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El milagro rumano

El cine de Rumania vive el mejor momento de su historia. Los críticos dicen que en este país europeo se están realizando las películas más interesantes de la última década y esto lo confirman filmes como 4 meses, 3 semanas y 2 días, Bucarest 12:08 o La muerte del señor Lazarescu. ¿Cuál es el secreto encanto de las recientes obras rumanas? ¿Quiénes son sus directores? ¿Por qué 4 meses... no fue nominada al Óscar?

2010/03/15

Por Francisco J. Escobar S.

Aunque había ganado la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes con su película 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) el director rumano Cristian Mungiu sabía que ni siquiera ese premio –el más importante para un realizador– le aseguraría una buena exhibición en las salas de cine de su país. Por esos días, una rata de Hollywood fabricada por Pixar, Ratatouille, era la reina en las pantallas de su tierra natal. El realizador se preguntaba: ¿Y cómo demonios se le puede ganar la batalla a este roedor gourmet auspiciado por la gran industria? Y encontró la respuesta: yendo a esos lugares a los que el cine no suele llegar. Así que, con el apoyo financiero de unos amigos, Mungiu partió en una caravana con un moderno equipo de proyección, viajó durante treinta días por la geografía rumana y exhibió su obra en muchos pueblos que no tienen salas de cine. Su plan dio buenos resultados: “Tuvimos un cincuenta por ciento más de espectadores que Ratatouille”, le contó el director a Los Angeles Times.

Esa fue una de las pequeñas grandes victorias del cine rumano en su propia casa –un puño al hígado de la maquinaria de distribución gringa–. Poco tiempo después 4 meses, 3 semanas... sería vendida a más de sesenta países, triunfaría en Francia (ha sido vista por más de 300.000 asistentes a las salas), lograría muchas estrellas de los críticos norteamericanos e ingleses (Peter Bradshaw, de The Guardian, dice en su reseña que se trata de una “obra maestra”) y se convertiría en un claro ejemplo, un símbolo, de esa cinematografía que ahora todos citan o quieren conocer: la rumana.

Un estallido esperado

La victoria de Mungiu en Cannes solo fue el boom final de una explosión esperada. En 2006 su compatriota Corneliu Poromboiu había recibido en el festival la Cámara de Oro por su ópera prima Bucarest 12:08, y un año antes Cristi Puiu fue galardonado con el premio Un Certain Regard para los realizadores jóvenes, por La muerte del señor Lazarescu. Distinción que en 2007 ganaría otro rumano, el fallecido Cristian Nemescu (murió a los 27 años en un accidente automovilístico), con California Dreamin’. Cannes se había convertido en el fortín del cine rumano y desde tierras francesas –en las que surgió la Nouvelle Vague– se anunciaba el surgimiento de una nueva ‘Nueva Ola’.

Los jóvenes realizadores empezaban a ver sus caras y nombres en los periódicos de todo el mundo. Mungiu (39 años), entendía que lejos estaban sus días de caravana, ahora le esperaban largas horas de avión y promoción de su filme. Puiu (40 años), Poromboiu (32 años) y Radu Muntean (36 años), realizador de la exitosa The Paper Will Be Blue, preparaban también sus pasaportes. La marea de la ‘Nueva Ola’ llegaba a lejanas orillas.

Pero ¿de dónde sale esta Nueva Ola del cine rumano?, ¿acaso ya hubo una Vieja Ola que nunca conocimos? El nombre es una fabricación de los críticos y una ‘marca’ con la que no se sienten identificados todos estos directores. “No hay una Nueva Ola rumana, no, no, no y no”, le decía alterado Puiu al periodista de The New York Times A. O. Scott. Lo que intentaba explicar el realizador de La muerte del señor Lazarescu es que él y cada uno de sus colegas tienen una obra aparte, no siguen un manual de estilo para rodar, no han hecho un manifiesto como el Dogma 95 del danés Lars Von Trier y sus chicos (que especificaba qué, cómo y en cuáles condiciones se debía filmar). Mungiu, por su parte, añade que sería difícil pensar en ellos como un movimiento, como “una nueva escuela”, pero que es verdad, con ola o sin ella, este es el mejor momento del cine rumano en toda su historia.

Una Palma en los cincuenta

Y no ha sido una historia corta. El primer triunfo internacional del cine rumano (que había nacido en 1912 con La independencia de Rumania, de Aristide Demetriade) se dio en 1957 cuando el cortometraje animado Scurta istorie, de Ion Popescu Gopo, se llevó la Palma de Oro en Cannes. Ocho años más tarde el realizador Liviu Ciulei fue premiado como mejor director en el festival (Cannes era para los rumanos). Habían llegado los sesenta y mientras se escuchaban los vientos de cambio en otros cines, como el checo o el japonés, en la Rumania comunista todo seguía igual. Algunos directores como Lucian Pintilie sufrían la censura, su filme Reconstrucción (1969) fue prohibido por el régimen. En los setenta dejaron su huella Dan Pita y Mircea Daneliuc (que aún sigue filmando). Pero del cine rumano poco se hablaba en Europa y en el mundo. Ya se hablaría.

En 1989, con la caída del dictador Nicolae Ceausescu –quien gobernó durante veinticuatro años– vendrían mejores tiempos para la cinematografía rumana. En los ochenta, recuerda Cristian Mungiu, se hicieron películas “falsas, mal actuadas, totalmente inverosímiles, de situaciones estúpidas y llenas de metáforas”. Lo enfurecían. “Quise volverme director como reacción ante ese tipo de cine”. La opinión que tiene Poromboiu (el más joven de la Nueva Ola) sobre el cine de esa época es parecida: “Si algo tenemos en común los jóvenes directores es que no nos gusta lo que hizo la generación pasada”, porque sus obras “fueron una forma de propaganda política”.

La realidad desencantada

De esas películas “falsas” de los ochenta, de triunfos chicos como el León de Plata en Venecia a principios de los noventa (para Hotel de lujo, de Dan Pita), el cine rumano ha pasado a ser el más elogiado por la crítica y buena parte del público. ¿Y qué tienen las obras de la Nueva Ola para causar tan grata impresión? Ante todo, un sólido relato. Hace tiempo el productor y director del Festival de Cine de Bruselas, Dominique Jahn, decía: “Un filme necesita tres ingredientes para tener éxito: historia, historia e historia”. Y eso tienen los filmes de estos rumanos (ver recuadro). Historias sencillas, directas, desgarradoras, desprovistas de adornos y realizadas con muy poco presupuesto (4 meses, 3 semanas…, de Mungiu, costó alrededor de 700.000 euros).

Este es un cine que a veces molesta al público: Puiu muestra el estado lamentable del cuerpo del viejo Lazarescu –su protagonista– sin contemplaciones, el hombre vomita, sangra, suda, orina, al igual que cualquier enfermo como él; Mungiu no edulcora la amargura y el dolor que trae consigo un aborto, Muntean no maquilla la guerra. No es cine de entretenimiento; pero tampoco es el de la miseria gratuita, es ante todo, un cine honesto, uno que también puede contar hechos complejos y difíciles, como la caída del dictador en 1989, en tono de comedia, como se ve en Bucarest 12:08, de Porumboiu.

Razón tiene Cristi Puiu al decir que tanto él como los otros directores rumanos cuentan historias diferentes. Pero lo que sí debe aceptar es que las obras de todos ellos tienen grandes similitudes en su forma: el uso de los planos secuencia, de la cámara en mano que espera que la acción transcurra frente a su lente, de los escenarios reales y la poca utilización de la música incidental. Aunque suene parecido al viejo Neorralismo italiano, no lo es; y tampoco es hiperrealismo como el de los hermanos Dardenne (El hijo), quizá sea, como dijo un crítico, “realismo desencantado”. No importan las ‘marcas’, los nombres, los sellos; no importa si los llaman realizadores de la Nueva Ola o nuevo cine rumano, lo que realmente cuenta es lo que hay en sus filmes, conmovedores, simpáticos y a veces aterradores y terriblemente dolorosos.

No deja de causar sorpresa que en un país con pocas salas de cine (80 para 22 millones de habitantes), con escasa producción nacional (se financian diez o doce películas al año), uno al que le ha ido mejor ofreciendo sus tierras para rodajes de Hollywood (en Rumania se han filmado obras como Cold Mountain o la nueva cinta de Francis Ford Coppola, Youth Without Youth), haya surgido este maravilloso cine. El caso rumano es todo un milagro. Y los milagros, al parecer, no les gustan mucho a los miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias que no tuvieron en cuenta a 4 meses, 3 semanas y 2 días para esta entrega de los Óscar. Igual, las caravanas de la Nueva Ola siguen viajando por todo el mundo.

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