del Busiraco. Dos años después, Dieter regresó a Cartagena para filmar Kalt in Kolumbien [Frío en Colombia], en la que actuaron Ulrike S. Burckhardt Driest, Víctor Nieto Jr. y mi novia de esa época, Karen Lamassonne, quien también hizo la dirección artística. La película se rodó en la Casa de Huéspedes Ilustres de la Presidencia, que sirvió de locación para la mansión de un mafioso, y en la casa colonial de Sam Greene, el descubridor de Andy Warhol y anfitrión de varios huéspedes ilustres que pasaron en algún momento por Cartagena: Greta Garbo, Hiram Keller (actor de Fellini Satiricón), John Lennon y Yoko Ono. El saldo de Kalt in Kolumbien fue trágico. Victor Jr. murió de sida y Dieter se suicidó porque tenía sida. Y el Festival de Cartagena no volvió a ser el mismo. Those were the 80s.

Pero en la memoria todavía guardo otros momentos inolvidables. En 1975, Andrés Caicedo y yo regresamos al Festival de Cartagena y cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos topamos a pleno sol en la playa de Bocagrande con la vampiresa y princesa de las tinieblas Barbara Steele, musa de Mario Bava, Roger Corman y Federico Fellini. Ella, muy simpática, nos peló el colmillo y nos concedió una entrevista que publicamos en el número cinco de Ojo al cine.

Recuerdo que cuando se exhibió Los 120 días de Sodoma y Gomorra de Pasolini, durante la escena en que los comensales gustosamente comen mierda, Carlos Mayolo, quien andaba en una rumba inexpugnable, gritó “¡Público hijueputa!” y fue eyectado del Teatro Cartagena y conducido a una inspección de Policía por escándalo público. Según contó Mayolo, en el calabozo ocurrían peores oprobios que en la película de Pasolini y eso sí que era escándalo público: un grupo de policías borrachos obligaba a una prostituta a hacerles la fellatio a través de las rejas. Nos costó setenta mil pesos sacarlo de ese boudoir sadiano.

Y hay más, en 1981 vino al Festival Bernardo Bertolucci con su Tragedia de un hombre ridículo y expresó su descontento con el montaje final del filme mientras comíamos en el Restaurante Árabe en compañía de Sergio Cabrera y Carlos Mayolo. Bertolucci se dirigió a mí y me dijo: “Tu eres montador, ¿no es cierto?” Yo le dije que sí. “Entonces acompáñame a la cabina de proyección y me ayudas a cortar una escena que no me gusta”. Nos dirigimos al Teatro Cartagena y tuve el honor de remontarle una película a Bernardo Bertolucci.

En otra edición del Festival compartí honores con Cantinflas como parte del jurado. Aunque él era el presidente del honorable jurado nunca asistió a una sola proyección. Nunca abandonó su limusina con aire acondicionado por miedo a que se le deshicieran las costuras de sus cirugías plásticas con ese sol de Cartagena que, en las horas pico, envejece, ennegrece y embrutece. Como diría Cantinflas: “Señores del jurado: ¿nos portamos como caballeros o como lo que somos ?”

También guardo muy buenos recuerdos de las rumbas al estilo de los Hermanos Marx en las habitaciones del Hotel Caribe, pero eso es reserva del sumario y quizá material para un libro escandaloso que se podría llamar Caliwood Babylon.

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