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El padre de la criatura

Su carrera no ha sido la de un genio. Ha hecho más de 300 películas baratas sobre vampiros y alienígenas. Hace poco, una estrella de cine porno fue su protagonista. Entonces ¿por qué le dan un Oscar?

2010/03/16

Por Manuel Kalmanovitz G.

Los Oscar comenzaron temprano este año. El 14 de noviembre, abrebocas muy previo a la ceremonia de febrero del año que viene, entregaron sus premios honorarios. Fue un abanico peculiar que reconocía la elegancia de la que era capaz el Hollywood clásico (la actriz Lauren Bacall), a la vitalidad del cine Hollywood de los 70 (a Gordon Willis, director de fotografía de El Padrino y de las películas de Woody Allen entre 1977 y 1985) y a los productores poderosos (John Calley). Hasta ahí, todo normal.

El cuarto homenajeado fue el elemento extraño, la pepa traicionera de la aceituna que atora y rompe dientes, el que hace que se pregunte “¿en serio?” El cuarto homenajeado era Roger Corman, que ahora tiene 82 años.

Para los lectores no muy interesados por el cine, Corman es una leyenda de las películas baratas, “el Orson Welles de las películas Z” (es decir, mucho más económicas que las B) que desde los 60 hasta el presente ha producido más de 300 películas y dirigido medio centenar de ellas, todas al margen de los grandes estudios.

Para darse una idea de sus métodos, una de sus películas más famosas es la versión original de La tiendita del horror de 1960, luego refilmada por un gran estudio en 1980 (y ahí radica su importancia, pero ya llegaremos a eso) y convertida luego en musical de Broadway, donde el dueño de un vivero descubre que en medio de sus especies más corrientes hay una planta del espacio exterior que habla y devora humanos.

Supuestamente Corman la filmó en dos días y una noche y costó poco menos de 30.000 dólares, cifra que recuperó con creces en el vibrante circuito de autocinemas que había crecido en Estados Unidos durante los años 50 como un hongo nocturno nacido a la sombra de los suburbios.

Aunque los motivos de la Academia para homenajearlo son múltiples, uno pensaría que el principal tiene que ver con su papel de productor en los años 60 con la empresa American International Pictures de Sam Arkoff y James Nicholson, y luego en los 70 con New World Pictures, su propia compañía.

Lo que le reconocería este premio honorario es que bajo su tutela comenzó un buen número de los directores que dieron nueva vida al cine estadounidense: Jonathan Demme (de quien produjo Caged Heat y Crazy Mama), Martin Scorsese (Boxcar Bertha), Francis Ford Coppola (Dementia 13), Peter Bogdanovich (Targets) y Ron Howard (Grand Theft Auto).

Este papel de mentor y padrino se ha ido convirtiendo en una especie de mito que el mismo Corman se ha encargado de propagar y dar forma. El mito dice, más o menos, que es un tipo que les da a sus directores toda la independiencia que necesiten para hacer su obra, aunque dentro de estrictos límites económicos.

“Les doy a estos jóvenes directores una buena cantidad de control creativo… creo que eso viene de que yo también fui director y creo que en el set el director debe tener el control”, dice en el libro The Directors Take Three de Robert Emery.

Y sin embargo, su método no es neutro y basta ver las películas para que el mito se esfume en el aire. Porque es evidente que las producciones de Corman con estos directores son sus películas menos personales. A Scorsese le produjo Boxcar Bertha y no Mean Streets o Taxi Driver. A Bogdanovich le produjo Targets y no The Last Picture Show. Sucede lo mismo en todos los casos, sin excepción.

Pero Corman tiene otro legado, que puede ser suficiente justificación para que el Hollywood del presente le dé un reconocimiento. No fue del todo idea suya, pero como Arkoff y Nicholson de AIP ya murieron, no es injusto que Corman asuma su paternidad.

Y esta gran herencia es la infantilización de Hollywood. O no, infantilización es un término errado, lo que ha sucedido es más bien la adolescentización de Hollywood y de buena parte de la cultura popular estadounidense (y global también).

Porque Arkoff y Nicholson decidieron en los 50 y 60, cuando Corman trabajaba con ellos, hacer películas para muchachos de 19 años. Llegaron a esa conclusión a través de un silogismo de cuatro pasos según el cual los chicos menores y las chicas veían lo que veían los chicos mayores, mientras que los chicos mayores nunca verían lo que veían los menores o las muchachas. Así, el espectador ideal resultó ser un adolescente abstracto de 19 años.

Y ese espectador de 19 años también quería ver las cosas de una forma particular, a una velocidad especial, que Arkoff y Nicholson detallaron para la revista Life en 1965: “Son películas movidas. Ni siquiera necesitan tener sentido si se mueven lo suficientemente rápido –mientras nadie se detenga a analizarlas antes de ir camino a casa–”, declaró Arkoff.

En esa época, las películas de AIP y luego las de Corman se enfrentaban al Hollywood elegante de Vincente Minnelli y Nicholas Ray, de Alfred Hitchcock y Fritz Lang, un cine que, comparado con estas películas para adolescentes, parecía lento y excesivamente meditabundo.

Pero pasó el tiempo y los grandes estudios adoptaron esas mismas estrategias. A tal punto que hoy día es difícil encontrar una película de acción que no aspire, como Arkoff, a una vertiginosa falta de sentido reconocible sólo a la salida del teatro.

Y quizá sea esto, más que todas las oportunidades que Corman les dio a cientos de directores aprendices, lo que lo hace digno de un Oscar. Es reconocerlo como el padre de la horrible criatura que nos entretiene en el presente.

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