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El talento invisible

Al año se están produciendo más de 150 cortometrajes nacionales que no se ven en salas comerciales, que tienen en común una mirada oscura, desalentadora, paranoica y que se llevan galardones de los mejores festivales de Occidente. En febrero, Como todo el mundo, de Franco Lolli, ganó en Clermont Ferrand, en Francia, y lo que viene es aún mejor.

2010/03/15

Por Jaime E. Manrique

“Estoy encerrada, me van a matar”, gritaba con su rostro de muñeca de porcelana Noelle Shonwald, mientras aterrorizada intentaba empinarse para botar por la pequeña ventana de un cuarto de proyección de una sala porno un papel amarillo en el que pedía auxilio. En su rostro el miedo parecía indeleble. Por su expresión, por la impaciencia de su mirada y sobre todo por el sudor nervioso en la frente, era claro que la muerte sería su destino inmediato. Y aunque el verdugo aún no aparecía, era evidente que estaba allí. Lo cierto era que ella se había metido en un lugar en el que nadie deseaba estar. Pánico sería la palabra adecuada para describir el estado en que se encontraba.

Historias como esta, de La vuelta de hoja, de Carlos Hernández, que combinan oscuridad, bajos mundos y cierto sadismo, son las que con derroche de talento proliferan en la escena del cortometraje nacional en los últimos años. Su carácter transgresor y arriesgado en los guiones nos revela en cierta medida la psiquis de un amplio número de jóvenes directores necesitados de formas de expresión que les permitan exorcizar muchos tipos de violencias y miedos, a veces pertenecientes al imaginario de sus propias vidas y otras, gracias a la acumulación de terrores mediáticos que hacen su aparición en las historias que narran con la cámara.

“Cuando presenté mi corto en China, en la rueda de prensa, los periodistas no entendían por qué había decidido matar al papá, o mejor dicho, cómo un hijo era capaz de asesinar a su padre a machetazos”, cuenta Rubén Mendoza sobre las múltiples experiencias que ha tenido viajando con La cerca, uno de los cortos colombianos más exitosos, que incluso llegó a hacer parte de la selección oficial de Cinefundation del Festival de Cannes en 2005. En este, padre e hijo se encuentran en el aniversario de la muerte de la madre. Mientras se expresan odios y se recuerdan deudas pendientes a lo largo de caminatas mojadas con aguardiente, se preparan para un desenlace brutal que en vez de dolor, trae consigo una profunda felicidad y una liberación del espíritu: el asesinato del padre y la inmediata desaparición de la culpa.

Por su parte, con un halo de ternura y un desborde de buena técnica, El dragón de Komodo, de José Luis Rugeles y Chuky García, nos lleva de la mano a un patio de juegos sórdido al que los niños no deben acercarse. En esta historia, mientras un niño de siete años busca a su hermana, termina guiado por una suerte de bruja atenta a un jardín de tomates alimentados con la sangre de las cabezas de otros niños. Entre muchos otros, este cortometraje fue parte de la Selección Oficial del Festival de Cine de Shangái.

Más talento y oscuridad para todo el año

Si los anteriores son buenos ejemplos de lo que está sucediendo con el cortometraje en Colombia, habría que mencionar que hace menos de un mes un corto de coproducción colombo francesa, dirigido por el bogotano Franco Lolli, y rodado en la capital, se ganó el premio al mejor corto en el Festival de Cortometrajes de Clermont Ferrand, considerado por los especialistas el “Cannes del corto”. Como todo el mundo ya había sido ganador en diciembre de 2007 del Santa Lucía a Mejor Audiovisual en los premios In Vitro Visual. Esta es una cruda exploración que se sirve de actores naturales, para indagar en la incapacidad de la juventud de entender la difícil situación de las familias de la clase media bogotana, en un país en el que se niega el desempleo desde las estadísticas estatales.

Y el panorama de lo que viene no es tan desolador como las historias. Aun sin estrenarse oficialmente, solo con una exhibición de prueba en el reciente Festival Internacional de Cine de Cartagena, se encuentra En agosto, de Andrés Barrientos y Carlos Reyes. Un corto animado e inspirado en diversas mitologías indígenas, que nos muestra una Bogotá del futuro en la que TransMilenio va por el aire. La ciudad, además, está inundada por una lluvia interminable. Una suerte de mirada apocalíptica que trata de indagar a partir de imágenes arrolladoras en el valor de los recuerdos y las consecuencias del calentamiento global.

Para abril se espera el estreno de Rojo Red de Juan Manuel Betancourt que acaba de presentarse en Fantasporto, el Festival de Cine Fantástico de Oporto, en Portugal. Se trata de la historia de un niño que encuentra los hilos que le permiten desenhebrar el mundo. También para abril Rubén Mendoza exhibirá La casa por la ventana, que se concentra en la locura de dos niñas del campo colombiano luego de un terrible incidente. A mediados de año podremos ver No todos los ríos van al mar, una producción de Jorge Botero en la que una jovencita de Ciudad Bolívar ahoga su soledad a través de un intercambio de cartas, hasta que su compañero de misivas es asesinado y su hermana debe suplantarlo. Y para el segundo semestre de 2008, Carlos Hernández planea la premier de Marina, la esposa del pescador, una producción realizada en el Pacífico colombiano que se pregunta sobre cómo podrían los colombianos cerrar sus heridas para volver a vivir. Y esto es solo una parte de lo que se vendrá.

Sin miedo al mercado

Esta alta cantidad de producciones ha permitido que se encuentren tendencias, se afinen miradas y surjan verdaderos talentos entre los realizadores colombianos. Muchos se ruedan en formato de cine, otros tantos en video, quizá gracias a que el cine en Colombia atraviesa una especie de boom. Sin embargo, los directores que están dando de qué hablar con sus trabajos no son novatos embelesados con otra de las tantas explosiones circunstanciales de cine colombiano –que ojalá dure lo suficiente para construir industria en serio–. Muchos de ellos, entre los veinte y los cuarenta años, son perfectos desconocidos del gran público que están construyendo o ya han construido carreras sólidas en la publicidad o a través de diversos ejercicios personales de corte experimental.

A eventos como InVitro Visual, ventana que reúne alrededor de 350 personas todos los martes en la noche para exhibir nuevos cortos nacionales en un bar en Bogotá, se están presentando cada año por convocatoria más de 150 cortometrajes realizados a veces de manera independiente y otras, gracias a los apoyos de la ley de cine a través de su Convocatoria del Fondo para el Desarrollo Cinematográfico.

La suma de historias de terror, cine negro, el desborde sangriento –de vez en cuando contenido, otras recargado–, el suspenso psicológico o los finales abiertos para dramas familiares intensos que tratan de terminar en la muerte o parecen quererlo, son una muestra de que los jóvenes y en especial los realizadores de cortometrajes no le tienen miedo al mercado, seguramente porque además no existe mercado para el corto en Colombia, lo cual les permite contar historias en las que ponen la piel y el alma sin estar pendientes de lo que dirá el público o si la plata retornará al productor.

Si tuviéramos que clasificar los cortos en Colombia, podríamos decir que existen los Cortos de Negocio y los Cortos en Serio. Los primeros, que se exhiben en salas y les permiten a los exhibidores dejar de aportar al Fondo del cine nacional una gran tajada de sus ingresos, suelen estar hechos por encargo, duran siete minutos, no obligan al público a pensar y son de los que todo el mundo habla pestes. Por su parte, los Cortos en Serio no los ve casi nadie, se ganan festivales alrededor del mundo, suelen no ser para todos los públicos, por lo general duran más de diez minutos y son muchos, muchos más.

En la medida en que su creatividad no está amarrada a compromisos comerciales o a respuestas potenciales en taquilla como en los largos, en los Cortos en Serio no hay miedo, por ello abordan el pánico, la rabia y el dolor sin temor alguno a equivocarse. Por lo general, no son transparentes, no dejan al espectador sin nada en las manos y, de hecho, suelen tocar fibras que desde otras experiencias audiovisuales no se rozan siquiera. El resultado es un cine más valioso y más lleno de verdad que el que proviene desde nuestros publicitados directores de largos –a veces más publicitados que verdaderos directores–. Ese, no cabe duda, es un presente halagador para el cortometraje colombiano.

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