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El reino independiente

Desde hace algunos años, las películas de bajo presupuesto ganan premios Óscar. La pregunta que ronda es: ¿Son realmente independientes o hacen parte de una estrategia de los grandes estudios?

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G

Todo comenzó en 1989 con una película titulada, sugestivamente, Sexo, mentiras y video. Era el primer filme de un joven llamado Steven Soderbergh y, discretamente, inauguró una nueva época en el cine estadounidense. Su llegada no pasó inadvertida.

Ese año, Sexo, mentiras y video ganó el premio de la audiencia en Sundance (que aún no era ese monstruo del presente y se llamaba, simplemente, United States Film Festival), y en 1990 ganó la Palma de Oro en Cannes y fue nominada al Óscar como mejor guión original, como para demostrar que en Hollywood también veían que algo estaba pasando, algo que no se sabía bien qué era, pero que era diferente y estimulante.

Y de ahí en adelante, todo fue como una avalancha, aunque en cámara lenta.

Diecisiete años después, la revolución anunciada por Soderbergh ha terminado. Y, como sucede a menudo, nadie ganó. Los revolucionarios terminaron absorbidos por el establecimiento y ahora todos los grandes estudios tienen divisiones encargadas de producir o distribuir películas “independientes”. Fox tiene Fox Searchlight, Sony a Sony Pictures Classics, Disney compró a Miramax, Paramount tiene a Paramount Classics, Warner a Warner Independent Pictures.

Y desde hace unos cinco años, cada febrero vemos a una o dos de la camada anual de películas “independientes” llegar a los Óscar para dejar en evidencia que las grandes películas de Hollywood, las películas en las que los estudios invierten más dinero, no son consideradas por los votantes de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas (es decir, por Hollywood mismo) como las únicas dignas de reconocimiento.

Podemos hacer una corta lista de estas películas pequeñas empezando en el 2000: Belleza Americana (2000); Erin Brokovich(2001); In the Bedroom (2002); Far From Heaven (2003); Lost in Translation (2004); Sideways (2005); Brokeback Mountain y Crash (2006).

Este año esa tradición continúa con Little Miss Sunshine, una película que tiene la particularidad, comparada con la lista anterior, de no ofrecer nada particularmente incisivo (o que se pretenda incisivo, que es más bien el caso en el listado anterior).

Es una película dulce, de carretera, ligera y superficial, en donde una familia debe llevar a su pequeña hija a un reinado de belleza infantil. Está llena de clichés bien ejecutados (clichés de cine independiente, que son diferentes de los de las películas de acción, pero clichés al fin y al cabo) que incluyen problemas mecánicos, muerte, sexo y un final agridulce pero feliz.

Las actuaciones logran darles algo de vida a los procedimientos y la patente dulzura y la simplicidad de la película parecen haber seducido a Hollywood mismo, que ha mostrado desde siempre cierta debilidad por lo que en deportes llaman ‘el equipo chico’, que es lo que uno podría llamar a Little Miss Sunshine, una película cuya producción es, en sí misma, una historia alentadora. Luego de interminables demoras, llegó a Sundance y Fox Searchlight la compró por diez millones, rompiendo el récord de adquisiciones en el Festival. Y luego, en la taquilla local, ha recaudado cerca de sesenta millones de dólares.

Lo que parecía ser una nominación lastimera, casi un chiste, ha tomado tonos serios. Cuando se anunció que era una de las cuatro nominadas a mejor película en Las Vegas, los apostadores le daban posibilidades de diez a uno, y ahora está cuatro a uno, tras recibir un empujón del premio al mejor ensamble que da el sindicato de actores (el mayor bloque de votantes de la Academia) y el del sindicato de productores.

¿Cómo explicar este giro, el chiste que se volvió serio? Lynda Obst, productora de El rey pescador y Sleepless in Seattle, entre otras, dijo en una conversación electrónica con la revista New York que la modesta película había logrado todo eso “quizás porque todos somos una gran familia disfuncional. O quizás porque todos estamos un poco locos y nuestras familias están chifladas”.

Y no lo dice seriamente (alguien con una familia de esquizofrénicos peligrosos o con depresión clínica jamás diría algo así), sino con ligereza, queriendo decir, quizás, excéntrico más bien, pero una excentricidad benigna, de mostrar, tierna.

Cabe recordar acá algo que quizá sea obvio pero que, entre tanta cobertura, puede perderse de vista y es que los Óscar son un premio gremial. No son, ni nunca han sido, una medida de calidad cinematográfica (de eso se encargan, mal que bien, los festivales de cine). Los Óscar son un espectáculo en el que Hollywood se imagina a sí mismo.

Es una ilusión, un espejismo, un acto de prestidigitación. Es verse en el espejo como a uno le gustaría verse. Toda elegancia y sofisticación, dejando de lado todo lo demás, las encías inflamadas y los pelos entre las cejas, la escoliosis, los kilos de más.

En ese sentido, Little Miss Sunshine puede ser un intento dulce y sencillo. La primera película del matrimonio de Jonathan Dayton y Valerie Faris es una clara heredera de las viejas películas de Frank Capra, sentimentales y populistas, improbables, pero llenas de convencimiento, una perla de escapismo puro. Son lentes color de rosa y quizá, para los electores de la Academia, la clase de película que el mundo necesita en un presente tan complicado.

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