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El retorno de los Coen

Durante veintitrés años han rodado doce películas. Aunque han conocido el fracaso, estos hermanos introvertidos, pero de imaginación exaltada, sorprenden con su nueva película basada en una novela de Cormac McCarthy. ¿Cuál es su secreto?

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G

En la nueva película de los hermanos Coen hay un matón con un peluqueado raro. Tiene el pelo como un casco negro, pero con una capul larga, brillante y aplastante que a veces le tapa media cara. En sus crímenes, utiliza una pistola a presión de las que usan en los mataderos para descerebrar a los animales antes de desangrarlos, despellejarlos y cortarlos en pedazos para vender en supermercados.

De la punta de la pistola sale un pernito, empujado con aire comprimido, que hace añicos los sesos de la víctima, antes de volver a entrar a la pistola, un instante después.

La película, como el libro de Cormac McCarthy en el que está basado, sigue un triángulo de personajes en el desierto del oeste de Texas en 1980.

Un vértice del triángulo es el asesino Anton Chiguhr, interpretado con convicción, ojeras y párpados palpitantes por Javier Bardem. El segundo, interpretado por Tommy Lee Jones, es el sheriff de un pequeño pueblo de Texas; y el tercero, Llewelyn Moss, interpretado por Josh Brolin, es un joven veterano de Vietnam que un día, cazando, se encuentra con una escena macabra: una venta de drogas que termina en masacre, y un desamparado maletín con dos millones de dólares. Obviamente, Moss siente lástima por la soledad del maletín y se lo lleva a casa –no quiere que los coyotes y lobos del desierto se envenenen con todo ese papel–. Y Chighur, por razones no del todo claras, quiere el maletín.

Este es un territorio que los Coen ya han explorado antes. En Fargo, su gran éxito de 1996 que les valió premios Óscar a mejor guión y edición, el drama también comienza con ambición desmedida y termina con las extremidades de Steve Buscemi convertidas en polvo por una trituradora de madera. Hay una diferencia obvia de escenario: Fargo sucede en Braidland, en el interminable invierno del medio oeste estadounidense, acá lo interminable es el desierto.

Pero más que eso, la diferencia está en la habilidad del criminal. En Fargo, la ineptitud de los criminales es tan impresionante como la bondad ciega de la mujer policía encargada del caso. Acá la maldad de Chighur tiene algo sobrenatural. Parece una plaga bíblica. O la muerte misma. Y ante eso, ¿qué pueden hacer los demás personajes? ¿Qué puede hacer cualquiera?

En una aguda reseña en la revista estadounidense n+1, Ben Rutter habla de cierta contradicción profunda en la novela (también presente en la película): dentro del tono general de McCarthy –básicamente un pesimismo desesperanzado, un suspiro refunfuñante por los viejos tiempos cuando el gobierno no se metía en los asuntos de hombres– un criminal horrorosamente nihilista como Chighur no tiene cabida. El nihilista no tiene esperanza. El pesimista deplora su presente, idealiza su pasado. El nihilista es un agujero negro en donde presente, pasado y futuro colapsan, un tipo que no sabe de añoranzas.

Más allá de la contradicción, la película ha recibido la clase de críticas que los hermanos Coen no recibían desde Fargo. “Muchas de las escenas […] están construídas tan perfectamente que uno quiere que simplemente sigan”, escribió Roger Ebert, el crítico de cine más poderoso en los Estados Unidos (tiene un programa de televisión nacional además de una columna en el Chicago Times). “Y al mismo tiempo crean tal succión emocional que te empujan a la siguiente escena”.

Los elogios para No Country for Old Men comenzaron en mayo, cuando compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes. “Una obra que camina sobre el filo de la navaja, palpitante como una arteria cortada, pero también sutilmente distante”, dijo ingeniosamente Le Monde tras su estreno. Variety también celebró el logro: “Joel y Ethan Coen están en su mejor forma después de algunas obras menos que estelares”. Y sí, obras menos que estelares han tenido en una carrera cinematográfica relativamente abultada, de doce películas en veintitrés años.

Las reglas

Los hermanos Coen nacieron en Minnesota, en el corazón del medio oeste de Estados Unidos, tierra famosa por sus inviernos, por su población de inmigrantes nórdicos, por Prince, Bob Dylan y Terry Gilliam. Los padres de los dos eran profesores universitarios y los muchachos, para divertirse, hacían películas en súper 8. Algunas basadas en cosas que habían visto en televisión, otras en conversaciones que tenían con sus amigos.

Ethan, tres años menor que Joel, estudió Filosofía en Stanford (se graduó con una tesis sobre Wittgenstein) mientras Joel estudió Cine en NYU. Ahí, conoció a otros jóvenes que, como él, estaban comenzando sus carreras. Uno de ellos fue Barry Sonnenfeld, quien hizo la fotografía en sus primeras películas y luego terminaría dirigiendo otras como La familia Addams y Men in Black. Otro fue Sam Raimi, quien actualmente lleva las riendas de la franquicia del Hombre Araña.

En 1981, Joel fue asistente de edición para Raimi en Evil Dead, una película de terror imaginativa hecha con modestos medios que ahora es todo un fenómeno de culto, con tres partes, toda una mitología y miles de seguidores entusiastas.

Fue en esa época, explicaría luego Raimi, cuando surgieron las tres reglas básicas que los Coen usan en sus películas –aunque hay cierta polémica al respecto, porque los Coen dicen que las reglas son de Raimi y no de ellos, aunque al fin y al cabo no importa porque se aplican a las películas de los tres–. La primera regla es: “Los inocentes deben sufrir”; la segunda, “Los culpables deben ser castigados”, y la tercera, “Para ser un hombre, hay que haber probado la sangre”. Tiempo después, Raimi agregó una cuarta: “los muertos deben caminar”. Pero esa sí parece aplicarse solo a Evil Dead. Bueno, en cierta forma a No Country for Old Men también.

Estas reglas tienen algo cómico. Puede que no en sí mismas, pero basta en pensar en los hermanos Coen o en Sam Raimi diciendo cosas así. Son frases que uno podría esperar de Charles Bronson o Lee Van Cleef en una película de vaqueros, de Humphrey Bogart o James Cagney en una de gángsters, pero que en este caso vienen de unos chicos introvertidos y con imaginaciones exaltadas.

La longevidad de la carrera de los Coen no se explica por su imaginación exuberante, su oscuro sentido del humor, su talento visual y el rico lenguaje de sus personajes, es decir, por las cosas evidentes en sus películas. Hay algo más importante que les ha permitido seguir haciendo cine. El gran secreto de los Coen es que son, en términos prácticos, unos tipos sumamente confiables y serios.

Sus películas son de mediano o bajo presupuesto y tienen cierto retorno garantizado en Estados Unidos y Europa. Hay actores famosos a quienes les gusta trabajar con ellos. En el set no improvisan diálogos, piensan por adelantado las posiciones de cámara (algunas desde la escritura del guión) y lo entregan todo a tiempo y con el presupuesto asignado. Han hecho que su imaginación se acomode al lienzo que tienen disponible.

Eso hace que, cuando el resultado no es muy bueno (con, digamos, Crueldad intolerable o The Ladykillers) lo que se pierde no sea mucho. Y que los éxitos cubran los fracasos. De hecho ya tienen dos películas más en línea, una con George Clooney y Brad Pitt sobre “el choque entre los mundos de la cultura de la CIA y la cultura del ejercicio en Washington D.C.”, que acaban de terminar de rodar, y otra sobre una comunidad judía en el medio oeste de Estados Unidos en los años sesenta.

Aunque cabe aclarar que esos reportes hay que tomárselos con una pizca de sal. Los hermanos son famosos por el poco entusiasmo que les tienen a las entrevistas (completamente entendible, dada la escala industrial que ha tomado todo el asunto) y por su tendencia a inventarse asuntos para pasar el tiempo en esas sesiones –una vez Joel dijo que Ethan quería el papel de Tim Robbins en The Hudsucker Proxy y que se la pasaba amargado, repitiendo las líneas mientras Robbins actuaba. Una imagen digna de una película de los Coen.

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