Un fotograma del largometraje.

La paz es con la gente

El documental ‘La nueva Medellín’, de la realizadora Catalina Villar, que acaba de presentarse en el marco del Bogotá International Film Festival, es de una pertinencia abrumadora para el momento que vive el país. Hoy sería urgente que lo vieran millones de colombianos para que quizá se comprendiera que siempre es posible abrazar un nuevo camino a pesar del horror de la guerra.

2016/10/12

Por Juan David Correa

Hay un momento en el documental La nueva Medellín en el que Manuel Mahecha, el protagonista de este abrumador documento fílmico, habla con su madre en la cocina de una casa en la ladera del barrio Santo Domingo Savio, en la Comuna 1, de Medellín. Mahecha llega con su hija a comer algo y le cuenta a ella que han matado a la ex líder comunal del barrio. Era una reinsertada que llevaba una década de vida normal, apostando por salir adelante; que había conseguido levantar su propia familia, pero a quien el pasado le cobró la vida esa mañana. Una venganza, dice Mahecha, preguntándose si es posible que quienes vienen de la guerra pueden ser aceptados por la sociedad civil. Su madre le dice que esta sociedad no está acostumbrada a perdonar, que ojalá llegue el día en que todos podamos mirarnos a la cara y reconocernos, aun cuando hayamos sido víctimas o victimarios. Y remata alterada: “Ojalá a usted no le pase nada, mijo, porque yo me muero”. Él, acostumbrado a ver la muerte campear por las calles de su barrio una década atrás, le contesta: “Yo también”, y suelta la carcajada.

Manuel Mahecha es un hombre entrando en los cuarenta que creció en ese barrio dominado por el Bloque Metro de las Autodefensas Unidas de Colombia durante buena parte de los años noventa y hasta entrado este siglo. Junto a su amigo, Juan Carlos Loaiza, participaron en un documental que Catalina Villar, la realizadora colombiana radicada hace tres décadas en París, vino a hacer a finales de los años noventa para el Ministerio de Educación sobre los Planes Educativos Institucionales en los colegios de la zona. En uno de ellos, conoció a los dos muchachos que participaban en un taller de escritura y se convenció, como ella misma dice, del verdadero valor de las palabras. Un tiempo después Loaiza, un muchacho de unos quince años, dotado como pocos para la lectura y la escritura, fue asesinado.

Durante una década Villar y Mahecha no se volvieron a encontrar. Ella, como buena documentalista, tenía guardado a buen recaudo aquél material que alguien colgó en YouTube. Al verlo, y encontrar la manera de contactarla, Mahecha le insistió en regresar a Santo Domingo Savio, el barrio en el que había hecho Diario de Medellín (1998).

Ese es el trasfondo de un documental sorprendente que abre cientos de preguntas en el espectador tras la hora y media de proyección. La película dibuja tres historias conmovedoras, cotidianas, de esas de las que está hecha esta violencia que nos cuesta tanto superar a los colombianos. Primero está Juan Carlos Loaiza, de quien se recuperó un intenso pietaje de los años noventa, en el que habla de su conquista de la poesía mientras lee poemas bellísimos que ha ido escribiendo en cuadernos escolares. El muchacho, que vive en un rancho junto a sus padres, es puro empeño y pulsión: la suya es la conquista de la palabra, de decir con los signos toda esa tristeza, toda esa memoria y toda esa alegría de ser joven, de comprenderse campesino por el origen de sus padres, de hacerse al poema absorto ante una realidad que no da tregua. Loaiza fue asesinado por el Bloque Metro cuando apenas comenzaba a descollar con sus palabras en las bibliotecas públicas, y ante sus compañeros de bachillerato. De él se desprende el hilo de sus padres quienes tramitan ante la Personería de Medellín una demanda para que se lo reconozca como víctima. Esa tozudez y persistencia de los dos viejos que aprendieron a vivir con los hijos lejos, o muertos, es desgarradora. Esas dos historias de una familia quebrada en el más hondo sentido de la palabra, tienen en común a Manuel Mahecha, quien veinte años después, se ha convertido en líder de la Junta de Acción Comunal de su barrio y se ha empeñado en insistir caminos posibles distintos a los de la violencia.

Mahecha es uno de esos miles de habitantes de este territorio que no se ha resistido a persuadir a sus comunidades de que la paz es posible entre todos, creando comunidad, insistiendo en que hay otras maneras de resolver las diferencias. Fue por ello que buscó a Villar: quería mostrarle cómo tras la construcción de la Biblioteca España, de la apertura del transporte público y la concientización de sus vecinos, el barrio había cambiado. Y el documental muestra, precisamente, eso: la vida cotidiana de dos viejos que se resisten a dejar caer en el olvido a su hijo poeta por dignidad, que persisten en recoger documentos para que el gobierno lo reconozca; la de los habitantes de esas laderas que han ido aprendiendo a estar juntos, a pintar los muros de la comuna de la mano de muchachos grafiteros que ilustran la vida del barrio, de policías que se le miden a cantar en  verbenas populares, de gente común y corriente que a pesar de la terrible criminalidad y violencia en la que crecieron nos demuestran cómo la paz, esa que hoy parece una parte de una argucia política, se construye con la gente, en la calle, con personas como la documentalista Villar y su protagonista Mahecha que, a pesar del dolor de haber perdido a Loaiza, insistieron en que su voz fuera escuchada.

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