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¿El secreto mejor guardado del arte colombiano?

El cineasta colombiano estrenó en la Documenta de Kassel un documental que, bajo el pretexto de ilustrar la vida y obra de Pedro Manrique Figueroa –el presunto precursor del collage en Colombia–, indaga los convulsos años sesenta y setenta.

2010/03/15

Por María Claudia García

La destrucción del imperialismo norteamericano, o del tigre de papel, como decía uno de los famosos lemas maoístas, fue la razón de ser de muchos proyectos políticos inconclusos que se sucedieron en varios países del mundo durante el siglo pasado. La vida y obra de Pedro Manrique Figueroa, el precursor del collage en Colombia, fue el pretexto al que acudió Luis Ospina para rodar un documental que con ironía pasa revista a la jornada ideológica de su generación, pero sobre todo “a las centellantes incertidumbres de la tradición oral”.

Ospina es un hombre independiente e inmune a los virus dañinos que rodean su profesión. Un día después de estrenarse Un tigre de papel en la Documenta de Kassel, el prestigioso evento quinquenal de arte en Alemania el pasado miércoles 25 de julio, sentado en su apartamento del barrio Palermo de Bogotá, dice que le resulta extraño que Un tigre de papel se estrene en Kassel y no en la sala de un teatro colombiano. La elogiosa invitación no lo asombra: “Me cogió de sorpresa hace menos de un mes. Me dijeron que ahí la estrenarían, tal vez relacionada con la revista Valdez de Lucas Ospina, Francois Bucher y Bernardo Ortiz. Me causa gracia que al estar en un evento artístico se convierta en una obra de arte y no en una película… irónico”. Insiste en que quienes la van a disfrutar son los colombianos. Luego busca un papel con un comentario que él escribió en relación con la presencia de Un tigre de papel en Documenta: “Antes de desaparecer en 1981, el artista Pedro Manrique Figueroa dejó en el hotel Las Nieves un papelito en el que se alcanzaba a leer de su puño y letra esta frase premonitoria: “Mi narración triunfará”. Qué iba a pensar él en ese momento que iba a aparecer en Documenta Kassel veintiséis años después. Él, que había sido rechazado de los Salones de Artistas de su país. Nadie es profeta en su tierra. La ironía de todo esto es que no fue por sus obras que el artista llegó a ese lejano país. Fue por una película sobre su vida. El arte copia a la vida y la vida copia a la televisión”.

Sobre la sombra inverosímil que rodea la existencia de Pedro Manrique, quien tantos calificativos recibe sin que aún pueda definirse quién es, Ospina añade: “La historia es de quien la escribe, en este caso de quien la filma. Narrada tangencialmente, es un pretexto que nos remite a temas, mostrando imágenes, polémicas, influencias, tendencias políticas, debates sobre la función del arte en la sociedad. Es un fresco de un país”.

Un tigre de papel es en sí mismo un collage en donde se yuxtaponen el arte y la política, la verdad y la mentira, el documental y la ficción; fragmentos dispersos, evidencias y relatos recientes de figuras del mundo cultural colombiano como la artista Beatriz González, el historiador Joe Broderick, la escritora Carolina Sanín, el cineasta Carlos Mayolo, sustentan una fenomenal historia. Y traza las pistas de los viajes y correrías de un fantasmal artista y ferviente revolucionario en inesperadas esquinas del mundo.

En su estudio, Ospina decide sacar unos “originales” del ingenioso precursor del collage en Colombia. Estos “pegotes”, como los llama él, se sienten delicados y nostálgicos tesoros de papel cargados de fuertes dosis de política, sarcasmos y lúcida información vigente. Son tan elaboradas sus obras, proyectos, poemas, cartas y relatos, que cuesta trabajo dudar sobre su existencia. Es, como afirma Luis Ospina, “el secreto mejor guardado del arte colombiano”.

“¿Existió, existe? Como en estos fragmentos de memoria”, relata una voz en el documental. Corre el rumor que Pedro Manrique Figueroa desapareció en 1981 después de haber sido rechazado y expulsado del Museo Nacional de Colombia en Bogotá.

Desde el 9 de abril de 1948 cuando Gaitán fue asesinado, comenta el historiador Arturo Alape al inicio de la película, el rumor cobró una importancia fundamental: cerca de siete mil páginas que compilaban rumores contradictorios y asimétricos que narraban el momento del asesinato del líder político más querido por el pueblo. Esa fue toda la evidencia disponible para intentar encontrar la verdad. Rumores ciertos en sí mismos, legados hipotéticos que se convierten en verdades públicas. Y el rumor, como la mentira, es un tema recurrente la película: “Cuando una mentira se repite suficientes veces termina convirtiéndose en la verdad”, se lee fugazmente en la pantalla.

Con este planteamiento Ospina pone en tela de juicio “la evidencia” y utiliza precisamente el documental –formato de evidencias–, para recuperar la memoria de un personaje clandestino y extraviado. Cuenta su historia a partir de un elegante sistema de conspiración iniciado hace varios años por un grupo de artistas colombianos. Y lo sustenta con un espléndido material de archivo conformado por testimonios, documentos, cartas, cine de propaganda, gráficas, entre otras.

Sí, puede ser confuso y sospechoso. Como todo aquello que sucedía en una época en que millones de personas se unieron en el único ideal de cambiar el mundo, después de largos años de guerra en Europa, Asia y la Unión Soviética. Como lo es actualmente el proyecto Irak de la doble administración Bush, o como el enemigo oculto en alguna cueva en las montañas de Afganistán. Pero en aquel entonces el fantasma que recorría el mundo tocó las puertas de Latinoamérica y “el espíritu imitativo del hippismo colombiano”, como apunta una de las voces de archivo en la película, también se congregó en el gran ideal de una época hoy mitificada y ficcionalizada, de la que el director también probó y se deleitó. Con Un tigre de papel Luis Ospina desarrolla una perspectiva que proyecta en sí misma sospechas, con el fin de cuestionar la credibilidad de las prácticas institucionales utilizadas para crear realidades que son aceptadas como auténticas e incuestionables. “Han pasado cuarenta años. Para algunos el sueño ha terminado con la caída del muro de Berlín, para otros con el rumbo que ha tomado Cuba –dice Ospina–. Fueron años de especulación, sospechas, de expectativas y decepciones”. Y aunque se piensa que los sueños de la generación de los sesenta y setenta no solo fueron sepultados sino que fueron en una gran utopía, una de las voces del documental dice entre el humo de un cigarrillo que “la utopía es que el capitalismo puede hacer feliz al hombre”.

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