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El ocaso de un niño brillante

A sus 27 años, tras su extraordinaria película El sexto sentido, fue considerado un genio del cine de terror y comparado con Hitchcock. Hoy, nueve años después, el título de su última película, El fin de los tiempos, parece ser profético. ¿Se acabó el tiempo de Shyamalan?

2010/03/15

Por Samuel Castro

Una gran idea es un bombillo que se enciende. Con esa imagen, aprendida por todos gracias a los dibujos animados y las caricaturas, comenzaba una de las mejores películas de horror del cine norteamericano: El sexto sentido. La cinta era básicamente eso: una idea extraordinaria en la que un niño le contaba a su psicólogo que veía gente muerta por todas partes. El final de la película, cuando el público descubre que el psicólogo también está muerto, llegó a convertirse en uno de esos secretos que nadie se atrevía a decir en voz alta, como la verdadera identidad del niño Jesús.

Los críticos especializados estaban asombrados pues todo en la cinta era perfecto: la fotografía lavada y fría que acercaba el horror al drama familiar, la selección de los actores, un cuidado por el significado de cada imagen dentro de la narración, a la altura de las películas de Spielberg. Y sin embargo, el creador de la historia y el encargado de llevarla al cine con tan buen pulso tenían apenas 27 años y eran la misma persona: Manoj Nelliyattu Shyamalan, o mejor, Michael Night Shyamalan, como él mismo se nombraría en la universidad. Shyamalan era un joven director indio, quien hasta ese momento solo había hecho dos películas intrascendentes y era más reconocido por escribir el guión de Stuart Little. Sin embargo, las luces de la fama empezaron a encandilarlo cuando se supo que Disney había pagado dos millones de dólares por el guión de Sexto sentido y lo convirtieron en una estrella cuando la cinta recaudó más de 600 millones de dólares en todo el mundo y obtuvo seis nominaciones a los premios Óscar.

Por desgracia, los problemas comenzaron casi de inmediato.Según la versión del mismo Shyamalan —no del todo confiable—, la primera mala decisión fue aceptar que Disney promocionara su segunda gran película, El protegido, como otro thriller sobrenatural y no como lo que él pensaba que era: una historia de acción y aventuras sobre un hombre que descubre que es un superhéroe. Lo peor es que no era ni lo uno ni lo otro; impecable en su narración visual, el guión no cuadraba del todo, especialmente por la costumbre asumida de contar una historia con final sorprendente en esa y en sus siguientes cintas: Señales, La aldea y La dama del agua. Al final la gente iba a sus películas esperando ese minuto de revelación que lo cambiara todo. Él mismo pareció olvidar que un final asombroso solo conseguía ser memorable si el resto del argumento valía la pena.

Ni las críticas ni las taquillas volvieron a ser iguales. A pesar de que Señales también fue bastante rentable, Shyamalan parecía haber perdido su toque: ni siquiera se conservaba la conocida belleza formal de sus imágenes y los extraterrestres de Señales se veían como matones perdidos en un disfraz de hule barato. Ya nadie le ofrecía dirigir secuelas de Harry Potter o de Indiana Jones, y se empezaron a filtrar a la prensa rumores sobre los constantes enfrentamientos entre Disney y su antiguo Midas. Su situación se complicó aún más cuando se supo que un documental que supuestamente relataba una experiencia extrasensorial del director a los 11 años y que le había permitido tener contacto con el mundo de los espíritus, era una patraña patrocinada por él mismo para hacerle publicidad a La aldea. El disgusto fue tan grande en Disney que para su siguiente película, La dama del agua, Shyamalan tuvo que cambiarse de estudio. Warner se atrevió a financiar el proyecto y el desastre fue histórico: después de gastarse 75 millones de dólares en la producción, solo consiguió recaudar 45 millones en taquilla.

Como si eso fuera poco, se hicieron más conocidas sus excentricidades gratuitas y sus ínfulas de genio incomprendido. Cada sugerencia de los productores era tomada por él como un ataque personal a su talento; casi despide a Bryce Dallas Howard, su protagonista, porque cometió la “gravísima” ofensa de volverse vegetariana. Afirmó que lo único importante que había hecho Paul Giamatti (el protagonista de Entre copas) antes de actuar para él era un comercial de Nike. Hacía berrinche si alguien osaba cambiar una sola palabra de sus guiones, guiones que por lo demás, cada vez sonaban más a parlamentos de obra estudiantil. Y cuando se publicó El hombre que oía voces, un libro que relataba las intimidades de su negociación con Disney y que pintaba a sus ejecutivos como monstruos temibles que solo pensaban en el dinero frente a él, “el artista”, todo Hollywood empezó a verlo además como un traidor, el perro que mordía la mano de su amo.

Después de ver su última película, El fin de los tiempos, se tiene la sensación de que algo muy importante se ha perdido. Aunque por fin ha evitado Shyamalan su acostumbrado final sorpresa y algunas imágenes son inolvidables, la historia es tan mala (no, no es mala, es boba), la moraleja es tan torpe que nos obliga a creer que en este caso, el ego se tragó al talento, y a esperar que en un futuro no muy lejano, al señor Noche se le vuelva a prender el bombillo.

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