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El místico escandaloso

En la Mostra de Venecia de este año se presentó un documental sobre el rodaje de Saló o los 120 días de Sodoma. Arcadia recuerda la vida de un director sin igual.

2010/02/09

Por Manuel Kalmanovitz G

Hace 31 años murió Pier Paolo Pasolini. Encontraron su cuerpo golpeado y arrollado varias veces por su propio auto en Ostia, un barrio de Roma que da al Mediterráneo. El carro era un Alfa Romeo plateado, un auto deportivo, convertible. Una más de las peculiaridades de Pasolini, un comunista moderado a quien le encantaba ir a los barrios bajos de Roma en su vehículo flamante, rápido, evidentemente caro, a levantarse jovencitos.

Y fue uno de estos jovencitos, Pino Pelosi, de diecisiete años, pelinegro y de ojos grandes, quien más tarde confesó haberlo matado (aunque mucho después, el año pasado y tras haber pagado ya la pena, Pelosi se retractó y dijo que antes de pasarle por encima con el auto, un grupo de neofascistas le había dado una golpiza para “darle una lección”). ¿Una lección de qué? ¿De cómo dejar de existir? ¿De cómo dejar de hablar? Porque para ese entonces (murió a los 53 años), Pasolini se había convertido en una figura pública, escandalosa, teatral, eternamente polémica, que había encontrado la forma de irritar a todo el mundo: fascistas, comunistas, burgueses, intelectuales, a la Iglesia y a quienes seguían las enseñanzas de la Iglesia. Su nombre era sinónimo de homosexual, de degenerado.

Aunque también, en otras esferas, era sinónimo de poesía, de vitalidad, de insatisfacción con el mundo.

Comenzó como poeta, escribiendo en friuliano, un dialecto de la region de su madre que queda al norte del país, en los límites con Austria y Eslovenia. Lo de escribir en friuliano fue una decisión consciente, inspirado más por lo que oía a su alrededor en la calle que por el dialecto hablado en su casa. Su madre era maestra de escuela y su padre, un militar en una época en la que ser militar era una de las pocas alternativas profesionales para familias aristocráticas venidas a menos, y Pasolini creció en una Italia moldeada por el fascismo, un país sin alternativas de ninguna clase.

Pero después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del fascismo, las posibilidades se multiplicaron. Además de escribir versos y trabajar como maestro, Pasolini se convirtió en un experto en poesía en dialecto y recopiló un par de antologías. También empezó a escribir artículos y comentarios para varias revistas y en 1955 publicó su primera novela, Ragazzi di vita, sobre los muchachos subproletarios de Roma que lo fascinaban.

Y ahí comenzó a forjarse la imagen del Pasolini degenerado, que se levantaba muchachos en la calle, el que usaba groserías en sus novelas, que reproducía el lenguaje callejero de Roma, como antes lo había hecho con el dialecto de Friuli, replicando en letras de molde palabras que se decían pero no se escribían.

Fue gracias a los dialectos que terminó en el cine. Entre otros proyectos escribió los diálogos para Las noches de Caviria, de Federico Fellini. En su exhaustiva biografía de Pasolini, Barth David Schwartz dice que en esa época eran pocos los guionistas confiables y que después de haber tenido una oportunidad el trabajo no le hizo falta.

Y el cine, arte industrial por excelencia, fue el que le dio el púlpito que Pasolini necesitaba. No tardó en encontrar su nicho en la generación de cineastas italianos postneorrealistas, en la que también estaban Pontecorvo, Leone y Fellini. Y el sitio que encontró está demarcado no tanto por los motivos de escándalo en esa época (su homosexualismo, su comunismo) sino por una visión mística de la realidad que lo hace aun más extraño, más inexplicable, que hace más difícil reducirlo a una anécdota.

Al igual que Robert Bresson, el otro gran místico cinematográfico europeo del siglo XX, las películas de Pasolini son extrañas, desprendidas, como si todo se viera de lejos. Como si lo verdaderamente importante sólo pudiera mostrarse oblicuamente, de lado. Y, como Bresson, tenía cierta predilección por actores naturales que retrataba de manera neutral, como si existieran igual que una roca, una montaña o una fruta.

“Tengo una preferencia estética casi ideológica por actores no profesionales que son en sí mismos pedazos de realidad, como un paisaje, el cielo, el sol, un burro pasando por el camino. Son todos elementos que manipulo para convertirlos en lo que quiero”, explicó.

Como era de esperarse, Pasolini comenzó con esos chicos romanos que tanto le atraían. Ése es el mundo de sus primeras dos películas, Accattone (1961) y Mamma Roma (1962). A medida que hacía películas, escribía columnas de periódico y se convirtió en una voz activa en los debates italianos sobre el futuro del país, de la revolución, de la lucha contra la burguesía (que Pasolini encontraba opresiva, repugnante), de la poesía…

Y sorprendió a quienes pensaban en él como un ateo perdido con El Evenagelio según san Mateo (1964) y Teorema (1968), dos películas que hablan seriamente de la religión y con las cuales escandalizó a los comunistas para quienes la religión no es sino opio.

En los debates, con el paso del tiempo, Pasolini se fue haciendo cada vez más reaccionario. Como marxista tenía un pie en el futuro, como esteta, uno en el pasado y vivía en un presente que le disgustaba profundamente. La llegada de la televisión, la industrialización y la cultura de masas a toda Italia fue para él el comienzo del fin, la inauguración de una nueva época caracterizada por la uniformidad, por la desaparición de los dialectos, por el reemplazo de lo vivo por lo muerto.

“La burguesía está sufriendo un cambio revolucionario: lo está asimilando todo a su pequeña burguesía. Toda la humanidad se está volviendo pequeñoburguesa”, dijo.

En cine, su respuesta fue aislarse. Adaptó El Decamerón (1971), Los cuentos de Canterbury (1972) y Las mil y una noches (1974), tratando de imaginar cómo se vivía en una época preindustrial, preburguesa. Y lo que ve es un paraíso de amor y sensualidad y simpleza, un “retorno al cuerpo”.

Pero su aislamiento terminó con una de las películas más aterradoras y apocalípticas de la historia: Saló o los 120 días de Sodoma. Después del paraíso, el horror. ¿Y luego qué? Es, claro, imposible saber para dónde habría seguido de no haber sido asesinado esa noche. Ésa era parte de su gracia. Quién sabe qué habría pensado de la internet, de los celulares, de la caída del muro de Berlín, una inteligencia tan independiente y cortante como la suya. Aún ahora, 31 años después de su muerte, hace mucha falta.

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