Fotograma de Pura Sangre de Luis Ospina, película emblemática del cine de terror hecho en Colombia. Archivo de Proimágenes.

El terror made in Colombia

¿El cine de terror hecho en Colombia debería tomar más elementos de la realidad del país y menos fórmulas importadas de otras cinematografías?

2015/10/31

Por Laura Martínez Duque

Los géneros cinematográficos describen características formales y narrativas. Un cierto tipo de historia con rasgos definidos o esperables que responden a un nombre genérico: acción, terror, comedia, romance, drama…para facilitar su clasificación y posterior elección del espectador. Pero el cine evoluciona cuando se resiste a ser contenido y estandarizado. Los realizadores mezclan elementos de varios géneros, o incluso, toman el género para subvertirlo. Los resultados son híbridos, mestizos. Es el cine moderno.

El terror es un género que ha dado a luz varios derivados y subgéneros: thriller, suspenso, gore, slasher, giallo italiano. Se puede hablar por separado de películas de zombies, monstruos y vampiros. Pueden reunirse una gran cantidad de títulos que abordan lo paranormal, lo demoníaco, los lugares encantados. El terror a veces se inscribe dentro de lo fantástico.

Esta proliferación de estéticas demuestran que el género de terror se ha reinventado constantemente. De cómo los realizadores consideraban que ciertas fórmulas estaban agotadas y proponían otras. Pero también hace más difícil hablar del cine de terror en términos absolutos y cerrados.

Todavía más difícil supone trazar una línea del cine de terror hecho en Colombia. Sin duda hay varios títulos que son mencionados, alabados y conocidos por muchos. Pero al consultar a varios críticos, coinciden en nombrar las mismas películas como referentes de la producción nacional: Pura Sangre de Luis Ospina, El Páramo de Jaime Osorio y la extensa filmografía de Jairo Pinilla.

Sin embargo, Rodrigo Duarte, director de ZinemaZombie Fest, tiene en su festival internacional de cine fantástico y de terror, una sección llamada Colombia, psicotrónica, ingenua y salvaje, con películas de género colombianas. Duarte afirma que ésta es la programación más difícil de hacer pues se trata de una producción muy reducida. Sin embargo, en su próxima edición, el festival presenta una retrospectiva con diez títulos.

Duarte conoce como pocos la producción del género local, regional y mundial. Se mueve sin dificultad ni prejuicio entre títulos mainstream, películas de culto, lo nuevo, lo viejo y lo feo. Al preguntarle por la situación del género de terror en Colombia, explica “el cine de terror que se ha hecho recientemente comenzó a importar elementos del género que ya están mandados a recoger. Y aunque este tipo de cine tiene unas características instauradas, creo que falta investigación o más imaginación para innovar en las narrativas dentro de la producción nacional”.

Si bien se sabe que hacer reír y generar miedo son las cosas más difíciles de hacer en el cine, el género de terror no necesita estar ligado a grandes despliegues de producción o a la grandilocuencia visual. Se trata de construir atmosferas, y eso es lo que escasea.” concluye Duarte.

Manuel Kalmanovitz, crítico de cine de la revista Semana, da su opinión sobre la producción de cine de terror nacional: “Me extraña un poco que en un país donde uno lee historias tan terribles todos los días, -de tipos que se chiflan y matan a sus parejas e hijos, de masacres y desplazamientos-, no hayamos usado los elementos del cine de terror para entender mejor nuestra realidad. En general, este género no tiene un peso muy grande en el cine colombiano, quizás por lo pequeño del mercado local -a diferencia de Brasil donde surgió un director como José Mojica Marins- o porque vivimos en una realidad tan pesadillesca y absurda que no hemos podido digerirla a través del cine”.

Sublimar una realidad de violencia y barbarie fue lo que hizo Luis Ospina en Pura Sangre. La película de 1982 en la que Ospina desplaza la figura del vampiro hasta los ingenios azucareros de Cali. Un viejo magnate padece una extraña enfermedad y necesita transfusiones de sangre para sobrevivir. Tres de sus trabajadores se ven obligados a buscar y asesinar muchachos y niños para evitar que el hombre muera.

“Fue la forma de subvertir el género y hacerlo moderno, pero también fue la metáfora para hablar del país: su explotación económica, su violencia intestina, la dictadura de Rojas Pinilla y los excesos del Estado. Era el horror heredado de las últimas décadas, de los años cincuenta y sesenta que nos había tocado vivir”, afirma el cineasta caleño.

Sin embargo, esta película serie B de vampiros, como la define su director, fue valorada solo con el paso del tiempo. En su momento, las escenas que sugerían la homosexualidad de uno de los personajes y el asesinato de menores generó un malestar que terminó por pasarle factura en la crítica y la taquilla.

Rodrigo Duarte también habla de la relación del espectador colombiano frente al género. “Las películas colombianas que se inscriben dentro del género presentan a menudo carencias desde lo técnico pero también desde lo narrativo. Además hay que analizar al espectador colombiano, cuya retina está demasiado amoldada a una estética determinada y en su gran mayoría extranjera. Entonces cuando ve algo diferente cree que es “malo””.

Es posible pensar que, quizás en algún momento, la necesidad de darle al espectador local algo más parecido a lo que veía en otras películas extranjeras de grandes producciones fue de alguna manera anulando la construcción de una identidad cinematográfica. Pues son varios los entrevistados los que coinciden en señalar que el cine de terror en Colombia no ha sabido construir una estética con elementos propios.

Denuncian una excesiva influencia de estéticas cinematográficas foráneas. Jaime Osorio, director de El Páramo, dice al respecto: “Considero que el terror de Hollywood está muy desgastado porque no hace más que repetir fórmulas, pero lo más triste es cuando las películas de terror colombianas no sólo repiten esas mismas fórmulas sino que además intentan imitar la manera en la que están filmadas. Tenemos suficientes demonios como para copiar a los gringos o japoneses, y el trabajo de los directores debería ser encontrar formas de filmar que sean consecuentes con nuestra cultura”.

El Páramo, al igual que Pura Sangre, encuentra en el género del terror los elementos justos para abordar la realidad colombiana. El conflicto armado es el escenario donde se desarrolla una película sobre el horror de la guerra. "Creo que en Colombia al contrario de muchos otros lugares, nuestros miedos están muy bien fundados y no necesitamos de seres sobrenaturales que les den una forma. La guerra y la violencia que se desprende de ella son suficientes para alimentar la mayoría de nuestras pesadillas y deberían ser suficientes para alimentar una gran cantidad de películas y libros de terror. Lo extraño es que eso no haya pasado". Concluye el director.

Ricardo Silva Romero, crítico de cine, también toca este punto sobre el conflicto en el cine colombiano. “Creo que se ha usado la realidad colombiana, que es superior al horror, dentro del género: Satanás se vale de la matanza de Pozzeto, y El Páramo de la guerra, del conflicto, pero ha habido poco cine de terror justamente porque los temores de esta sociedad son de carne y hueso, y los psicópatas no trabajan solos, sino en tropa. El cine del conflicto y la desolación hacen ver infantil e inútil al cine de miedo, y pocos buscan eso: un cine de terror que suceda en Colombia, que les suceda a personajes colombianos.”

¿El cine de terror en Colombia debería exorcizar más los propios demonios o ha sido tal el horror de la guerra que el género prefiere mirar hacia otro lado?

La historia del cine demuestra que las grandes escuelas del cine francés, italiano, alemán y soviético, se erigieron como tal cuando la guerra atravesó sus países y comenzaron a pensar cómo narrar lo inenarrable.

La lección de Pinilla

Jairo Pinilla, el director caleño que en los años 70 comenzó a filmar con pocos recursos económicos y abundante recursividad películas como Funeral Siniestro y 27 horas con la muerte, que fueron verdaderos éxitos de taquilla. Jairo cree que los directores de cine de terror comenzaron a centrarse cada vez más en la parte técnica y menos en el guión. Olvidándose de construir el suspenso psicológico que finalmente es lo que captura al espectador. “Lo que veo en el cine de ahora es que se olvidaron del realismo. De construir algo tan real que el espectador sienta que está sucediendo. El despliegue técnico ha hecho que los efectos sean más importantes que una buena actuación, una buena historia”.

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