Germán Jaramillo (La virgen de los sicarios) interpreta a un sacerdote intransigente que no acepta suicidas en el cementererio católico

¿A dónde van los suicidas?

La nueva película del director valluno hace una crítica a la intransigencia de la Iglesia Católica en clave de comedia negra. Arcadia habló con él sobre su intención de contar una historia para creyentes y ateos.

2016/03/17

Por Laura Martínez Duque

En un pueblo paisa, férreamente católico, un hombre se suicida y el nuevo sacerdote  se niega a darle santa sepultura. Los familiares del suicida desafían la orden y consiguen enterrar el cuerpo en el camposanto. El sacerdote, en retaliación, deja al pueblo en “entredicho”: no impartirá ningún sacramento, no se celebrarán matrimonios, ni bautizos, ni misas, ni confesiones.

El pueblo entra en caos. Los niños podrían ir al infierno, los planes de boda se retrasan,  los muertos dejarían este mundo sin recibir los santos óleos de la extremaunción. La Semana Santa se avecina y traería enormes pérdidas económicas de no contar con los servicios religiosos, en fin. Queda de manifiesto que en un pueblo típicamente colombiano, el ministro de Dios es rey y los rituales católicos atraviesan la vida y la muerte de las personas.

La comunidad empieza a presionar a los familiares del suicida para que abandonen la pugna. Pero estos redoblan la apuesta: solo sacarán al cadáver del cementerio si todos los que tienen suicidas enterrados allí hacen lo mismo. Para eso elaborarán una lista de nombres con la ayuda de cualquiera que pueda dar fe de algún caso. Comienzan a revelarse intrigas y secretos, con la vergüenza y el dolor de las familias que mintieron sobre la forma en que murieron sus seres queridos.

La nueva película de Lisandro Duque expone el poder, muchas veces tiránico, del clero en un país como Colombia. El soborno del cielo es una historia auto referencial. El propio Lisandro es Byron, el personaje amigo de la familia del suicida que se toma como propia la causa contra el sacerdote. “La historia real llega hasta la elaboración de la lista de suicidas, luego me tomé licencias creativas porque las cosas que ocurrieron, de las que fui testigo, son peores y hasta inverosímiles. Y yo no quería que la película pareciera una caricatura”, dice Duque.

El actor Wilderman García y Lisandro Duque 

Cuando ocurrieron los hechos, en 1965, Duque tenía 20 años. “La madre del suicida era una mujer fervorosa y muy apegada a la religión.  Después de que se generó el conflicto con el párroco, un día ella fue a misa y el cura desde el púlpito la expulsó de la iglesia delante de todos, diciendo que la madre de un suicida no puede estar en la santa misa y ella  tenía que irse –recuerda el director–, cuando nosotros efectivamente comenzamos a elaborar la lista de suicidas, la Diócesis retiró al sacerdote del pueblo y todo se calmó”.

A partir de ahí, El soborno del cielo se separa de los hechos y se acerca más a la comedia negra. “Yo quería retratar a unos jóvenes radicales en busca de una herejía. No quería hacer una película extremista sobre la religión porque la historia misma fue adoptando una forma de comedia a medida que iba escribiéndola. Los actores y yo nos reíamos de cómo eran las cosas hace 50 años en un pueblo de Colombia”, explica Duque.

Sin embargo, el largometraje sí hace alusiones a episodios oscuros de la Iglesia de los que el director fue parte y testigo en su natal Sevilla, Valle del Cauca: “Hay diálogos en la película que aluden a un hecho concreto, como la quema del pesebre a manos de unos jóvenes radicales. Eso lo hicimos como una forma de reacción ante la opresión de la Iglesia. Teníamos pruebas de que en la época de la Violencia bipartidista de los años cincuenta, el clero había sido cómplice de “los pájaros” del Valle que perseguían y mataban a liberales. Muchísimos liberales de esa región llegaron a Sevilla huyendo de esa persecución y el pueblo comenzó a tener fama de “rojo” y ateo, lo que generó una tensión política con la Iglesia y convirtió a muchos de nosotros en jóvenes radicales que estaban contra la institución”.

Esos jóvenes como Duque se defendieron de la opresión religiosa encontrando su salvación en la cultura, los libros y el cine: “Éramos lectores empedernidos en una época en la que era prohibido leer a Sartre, a Kafka, a Dostoievski o a Baudelaire. Había tanta hostilidad y violencia por parte de la imposición clerical que nosotros buscábamos liberarnos a través de la imaginación. Esos autores nos demostraban que otras formas de mundo y de sociedad eran posibles y existían, pero eso también nos hacía ser radicales”.

El director de Los niños invisibles (2001)  y Visa USA (1985), entre otras películas,  siempre ha sido crítico de la Iglesia y cree que esa institución le debe muchas verdades a la historia del conflicto en Colombia. Pero El soborno del cielo es una película que no quiere agredir a los creyentes. Al contrario, muestra que la pluralidad es posible y necesaria: “La película también le dará una pequeña satisfacción a quienes son radicales contra la Iglesia, aunque realmente es para todos, ateos y creyentes, pues su discurso está reposado en la comedia y surte su efecto con un toque de liviandad”.

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