El director de cine de culto Gregg Araki.

El adolescente que maduró

Gregg Araki emergió del culto underground en 1992 con su película The Living End, sobre dos amantes homosexuales seropositivos. Invitado dos veces a participar en la selección oficial de Cannes, su reputación no hace más que crecer. Kaboom es su más reciente película.

2011/06/23

Por Manuel Kalmanovitz G.

La realidad en las películas de Gregg Araki no es cosa estable. Es más bien sinuosa y sorpresiva, condimentada con breves y rotundas explosiones de vez en cuando.

 

Así sucede en Kaboom, su más reciente película, donde unos muchachos aparentemente normales resultan ser muy diferentes de lo que parecían, donde amantes terminan siendo hermanos, donde una mano incorpórea presiona un botón que acaba con el mundo. Esa explosión, desligada del resto de la película, resulta ser la versión de Araki de un “final feliz”. En sus películas, hasta los finales felices tienen una lógica distinta.

 

El primer éxito de Araki fue The Living End, en 1992, con la que lo invitaron al New Films/New Directors, una muestra prestigiosa que organiza anualmente el Lincoln Center de Nueva York. No era su primera película (había hecho dos a finales de los ochenta con un presupuesto de casi nada), pero esta le abrió las puertas. Contaba la historia de dos hombres infectados por el VIH, un prostituto apático y un crítico de cine rabioso que, en medio de su desconcierto, se rebelan contra el mundo. Y es una liberación al mismo tiempo rabiosa y gozosa.

 

Era el producto de un joven cinéfilo, graduado en cine de USC y admirador tanto de las comedias clásicas de Hollywood?(Bringing Up Baby de 1939 de Howard Hawks y The Lady Eve de 1941 de Preston Sturges son sus películas favoritas) como de las trasgresiones formales de la nueva ola francesa, en particular de Jean-Luc Godard, el más trasgresor de esa camada.

 

Sus películas son una colisión inesperada de esas dos tendencias: la irreverencia, tomada de las reflexiones formales de Godard, y la picardía, proveniente del humor y la ligereza de las comedias clásicas de Hollywood.

 

Aunque, claro, esta es una edición dedicada a temas gays y varias de las suyas entran también en esa categoría.

 

De hecho, The Living End fue parte importante del llamado New Queer Cinema, una expresión que la teórica B. Ruby Rich acuñó en la revista Sight and Sound de septiembre de 1992. Bajo ese nombre, Rich reunía películas estrenadas ese año y que usaban la apropiación y el pastiche, con un tono irónico para conseguir resultados “irreverentes, energéticos, alternando entre el minimalismo y el exceso”.

 

Eran también películas que se alejaban de las imágenes conciliadoras de los homosexuales. En el New Queer Cinema el homosexualismo era un reto explícito al statu quo; el reconocimiento no se pedía, se exigía.

 

La siguiente película de Araki, Totally Fucked up, siguió ese camino rabioso que Ruby Rich diagnosticó. Fue la primera parte de lo que él llamó La trilogía del apocalipsis adolescente compuesta también por The Doom Generation y Nowhere, aunque en estas dos últimas la orientación sexual de los protagonistas era menos importante.

 

Y acá entra un pero a la presencia de Araki en este número: verlo como un cineasta especialista en temas homosexuales es injusto. Sus películas lidian más a menudo con los problemas que acarrea tener una personalidad que no cabe en moldes preestablecidos. Son solitarios y solitarias necesitados de afecto, confundidos por su entorno excesivamente plano y genérico (las películas suceden en Los Angeles, pero en sitios neutros: parqueaderos, bodegas, centros comerciales). De hecho, en las entrevistas dice estar más interesado en la “poliamoría” que en cualquier modelo restringido, sea heterosexual u homosexual.

 

“Mis primeras películas son sobre la idea de que la sexualidad es algo más allá de categorías y rótulos, es algo flexible, no es blanco o negro”, dijo en una entrevista reciente con The A. V. Club.

 

Ese carácter fluido de la sexualidad y el afecto es el hilo central de su película más exitosa hasta ahora, Mysterious Skin, basada en una novela de Scott Heim y realizada en el 2004. Es la historia de dos muchachos, uno un prostituto cínico y el otro un chico extrañamente asexual que cree haber sido secuestrado por alienígenas de niño. Tienen en común no una atracción sexual, sino una terrible experiencia compartida en la infancia que los afectó de maneras muy distintas. Lo que los une no es el amor ni la atracción, es la compasión.

 

El problema de estos directores que hacen películas de adolescentes y problemas básicos de identidad es que eventualmente tienen que crecer.

 

Es imposible ser adolescente hasta la tumba. Mysterious Skin fue el intento de Araki de ser maduro. Y lo logró a su manera.

 

La trama de la película no zigzaguea caprichosamente, como en las precedentes. No termina con algo que nada tiene que ver con lo sucedido anteriormente. Los personajes son complejos y se utilizan las pirotecnias (que siguen estando ahí) en función de la trama y no gratuitamente. El resultado es controlado y muy conmovedor.

 

Pero el tono sobrio no duró. Luego vino Smiley Face, una comedia adolescente sobre una muchacha marihuanera y todos los desastres por los que pasa tratando de pagarle a su proveedor. Y este año Kaboom, de un chico en la universidad enamorado de su compañero de cuarto que se acuesta con chicas y chicos y que debe averiguar la identidad de su misterioso padre. El tono de nuevo es anárquico, aunque ya no rabioso ni desesperado.

 

Quizás fue así como maduró. No con temas mejor armados y con más unidad, sino siguiendo su idea inicial de que la fragmentación es una característica básica de nuestro mundo. Lo que cambió con su madurez fue la manera de asumir esta fragmentación; antes era con rabia y rebeldía, ahora es con algo parecido al gozo. Un gozo raro a veces que puede encarnarse en un dedo incorpóreo que hace detonar el planeta.

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