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El hombre pretencioso

Pareciera que el director de culto norteamericano se salió de control en su más reciente película, que fue atacada estruendosamente por la crítica. Perfil de un incomprendido.

2010/06/29

Por Ricardo Silva Romero* Bogotá

Creo que ha llegado el momento de reivindicar lo pretencioso. Por ejemplo, el cine de Jim Jarmusch lo es, está plagado de citas literarias, de bromas que solo entienden algunos elegidos, de pequeñas afrentas al espectador amaestrado, pero sin duda esa es su gracia. Y sin duda le funciona. Los más reconocidos críticos norteamericanos, sin embargo, han aplastado el largometraje que acaba de estrenar, Los límites del control, porque “es un autoindulgente cubo de ridiculeces” (Slate), “se alimenta de su propia arrogancia” (USA Today) y “se cree demasiado genial para tener una trama” (New York Post), y aunque quizás tengan razón, aunque tal vez sea “esa obra de arte completamente intencional y expertamente guiada que falla casi por completo” (San Francisco Chronicle), lo dicen como si no supieran que se trata de un director que siempre hará lo que le dé la gana, como si les diera envidia que alguien aspirara a cierta originalidad sin haberles pedido permiso.

Puede que la nueva película de Jarmusch, su décimo largometraje en una carrera a punto de cumplir los 30 años, sea otro de esos “nobles fracasos” que de vez en cuando cometen los grandes cineastas. Pero seguro que verla va a ser toda una experiencia: estamos hablando, a fin de cuentas, de un hombre incapaz de hacer una película que no sea suya.

¿Cómo se trasforma un tipo cualquiera en ese narrador sorprendente, analizado hasta el cansancio, que ve el mundo como un escenario impasible en el que están a punto de tropezarse un par de extranjeros que apenas entienden el idioma? ¿Qué debe sucederle a una persona para convertirse en el autor de clásicos de culto como Extraños en el paraíso (1984), Bajo el peso de la ley (1986), Una noche en la tierra (1991), Hombre muerto (1995) y Perro fantasma (1999)? Debe nacer el 22 de enero de 1953. Debe crecer en Cuyahoga Falls, Ohio, Estados Unidos, con la esperanza de irse de ahí apenas pueda. Tiene que volverse canoso cuando cumpla quince años, tener una mamá que se gane la vida haciendo reseñas de películas, estudiar literatura en la Universidad de Columbia, obsesionarse con los textos delirantes de la época y enamorarse por primera vez en un lugar

—la Nueva York de los años setenta— en el que aún sea posible hacer cine underground sin disculparse con nadie.

“La poesía ya no era vista como una aburrida búsqueda de la verdad universal o la perfección literaria —explica el escritor norteamericano Paul Auster en un pequeño ensayo sobre Una noche en la tierra,—, y entonces dejó de tomarse tan en serio, aprendió a relajarse, decidió deleitarse con los placeres ordinarios del mundo”. Y eso mismo le ocurrió a Jim Jarmusch: según dice el propio director, escribió una manotada de poemas cojos antes de graduarse; asimiló en París aquella frase de Oscar Wilde, “la vida es una cosa demasiado importante como para tomársela en serio”, mientras se ponía al día en todas las películas protagonizadas por solitarios; se metió de cabeza en la locura punk del club cbgb, en Nueva York (Joe Strummer, de The Clash, le enseñó a pararse el pelo), al tiempo que terminaba sus estudios en la academia de cine de nyu.

Su debut, Vacaciones permanentes (1980), les presentó a los espectadores las reglas del juego. Observaría cualquier parte del mundo, incluso su país, con ojos de extranjero. Seguiría de cerca a esos héroes de pocas palabras que filosofan sobre nada. Se dejaría envolver en las repeticiones de la cotidianidad “porque lo humano no es más que una serie de variaciones”. Insistiría en que la vida no es dramática sino episódica: probaría, en sus largometrajes, que no nos dirigimos hacia ese clímax que llamamos el destino sino que empezamos muchas historias que jamás terminamos. “Me considero un poeta menor que escribe poemas mesurados —confesó cuando ya era un cineasta reconocido—. Prefiero hacer una película sobre un tipo que saca a pasear a su perro que una sobre el emperador de China”. La verdad es que fue así desde el principio.

Que nadie se queje ahora. Si Los límites del control es “una película en la que lo único que pasa es que uno la está viendo” (ifc), es porque se trata de una película de Jarmusch. Si vuelve a la misma escena una y otra vez como un disco rayado, si en verdad es ese “trabajo no dramático que es mejor tomarse como una experiencia audiovisual” (The New York Times), si está cargada de referencias (se habla de guiños a Godard, a Hitchcock, a Quenau, a Gris, a Burroughs), es porque se trata de una película de Jarmusch.

Los límites del control cuenta el alucinado viaje por España de un criminal solitario (que así se llama: ‘Hombre Solitario’) empeñado en cumplir una misión que solo él entiende. No fue nada fácil filmarla. Jarmusch logró poner la cámara en los parajes de Almería en los que Sergio Leone filmó su trilogía del “hombre sin nombre”. Consiguió los actores que quería, Bill Murray, Tilda Swinton, Gael García Bernal, John Hurt y Paz de la Huerta, para convertir el recorrido del protagonista en un sueño del que el espectador no logra despertar. Pero se sintió apurado, tenso, mirado de reojo, porque en el cine de hoy todo el mundo se cree un ejecutivo de alfombra roja. “Consigo mi financiación fuera del país pues los estudios quieren ser tus socios en el proceso creativo —dijo hace unos días—.

“No permito que el dinero haga notas en mis guiones, no permito que el dinero entre al set, no permito que el dinero entre a la sala de montaje, pero la verdad es que ahora hasta los más pequeños productores del planeta actúan como si fueran Hollywood. Algún pobre diablo está haciendo una película por 500.000 dólares e insisten en reservarse el derecho de editarla: todo parece indicar que los cuadriculados se lo están tomando todo”.

“Pero yo soy terco —agregó—, y créame que voy pelear”. Y haya salido bien o haya salido mal, ya que las dos cosas pueden pasar cuando se insiste en hacer lo que nadie había hecho (cuando se es, mejor dicho, un hombre pretencioso), Jim Jarmusch se hundirá con el barco de Los límites del control porque los grandes cineastas son capitanes honorables.

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