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El hijo de Saúl: las formas del horror

El húngaro László Nemes decide contar una historia sobre el holocausto nazi haciendo una fuerte apuesta formal. Ésa es, quizás, la razón de su éxito: el perturbador efecto que genera en el espectador

2016/02/26

Saúl es un prisionero húngaro obligado a trabajar para los Sonderkommando –comandos especiales–encargados de llevar a otros prisioneros a las cámaras de gas, limpiar, quemar los cuerpos y deshacerse de las cenizas. Un día, entre los restos, Saúl recoge el cuerpo de un niño que podría, o no, ser su hijo. Decide llevárselo y encontrar la forma de darle un entierro digno con todos los ritos de la religión judía.

Esta es la ópera prima del húngaro Lázló Nemes, quién perdió a sus familiares lejanos en Auschwitz y desde siempre sintió la necesidad de hacer una película alejada de las representaciones que Hollywood ha popularizado sobre el Holocausto. Para el director de 39 años en la gran mayoría de estas películas es fácil encontrar sesgos, omisiones y grandes errores que faltan a la verdad de lo que ocurrió en los campos de concentración.

Nemes se encuentra más emparentado con la posición del cineasta francés Claude Lanzmann, director de Shoah (1985), para quien la ficción o el uso del archivo para narrar el Holocausto es una ignominia: el horror no puede y no debe representarse. Lanzmann vio y dio su beneplácito a la película del húngaro por plantear desde la ética y la estética una historia honesta.

En El hijo de Saúl, Nemes hace una fuerte apuesta desde la innovación formal. La cámara es insistente, agobiante y solo se separa del rostro del protagonista hacia el final de la película. El espectador acompaña a Saúl en su propósito obstinado de dar entierro al niño, vive con él cada situación, siente junto a él la proximidad inexorable de la muerte. El espectador se convierte en un espectro que sobrevuela el horror.

Un horror sugerido, eludido del campo visual. Pues el director genera un efecto “rabillo de ojo” que es angustiante. Lo que sí está presente es el sonido hiperrealista que se cuela todo el tiempo hostigando a Saúl y por supuesto al espectador.

La fórmula de escaso campo visual sumado a un primer plano sonoro desbordado consigue un efecto muy particular, pues el estímulo audible que no se actualiza en imagen hace que cada individuo imagine el horror a su modo, con sus propios demonios y temores.

Nemes logra darle entidad a otra de las tragedias sufridas por los judíos obligados a asesinar a los suyos, pero El hijo de Saúl es más una historia sobre la resistencia personal ante el despojo de la dignidad. El acto de Saúl es un intento por recuperar la fe, la humanidad. Por recuperar algo de vida en medio de la muerte.

 

El abrazo de la serpiente de Ciro Guerra compite por el Óscar a mejor película extranjera con  El hijo de Saul de Hungría, A War, la otra guerra, del danés Tobias Lindholm, Mustang de la franco-turca Deniz Gamze Ergüven en representación de Francia y Theeb, de Naji Abu Nowar por Jordania.

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