RevistaArcadia.com

El horror encarnado

El actor británico reaparece en una película de Paul Thomas Anderson, haciendo un papel tan tenebroso que parece hecho a su medida. Su actuación ha conseguido los favores de la crítica, el Globo de Oro a mejor actor y desde ya las quinielas apuntan a que ganará el Óscar.

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G

Petróleo sangriento, dice su director Paul Thomas Anderson, es una película de terror. Que la gente no se confunda por el hecho de que está basada libremente en el primer tercio de una novela de época ambientada a finales del siglo XIX y comienzos del XX, durante la primera ola de exploraciones petroleras. Aún así, es una película de terror que muestra el choque de dos monstruos. Es, a su manera, como Alien contra Depredador o Fredy versus Jason.

Con una diferencia: la monstruosidad de los protagonistas de la película no necesita máscaras de hockey, guantes con cuchillos o colmillos cubiertos de babas verdes para asustar (cosas que, al fin y al cabo, le permiten a uno despreocuparse de lo visto en la película cuando termina).

Lo monstruoso acá es una sed de lucro imparable, que se quiere tragar al mundo entero sin dejar nada atrás y que, después de las casi tres horas que dura la película, solo se hace más vívida y aterradora. Y el segundo monstruo es igualmente aterrador: un sacerdote protestante y joven, tan fraudulento en el campo espiritual como lo es en el material el ogro capitalista.

La película está basada en el primer tercio de Oil!, una novela del escritor socialista Upton Sinclair, y en la biografía de varios petroleros pioneros en el oeste estadounidense, particularmente?Edward Doheny que comenzó su vida en la pobreza absoluta y, tras ser buscador de plata y oro en California, terminó convertido en un hombre fabulosamente rico gracias al petróleo.

En la película, ese millonario se llama Daniel Plainview, encarnado con impresionante intensidad por Daniel Day-Lewis que parece en la película como los Tiranosaurios Rex de Parque Jurásico –una cosa improbable, conmovedora, repelente y atractiva al mismo tiempo. Algo que, también, parece haber dejado de existir hace rato (lo que quizás explique la fascinación).

Es un papel perfecto para Day-Lewis, aunque no haya sido creado exactamente para él. Sí, Anderson dice haber pensado que Day-Lewis sería el “Santo Grial” para el personaje, pero prefirió escribirlo sin tener a nadie en mente. Así, pensó, este monstruo enigmático, sediento, destructivo y profundamente misantrópico tendría su propia cara.

Y una vez escrita esa cara horrenda, le pasó el guión a Day-Lewis que vio este personaje y fue como una carnada imposible de rechazar, un pescado enfrentado al anzuelo más llamativo del mundo. ¿Cómo resistirse?, ¿qué podía hacer sino zambullirse en esa persona? “El guión me perturbó mucho”, dijo Day-Lewis a The New York Times el año pasado. “Para mí, es una buena señal. Si algo que lees te perturba, significa que no estás viendo la historia desde afuera, ya diste un paso hacia ella”.

Para Day-Lewis la gracia de la actuación es no tanto estar en películas u obras de teatro o en ser famoso y fotografiado, sino en perderse en otra gente, vivir varias vidas en esta. Un privilegio abierto a todos los que tengan imaginación, no solo actores, claro. Pero pocos tienen la oportunidad –o la capacidad– de llevarlo tan lejos como él.

“Es una fiebre”, dijo Day-Lewis en una entrevista por televisión, “fiebre de explorar al mundo desde una perspectiva totalmente distinta a la tuya”. ¿Y qué más tentador que la perspectiva de un monstruo así?

Day-Lewis es famoso por la dedicación antes y durante el rodaje de sus películas. En 1992, antes de hacer El último de los Mohicanos, andaba con un mosquete a todas partes. Para una escena en la que debía ser torturado en En el nombre del padre, pasó tres noches sin dormir. Para Mi pie izquierdo, estuvo ocho semanas en un hospital para gente con parálisis cerebral antes del rodaje. Y en Pandillas de Nueva York tomó lecciones de carnicería antes del rodaje y luego, durante, miraba con odio y sin hablar a Leonardo DiCaprio, su adversario en la película, incluso cuando las cámaras no rodaban –en el descanso del almuerzo.

Después de Pandillas de Nueva York alguien declaró anónimamente que trabajar con él era “difícil” y Day-Lewis respondió: “¿Es acaso más loco lo que yo hago que estar ahí, echado, fumando porro y llamando a tu consejero de inversiones? Lo único que importa a la hora de crear un personaje es el resultado final”.

Al leer las entrevistas en las que Day-Lewis habla sobre su forma de trabajar –o al menos tratando de hacerlo sin definirlo pero dando alguna idea que, aunque nebulosa, satisfaga a su interlocutor– suena casi como una especie de médium tratando de contactar un alma en pena particular, una especie de posesión planeada. Alguien que no sabe muy bien cómo hacer que algo misterioso suceda, pero consciente de que ha pasado antes.

Es una visión que no da mayores seguridades y que lo obliga a tomarse su tiempo entre películas (solo ha hecho cuatro en la última década). Para El boxeador, por ejemplo, pidió tiempo para aprender a boxear antes de tomar su decisión. Es algo que suena muy neurótico y en las antípodas de los famosamente confiables actores ingleses de las películas de época (aunque Day-Lewis ha contribuido al género) como el fallecido Laurence Olivier, o Emma Thompson y Helen Mirren, provenientes al igual que él de la sólida clase media inglesa.

Cecil, el padre de Daniel Day-Lewis, era el poeta laureado nacional (también escribía novelas policíacas bajo el seudónimo Nicholas Blake). Su madre, Jill, es hija de Michael Balcon, quien durante muchos años fue el director de los legendarios estudios Ealing en Londres. Jill, que también era actriz, fue la segunda esposa del poeta y Daniel nació cuando su padre tenía 53 años.

Criado en un ambiente ricamente intelectual, Day-Lewis estudió en una escuela pública primero (Cecil era socialista) y luego en un par de escuelas privadas donde empezó a actuar y a hacer muebles. Al graduarse no sabía qué hacer, aplicó para ser aprendiz de un prestigioso ebanista y a una escuela de actuación y terminó, obviamente, actuando.

Pero la rica tradición teatral solo lo nutrió hasta cierto punto. En 1989, en medio de una presentación de Hamlet en el National Theatre de Londres de la que era protagonista, Day-Lewis dejó el escenario tras el primer encuentro con el fantasma de su padre. Y hasta el día de hoy no ha vuelto a actuar en teatro.

La carrera de Day-Lewis tiene algo extraño, es como si nunca hubiera alcanzado una cima (a pesar del prestigio que tiene). Comenzó a todo vapor en los años ochenta, con nueve películas en esa década, incluido un papel muy secundario en Gandhi. En los noventa, cuando parecía destinado a ser un héroe de acción con El último de los Mohicanos, decidió trabajar menos y solo hizo cinco películas (incluida La edad de la inocencia, para Scorsese). Y en esta década apenas ha hecho tres: Pandillas de Nueva York, de nuevo con Scorsese; La balada de Jack y Rose, dirigida por su esposa, Rebecca Miller (hija del dramaturgo Arthur Miller), y ahora Petróleo sangriento.

Y su participación en Petróleo... tiene algo especial. Viéndolo ahí toda su carrera parece un preámbulo para esto. Si su método extenuante a veces hace que vaya demasiado lejos (en Pandillas de Nueva York, por ejemplo) en esta película ambiciosa, oscura y horripilante es simplemente perfecto. Es un tipo monstruoso en un mundo monstruoso.

El año pasado, el cine estadounidense terminó con vientos apocalípticos. Además de There Will Be Blood, ahí están Soy leyenda, con Will Smith; Sweeney Todd, de Tim Burton, y No es país para viejos, de los Coen (que incidentalmente se rodó en parte en Marfa, Texas, sede de Petróleo sangriento), todas con su aire resignado y sin esperanzas, todas levantando los hombros ante el horror del mundo, al mismo tiempo fascinadas y asqueadas por la destrucción.

Pero aun entre estas cuatro, en la película de Anderson hay algo especialmente palpable. La extracción del petróleo parece un crimen violento. La tierra atravesada por máquinas, el petróleo que sale como sangre, la religión que es poco más que una farsa, todo es oscuro y no hay salida y hasta ahí nos ha traído una sed imposible de ser saciada.

“A veces veo la gente y no encuentro nada que me guste”, dice Plainview en una parte. Y el acento y los ojos hacen que las palabras suenen como salidas de una víbora. “Quiero ganar suficiente dinero para poder irme lejos de todo el mundo”.

Y en eso se resume todo. Y sí, es horror puro. La clase de horror que Jason y Fredy, Alien y Depredador jamás podrían contemplar.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.