Este año se celebran 50 años de la película El apartamento de Billy Wilder.

El apartamento de Billy Wilder

Hace 50 años, con solo dos días de diferencia, se estrenaron dos películas en Nueva York. La una, El apartamento, sería la cima del talento de Billy Wilder y la culminación de una época dorada del cine. La otra abriría la puerta a una nueva manera de hacer cine. Psicosis, de Alfred Hitchcock, nos enseñó a todos a gritar. Y todavía estamos gritando.

2010/06/29

Por Ricardo Silva Romero

Hace 50 años, en una luminosa calle de la ciudad de Los Ángeles, una señora atacó a carterazos al actor Fred MacMurray por haber interpretado al peor villano de todos en “una película sucia” titulada El apartamento. La producción en cuestión, una comedia romántica enrevesada que la actriz Marilyn Monroe acababa de describir como “una maravillosa radiografía del mundo corporativo”, había sido estrenada el viernes 17 de junio de 1960 ante una avalancha de reseñas positivas. Y se convertiría, década a década, en una obra inevitable: el lunes 17 de abril de 1961 ganaría seis premios Óscar; el martes 15 de noviembre de 1994 sería seleccionada por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos para ser preservada “por su significado cultural, histórico y estético”; y en 2002 llegaría al lugar número 12 de la prestigiosa lista de la revista Sight and Sound entre las producciones más importantes del cine. La señora, sin embargo, quería pegarle a alguien que hubiera participado en esa “porquería”. Y qué mejor que al malo del relato.

El autor de “semejante inmundicia”, un director austríaco de origen judío llamado Billy ?Wilder, que como guionista del cineasta Ernst Lubitsch había aprendido a “reírse de los demás sin que los demás se dieran cuenta”, y que había recibido el título de “maestro del cine” por cuenta de genialidades como Una Eva y dos Adanes, El gran carnaval, Sunset Boulevard, Días sin huella y Double Indemnity (Alfred Hitchcock le envió entonces el siguiente telegrama: “Desde Double Indemnity las dos palabras más importantes del cine son Billy Wilder”), ya estaba más que acostumbrado a que el público norteamericano se escandalizara por culpa de sus sátiras: no imaginaba que El apartamento, su película número 17, sería considerada su última gran obra y el final de una era de elegantes comedias norteamericanas –escritas, por lo general, por dramaturgos judíos– que se reían entre dientes de una sociedad hipócrita que obligaba a sus individuos a convertirse en monstruos capaces de lo que fuera.

Para realizar El apartamento, Wilder siguió paso por paso su táctica de siempre: “Si vas a decirles a los espectadores la verdad –solía decir–, sé chistoso o te asesinarán”. Así que escribió un guión cargado de personajes en el borde de la deshumanización, de frases de doble sentido que se les escapaban a los censores y de situaciones de esas que sacan lo peor de cualquiera. Y, como lo puso en escena como si se tratara de una inocente fábula ejemplar, al final consiguió estrenar una película subversiva que se les salía de las manos a los guardianes de la moral. Era 1960. Pronto sería posible hablar de sexo sin eufemismos. Pero Wilder, el genio que convirtió en toda una provocación aquella comedia de costumbres practicada por cineastas como Lubitsch, Sturges, Cukor, Hawks o Capra desde comienzo de los treinta hasta finales de los cincuenta, no sospechaba que El apartamento cerraría el paréntesis de la época dorada de la farsa norteamericana.

Tuvo un presupuesto de tres millones de dólares. Su filmación, que en gran parte se llevó a cabo en un lote de la United Artists en Hollywood, comenzó en noviembre de 1959. Y sus tres actores protagonistas fueron fundamentales a la hora de redondear la historia. C. C. Baxter, el empleado gris que asciende en la compañía de seguros en la que trabaja prestándoles su apartamento a sus superiores, se salva de ser despreciable por cuenta de la magistral interpretación de Jack Lemmon. La señorita Kubelik, la ascensorista digna que no tiene ojos para Baxter porque padece un romance sin salida con el peor de todos los hombres casados, merece una vida mejor gracias a la bondad con la que la encarna Shirley MacLaine. Y el malvado Sheldrake, un jefe narciso e inescrupuloso que se ha perdido para siempre en la lógica del poder, no tendría esos ojos cobardes si no contara con la mirada precisa de Fred MacMurray.

Pero El apartamento merece su gloria porque lleva 50 años diciéndonos, de frente, cuál es nuestro problema. Logra que una comedia romántica sea una obra de suspenso, que una sátira cínica se transforme en drama esperanzado justo a tiempo. Consigue filmar, a punta de trucos teatrales, la cosificación del oficinista que Kafka noveló. Denuncia la Navidad en blanco y negro a la que nos condena “la tiranía de las corporaciones”. Se vale de brillantes ideas visuales, de esas que poco se le suelen reconocer a Wilder (el plano general del principio, el espejo roto con el que se acaba el primer acto, los espaguetis colados en una raqueta de tenis), para mostrarnos un mundo en el que todos estamos demasiado lejos de todos. Cada escena es una suma de frases memorables: desde la desconcertante “Why do people have to be in love with people anyway” hasta la contundente “Shut up and deal”. Pero lo que en verdad nos deja mudos es que siga siendo una película tan sucia como el mundo: tan dura pero tan chistosa como el mundo.

Ese es el centro del asunto: la gracia de El apartamento es que, aunque, como dice Homero Alsina, “termina un importante capítulo de la comedia según Hollywood”, jamás dejará de ser un relato escandaloso que se ríe de la moral en la que nos movemos. Lo dice el crítico Roger Ebert: “Las más grandes películas de Wilder no envejecen sino que nos miran directamente a los ojos: Una Eva y dos Adanes sigue siendo chistosa, Sunset Boulevard sigue siendo un retrato maestro y El apartamento sigue siendo más dura y punzante de lo permitido”. Si Fred MacMurray siguiera vivo, de paseo por las calles falsas de Los Ángeles, alguna señora de ahora lo agarraría a sombrillazos por villano.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.