La directora Lois Weber, una de las pioneras del cine.

El director es ella

La historia de las películas está protagonizada por actrices que han alcanzado el estatus de iconos. Pero detrás de las cámaras, como guionistas o directoras, un grupo de mujeres fundaron el cine, lo mantuvieron vivo y más adelante lo salvaron de quedarse dormido. Acá están cuatro de ellas.

2010/10/13

Por Ricardo Silva Romero

Ser director de cine es, de por sí, una guerra que nunca termina: es todo un milagro, por ejemplo, filmar un largometraje que no pise los callos de los inversionistas. Ser directora de cine es lo mismo, pero peor: porque hasta hoy, aun cuando hubo cineastas mujeres desde el principio de los tiempos, aun cuando la discriminación no fue nunca una política conciente de la industria del cine, y se suele reconocer, entre muchas cosas más, que la francesa Alice Guy hizo en 1896 la segunda película de ficción, no ha sido nada común ver a una mujer sentada en la silla plegable que sabemos: suele pensarse que su lugar está frente a la cámara. Si es verdad que en un mundo católico “todo escritor es judío porque experimenta un exilio”, como decía el poeta Edmond Jabès, entonces en un mundo de hombres todo artista es mujer pues está obligado a vivir sin despertar a la bestia del poder. Si el artista en verdad es mujer, es todavía más difícil. Y si se trata de una mujer en el mundo de las películas, peor.

 

Puede decirse que, sin embargo, la historia del cine está llena de pioneras: de exploradoras del nuevo arte y de creadoras dispuestas a abrirles campo a las mujeres en una industria copada por los hombres.

 

En los tiempos del cine mudo, que coincidieron con la pequeña revolución de las vanguardias y en los que nadie era discriminado porque aún no se sabía bien hacia dónde iba el recién descubierto séptimo arte, era común encontrar guionistas llenas de trabajo, productoras temidas y directoras respetadas. Años más tarde, en los días paranoicos del código Hays, que llenó al cine norteamericano de tabúes, aparecieron cineastas ingeniosas que lograron decirlo todo sin que nadie pudiera acusarlas de nada. Del movimiento feminista de los años sesenta vinieron realizadoras experimentales (la mejor de todas, Barbara Loden, murió tras filmar su primera obra: Wanda) dispuestas a protestar contra lo que llamaban “un cine dominante” que se veía tanto en Hollywood como en las corrientes de autor en la línea de la llamada “nueva ola francesa”.

 

La historia del cine está protagonizada por pioneras. La italiana Elvira Notari creó en las calles de Nápoles, desde 1911, cientos de películas que se consideran precursoras del neorrealismo. La editora rusa Esfir Ilyichna Shub fue la primera en dirigir documentales sonoros e inventó lo que se conoce como “filmes de compilación”. La escritora californiana Frances Marion, argumentista de la productora de Lois Weber y directora de algunas de las más conocidas películas de Mary Pickford, se convirtió en 1930 en la primera mujer que ganó el Óscar al mejor guión. La documentalista alemana Leni Riefenstahl, que se pasó la vida explicando su pasado nazi, transformó el cine de propaganda con la escalofriante El triunfo del espíritu.

 

Es cierto que los divulgadores, por cinéfilos y por hombres, han estado mucho más interesados en las leyendas de las actrices icónicas que han aparecido en la pantalla que en las figuras de estas pioneras que descubrieron las posibilidades del lenguaje cinematográfico. Es verdad, también, que pocos directores alcanzan el estatus de estrellas. Y que las directoras, por pocas y por mujeres, al final han tenido que ser rescatadas por algunas estudiosas con vocación de arqueólogas: aun cuando la realidad sea que en algunos libros de cine se encuentran brevemente reseñadas las filmografías de cineastas tan valientes como Maya Deren, Germaine Dulac, Shirley Clarke, Agnes Varda, Kinuyo Tanaka, Julie Dash y Birgit Hein, son las investigadoras universitarias de estos últimos años, que hablan de “cine femenino” como hablan de “literatura femenina”, quienes podrían adjudicarse el logro de haber salvado de la extinción las obras de tantas pioneras del cine.

 

Los siguientes retratos, posibles gracias a esos trabajos académicos, prueban que “pioneras” es la palabra correcta.

 

Alice Guy (1873-1968)

 

Nació en París. Aprendió a despedirse desde que tenía cinco años. Se fue a vivir a Chile después de haber vivido en Suiza, al lado de su abuela, toda su primera infancia, pero regresó a Francia justo a tiempo para no perderse la llegada del cine. Trabajó como secretaria en el estudio fotográfico de Léon Gaumont hasta que la empresa se quebró en 1894. Se describía como “una mujer sin tantas ataduras” que había caído en un encantamiento desde que tuvo enfrente el milagro de las imágenes en movimiento. Cuando Gaumont tomó la decisión, a comienzos de 1896, de abrir su propio estudio cinematográfico, Guy se fue con él sin imaginar que se convertiría pronto en la realizadora de la segunda película narrativa de la historia (la primera la hizo Georges Méliès dos meses antes) que se les entregaría a los espectadores. El título era El hada de las coles. Era la primera vez que un film duraba todo un minuto.

 

Guy se pasó el resto de la vida descubriendo nuevos continentes. De 1896 hasta 1906, convertida en la primera persona que se dedicó a desarrollar las reglas de las ficciones cinematográficas, escribió, produjo, dirigió, editó o supervisó más de 700 filmes. Consciente de que “ya se había cumplido un ciclo”, viajó a Estados Unidos con su esposo, Herbert Blaché, a trabajar en la sede norteamericana de Gaumont. Ahí pasó un par de años. Y más tarde creó en la Nueva York de 1907, antes de que Hollywood fuera fundado, un gigantesco estudio que ella misma administró (no sólo fue la primera, sino que ha sido la única mujer que ha gobernado su propio estudio) durante toda una década. Se llamó The Solax Company. Y fue perdiendo terreno cuando se hizo evidente que era mucho más fácil, por el clima y por los costos, filmar en los desiertos de California.

 

Guy regresó a París en 1922, tras separarse de su marido, a vivir la extraña vida de una pionera olvidada. Su labor ha sido reivindicada, no obstante, por la Legión de Honor que concede el gobierno francés, un documental canadiense de 1995 que cuenta sus hazañas y una estupenda biografía redactada por la documentalista Alison McMahan.

 

Lois Weber (1881-1939)

 

Cuando conoció a Alice Guy, en 1908, Lois Weber ya había sido una pianista exitosa que huyó de su casa en Pensilvania para convertirse en una cantante neoyorquina, en una predicadora de esquina que se ganaba unas monedas entonando himnos religiosos y en una actriz de reparto de la compañía Gaumont. Desde que la vio actuar en una película de su marido, Herbert Blaché, Guy reconoció en Weber un talento como pocos. Fue la primera en darse cuenta de que aquella actriz frágil se convertiría pronto en la cineasta más valiente de los primeros años del cine: sorprendió, sin embargo, que sus trabajos controvertidos fueran al mismo tiempo grandes éxitos de taquilla.

 

Weber dirigió su ópera prima en 1911. Y fue la primera mujer que se lanzó a filmar un largometraje: una versión de 1914 de El mercader de Venecia. Pero en 1916 se trasformó en una importante figura de aquella época cuando comenzó a realizar ficciones que exploraban temas que no solían discutirse en la sociedad: Where Are My Children? ponía a un prestigioso fiscal a descubrir que incluso su propia esposa había utilizado los servicios del médico abortista que él se había prometido condenar; The People vs. John Doe seguía, entre muchos otros, el drama de un inocente condenado a la pena de muerte; y Hop, the Devil’s Brew, promocionada como “un drama sobre el tráfico de opio” en los diarios de la época, se atrevía a contar lo que sucede con las peores adicciones.

 

Varios logros más hacen digna a Weber del título de pionera: fue la directora mejor pagada de Universal en 1917, tuvo como asistente a un muchacho llamado John Ford y fue la única mujer que recibió una membresía en la asociación de cineastas de esos años. Y sin embargo, igual que Guy, una serie de malos matrimonios la condujeron a la bancarrota. Y pronto se vio obligada a enfrentar la misma pobreza que enfrentó cuando solo era una pianista que quería volverse una cantante en Nueva York. Una estrella en Hollywood Boulevard pretende que su legado no se pierda.

 

Dorothy Arzner (1897-1979)

 

Durante muchos años, los años, de hecho, en los que el llamado “séptimo arte” terminó de convertirse en otro negocio confiado a los hombres, Dorothy Arzner fue la única mujer que consiguió trabajar en la industria. Y sin duda logró colar sus propios temas en sus narraciones, desde el amor entre mujeres hasta la independencia de su género, sin que los censores de los estudios se dieran cuenta. El día en que por primera vez puso un pie en un lote de filmación, tomó la decisión de dedicarle su vida al cine. Entró a trabajar a Paramount Pictures, en 1922, como guionista de planta. Pero su empeño, aprendido en sus terribles años de paramédica en la primera guerra, pronto la llevó a dominar el oficio del montajista. En 1927, cansada de los elogios y las palmadas en la espalda, se negó a ser reducida al lugar de asistente de director. Y el estudio le dio su primer trabajo de directora para que no se fuera a trabajar en la competencia.

 

Arzner, que a menudo enfrentó terribles agresiones por cuenta de su homosexualidad y su obsesión por vestirse de corbata, estuvo enamorada de Joan Crawford, dirigió la primera película hablada de Clara Bow, se inventó el primer micrófono colgante para darles movilidad en el set a sus intérpretes, fue recibida en el sindicato de directores antes que todas las demás realizadoras, capoteó la censura del código Hays en nombre de todas las cineastas que no lograron entrar a esa cerrada industria que comenzaba a cederle terreno a los moralismos y descubrió en sus largometrajes a actrices como Lucille Ball, Katharine Hepburn y Rosalind Russell.

 

Un mal amor la alejó de la dirección a mediados de los años cuarenta. Pero encontró en los pasillos de la academia, en UCLA, un trabajo casi tan satisfactorio como el de directora: fue una reconocida profesora en la escuela de cine hasta el día de 1979 en que murió. Tiene, como Weber, una estrella en el Hollywood Boulevard que le sirve como una tumba que reclama su lugar en la historia.

 

Ida Lupino (1918-1995)

 

Dice Martin Scorsese: “Ida Lupino empleaba a menudo imágenes del cine negro para sus propios objetivos, muy específicos. En sus películas, eran las mujeres jóvenes las que atravesaban situaciones infernales cuando su seguridad de clase media se veía destrozada por experiencias traumáticas: bigamia, abuso paterno, embarazos no deseados y violación. Lupino, como directora, obligaba al público a experimentar desde dentro y a compartir el sufrimiento de sus heroínas”. Para ello, para enfrentarse a los días del macartismo con historias descarnadas, para comprender que prefería estar detrás de la cámara, para ser la directora de largometrajes tan desafiantes como Outrage, The Bigamist o The Hitch-Hiker, Lupino tuvo que ser durante casi veinte años una de las más confiables actrices secundarias de los estudios Warner.

 

Nació en Londres en una familia de actores que la animó a seguir la vida del mundo del espectáculo. Eso hizo: de las comedias teatrales saltó a las películas de Hollywood hasta llegar a ser una actriz reconocida. A finales de los 40, cuando fue evidente, para ella, “que nunca conseguiría los papeles que querría”, que se quedaría una vida entera filmando thrillers de serie B, Lupino tomó la decisión de dirigir películas independientes en las que fuera posible tocar temas relevantes para la sociedad de ese momento. Pronto, en aquella era escalofriante en la que cada día caía una nueva persona en la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas, Lupino, la única directora de su tiempo, logró su meta más ambiciosa: tener control absoluto sobre las producciones en las que trabajaba.

 

Dedicó las tres décadas siguientes a disfrutar su tercer matrimonio y a dirigir episodios de las más famosas series de la televisión norteamericana. Su “talento valeroso” la hizo merecedora de dos estrellas diferentes en el paseo de la fama de Hollywood.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.