Fotograma de 'El Cristo ciego'.

Dos directores chilenos que ponen el dedo en la llaga en el FICCI

'El Cristo ciego', de Christopher Murray, es un largometraje sobre un cristo contemporáneo de una región abandonada de Chile. Y 'Los niños', de Maite Alberdi, un documental sobre un colegio para adultos con síndrome de Down. Ambas películas tumban prejuicios y plantean preguntas. Hablamos con el director de una, y estuvimos en la presentación de la otra en el Festival Internacional de Cine de Cartagena.

2017/03/04

Por Sara Malagón Llano

El Cristo ciego se proyectó el jueves 2 de marzo en el Teatro Adolfo Mejía dentro del marco del FICCI 2017. Cuando se acabó la función, el director, Christopher Murray, se paró en el escenario para responder algunas preguntas. Un señor le dijo agresivamente que su película era horrible y que había matado el cine chileno. Al salir, otro le dijo que en realidad el ciego no era Cristo, sino él. Los temas religiosos siempre tocan fibras.

Sin embargo, lo interesante de esta película no es solo su personaje principal ni la recontextualización, en el tiempo y en el espacio, de la figura de Cristo. Lo interesante es que con ello Murray muestra un Chile lejano, desértico, abandonado, en el que las personas no tienen más opciones que creer en milagros. La creencia en el milagro señala el abandono.

Hablamos con Murray sobre la proyección, el tema de la fe y su película.

¿Qué opina de la reacción que tuvo el señor del público? ¿Le había pasado ya algo así en otras proyecciones de esta película?

La verdad no, la película ha tenido una recepción muy cálida. Sin embargo, lo más importante de hacer cine es generar algo en la audiencia, por lo tanto la agradezco mucho. Me parece interesante porque lógicamente creo que el tema de la fe y lo religioso es un tema amplio y sensible que se conecta mucho con la manera en que cada cual se relaciona con la figura de Dios. La película se ha mostrado en lugares de distintos credos religiosos, y eso también tiene un efecto en las lecturas de la película. Para eso hace uno cine. Es un diálogo entre algo que alguien produce y un otro que responde. Es iniciar una conversación. De manera que sorpresas como esta son más que bienvenidas.

¿Por qué le interesaba tratar el problema de la fe?

Me parece interesante porque la fe es un acto constitutivo y transversal de la cultura. Creo que es un tema que no le es indiferente a nadie, sea desde una posición de afirmación o de negación. Y por lo general, siento yo, está muy relacionado con las condiciones de vida, de existencia. Examinar el tema de la fe es una gran forma de entender los vacíos y cómo se construye sentido, sobre todo en lugares a los que, como sociedad, les hemos dado menos sentido del que ya tiene la existencia.

Cuando vi la película sentí que con la actualización y re contextualización de la historia de Cristo se acentúa el hecho de que el milagro es la única esperanza de aquellos que no tienen nada.

Sí. La idea del milagro en cierto sentido es el acto de creer en un cambio radical de una realidad que no puede cambiar. Esa esperanza es algo profundamente humano. Aspirar el cambio, desearlo. La figura del milagro corresponde a eso en la película: a la esperanza de que cambie una realidad que parece estar estancada en ese desierto. La película deja abierto el tema de si uno debe o no creer que los milagros ocurren. Me gusta pensar que me hago cargo de eso, porque no importa. No me interesa lo que es real y lo que no es real, sino de qué manera cada cual va construyendo sobre eso. Ese acto creativo de construcción de fe o de una espiritualidad me parece liberador, casi político. Es como ser capaz de construir algo desde uno mismo. Pero claro, donde no hay Estado está Dios. No sé si me atrevería a afirmar que siempre en espacios de carencia se profundiza la creencia. Pero es una hipótesis válida. En este contexto en particular, por ejemplo, efectivamente me di cuenta de que el cómo las personas narran lo que creen está íntimamente ligado a su experiencia. No son dos cosas separadas, no es que la vida esté de un lado y la fe esté del otro. Son parte de un mismo movimiento que se va cruzando y retroalimentando.

Cuéntenos un poco sobre el lugar donde se desarrolla la historia.

Es una zona desértica al norte de Chile con una potencia religiosa muy potente y con muchas creencias de pueblos indígenas, como el aimara. Hay mucho sincretismo. Y cuando uno va allá, el magnetismo se siente. Sin embargo, es una zona desatendida de Chile. La película se centra en lo que yo llamo “el patio trasero del desarrollo chileno”. Muchos de los actores naturales eran mineros, y por alguna razón dejaron de trabajar en la minería de manera sorpresiva y cayeron en una depresión. También es un lugar de tráfico, porque está en la frontera entre Bolivia y Perú. Por lo tanto el consumo de pasta base, un residuo de la cocaína, también es súper fuerte. Allí se han sumado cosas que tienen que ver con una vida bastante desarraigada, de muy baja calidad. La ironía es que es un lugar de mucha riqueza. Creo que eso es parte del sinsentido, y que la fe cumple allí el rol de llenar ese sinsentido.

¿Y cómo fue el aterrizaje en la zona? ¿Cómo fue proponerles a estas personas que participaran en la película?

Suena extraño, pero fue fluido. Me di cuenta de que a las personas les encanta contarse. No hay muchos momentos en que te dicen que quieren escuchar lo que tienes por decir, porque es importante para alguien más. La película no solo hizo eso con los actores naturales. También los invitó a ser parte de un proceso creativo. Les dio la oportunidad de pertenecer a un proyecto, de sumarse a una iniciativa colectiva, de poner su talento. Fueron cómplices y creadores.

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Maite Alberdi tiene una tía con síndrome de Down. Esa tía asiste a un colegio para adultos como ella, y allí ocurre esta historia. Los niños sigue la vida cotidiana de un grupo de amigos que lleva 40 años asistiendo a esa misma institución.

Acaba de empezar la película y a los personajes no se les entiende lo que dicen. Se siente una distancia inmensa entre ellos y nosotros. Pienso que nunca he sido cercana a nadie con esa condición. Que no la conozco en lo absoluto. Que va a ser una película angustiante y difícil.

De repente todos en la audiencia nos empezamos a reír de lo que estos personajes hacen, porque son graciosos, y empezamos a sentir ternura por ellos. Me pregunto si está bien reírse y enternecerse, o si al hacerlo los infantilizamos.

En inglés Los niños se titula The Grown-Ups (Los grandes). Ese cambio de título es acertado. Va pasando la película y los ignorantes, como yo, vamos dándonos cuenta de que ellos no son como los niños. Se enamoran, desean sexualmente a otros, ganan dinero –aunque no mucho–, quieren trabajar, independizarse y valerse por sí mismos. Sin embargo, ese mundo que antes muchos habíamos mirado de reojo, y que con este documental se abre, no es tampoco el de los adultos.

La cámara nunca enfoca a las personas que no tienen síndrome de Down. Alberdi quiso darles a los alumnos del colegio todo el protagonismo. “Esta comunidad es un mundo autónomo. Y ellos viven tan segregados del resto que yo lo que quería era segregar lo otro. Quería que ese mundo externo no existiera, quería mostrarlos a ellos y quería que nosotros, después de un tiempo, nos olvidáramos que tenían síndrome de Down, y que nos acostumbráramos a sus caras”, contó Alberdi en la presentación del documental en el FICCI.

Antes de que empezara el rodaje, ella y su equipo estuvieron durante seis meses en el colegio, sin grabar, para decidir técnicamente cómo trabajar en ese espacio y para que los protagonistas se acostumbraran al equipo. El objetivo era identificar cuatro o cinco personajes y captarlos tal como son, con la mayor naturalidad posible. Alberdi confía en que la realidad es cíclica, en que la vida no cambia mucho. Y de ese principio partió para escribir el guion. “Lo que hice fue investigar mucho a los personajes y hacer una curva de proyección: qué tipo de cosas hace cada uno, qué tipo de cosas van a pasar y qué de eso me interesa. Estaba muy confiada en que, si la cámara esperaba, las cosas que yo vi antes iban a volver a pasar. Por ejemplo, vi a uno de los personajes robarse un chocolate mientras hacían postres en el colegio. Yo sabía que eso iba a volver a pasar. Solo había que estar ahí en el momento preciso”. El equipo filmó tres o cuatro veces por semana durante un año.

Fue una película difícil de hacer porque se requerían autorizaciones del colegio, de las familias y de los alumnos para hacer cualquier cosa. Pero lo más difícil, dijo Alberdi, fue darse cuenta como directora de que el guion era más esperanzador que el resultado final. “Yo tenía una visión muy ingenua y muy optimista de lo que les podía pasar. El año en que empezamos a filmar llegó una psicóloga del colegio que tenía un plan de adultez consciente que están tratando de implementar en algunas instituciones. Consiste en posicionarlos a ellos como adultos para que sepan las responsabilidades y libertades que tienen y para que traten de cumplir sus deseos. Lo difícil fue ver que ese plan estaba totalmente desconectado de sus familias. En realidad ninguno de los padres está de acuerdo con que se implemente. Entonces, de alguna manera, mi pregunta es si vale la pena hacer esos planes. Ahora ellos están mucho más tristes –Anita, una de las protagonistas, entró en una depresión fuerte–, y mucho más conscientes de que ellos podrían hacer muchas cosas pero no los dejan. La pregunta es qué es mejor: saber o no saber. Saber que puedes hacer algo pero que no te van a dejar, o vivir en la ingenuidad. Tal vez es mejor saber, pero es doloroso”.

La genialidad de la película está en mostrar la contradicción entre las motivaciones, las capacidades y las ganas de estas personas de valerse por sí mismos, y sus verdaderas posibilidades. Cuando ellos quieren salir al mundo y ser como cualquier persona, el sistema siempre los expulsa de vuelta. “Su vida es como un loop y va a ser siempre igual. Mi mayor preocupación es que ellos siguen en el colegio y van a estar allí, no sé hasta cuando. No tienen alternativas. En realidad no tienen opción de salida”.

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