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Ella sabía enamorarlos

’El veneno de las taquillas’, como la llamaron en la década de los años treinta del siglo pasado, cumple un centenario de su natalicio este 12 de mayo. ¿Por qué puso de rodillas a Hollywood y se convirtió en el amor de toda una generación? Homenaje a una diva.

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

Es Cary Grant quien habla, interpretando a un paleontólogo, en Bringing Up Baby: “Ahora bien, no es que no me gustes, Susan, porque después de todo, en momentos de tranquilidad me siento extrañamente atraído hacia ti, pero, bueno, no ha habido momentos de tranquilidad”. ¿Quién será Susan? ¿Por qué causa tanta intranquilidad? ¿Qué actriz podría haberle dado vida? Solo hay una respuesta posible: Susan fue interpretada por Katharine Hepburn, en un papel que casi define lo que fue su personalidad fílmica: agitada, sofocada, veloz, incapaz de una tregua verbal o física. Echando por la borda años de pasividad fílmica en pantalla, lo suyo fue una inesperada revolución femenina que se apuntaló en una personalidad férrea, y que pasó de la vida real al cine casi sin cambios. En su caso no fue la actriz la que se acomodó a los papeles: fueron estos los que tuvieron que adaptarse a su imbatible libertad, a su independencia y temple. Por eso parece ser siempre la misma en sus películas, un prototipo de mujer que era inédito en el cine y que causó escozor y revuelo, pero también instantánea simpatía entre aquellas que encontraban que por fin, desde el celuloide, alguien parecía dispuesto a emanciparse, burlándose de frente de una masculinidad que ella advertía frágil, en una época en la que se suponía –como lo expresa uno de los personajes de uno de sus filmes más famosos, La mujer del año– que “las mujeres deben mantenerse ignorantes y limpias, como los canarios”. Esa no era Kate, símbolo temprano de la igualdad de géneros, creadora de tendencias. “No se parecía a los años treinta, sino a sí misma. Luego las mujeres empezaron a imitarla, y la década se pareció a ella”, dijo George Cukor, quien la dirigió en The Philadelphia Story.

Nunca la guerra de los sexos tuvo un ganador tan claro como cuando Hepburn se enfrentaba a un contendor, llámese Cary Grant, James Stewart, Bogart o Spencer Tracy, invitados incómodos a una batalla donde solo era posible que uno sobreviviera. Su táctica era sorprenderlos y confundirlos con su aplomo y con la velocidad de sus palabras y, una vez sumidos en la perplejidad, despojarlos de todas sus certezas, de su masculinidad, de cualquier atisbo de integridad. No siempre quería demostrar que ella era mejor en todos los campos, a veces lo que pretendía con tal despliegue de fuerza era enamorarlos. ¿Al final se impusieron su estilo y su belleza poco clásica, de figura delgada y rostro anguloso? La respuesta la dio el American Film Institute, cuando en 1999 convocó a más de mil ochocientos líderes de la comunidad fílmica para que eligieran a las más grandes leyendas del cine norteamericano, seleccionadas entre una lista de quinientos actores y actrices. ¿La número uno de la lista? Katharine Hepburn. Mencionemos, como de reojo, que se la nominó doce veces a mejor actriz principal, y ganó en cuatro oportunidades el Óscar en esta categoría.

Había nacido el 12 de mayo de 1907 en Hartford, Connecticut, segunda hija del matrimonio de un urólogo y una activista por los derechos de la mujer. Miembro de una familia adinerada y liberal, Kate tuvo una educación privada y los privilegios de su clase. “Nos criaron con una gran sensación de libertad. No había reglas”, escribe en su autobiografía Me: Stories of My Life.

Interesada por la física, entró al Bryn Mawr College de Filadelfia, y fue allí en donde comenzó a interpretar pequeños papeles en obras de teatro universitarias. Al salir, en 1928, se contactó con un grupo teatral en Baltimore. De ahí pasó a las prácticas de vocalización y dicción con Frances Robinson-Dune en Nueva York. En esa ciudad se vinculó a obras menores padeciendo algunos altibajos propios de su inexperiencia. Su actuación en The Warrior´s Husband obtuvo buena crítica y llamó la atención de Merian C. Cooper, productor ejecutivo de la rko. David O. Selznick no tardó en ofrecerle un contrato y aunque Kate exigió la exorbitante suma de mil quinientos dólares a la semana, la contrataron. La actriz viajó a California en tren para filmar su ópera prima A Bill of Divorcement (1932), a las órdenes de George Cukor. Con su tercer filme, Morning Glory (1933), ganaría su primer Óscar. Tenía apenas 26 años.

El éxito parecía perseguirla, como lo muestran Mujercitas (1933), Alice Adams (1935) y Sylvia Scarlett (1935), su primer filme junto a Cary Grant. Sin embargo, la naciente trayectoria de la actriz no prosperó mucho a partir de ese punto. Hizo una seguidilla de fiascos para la RKO (uno de ellos fue Mary of Scotland, filme que dirigió John Ford, un hombre que nunca le ocultó su amor) y se refugió en el teatro. Pero su carrera en el cine no iba a terminar tan pronto, sobre todo si contaba con los favores de Howard Hughes –otro de sus amores– quien la había seguido en su avión privado a lo largo del periplo teatral y deseaba que la RKO la utilizara de nuevo. El fracaso de Bringing Up Baby (1938), considerada hoy un clásico de la comedia, confirmó lo que todo mundo pensaba: que Kate era “el veneno de las taquillas”. El teatro la acogería de nuevo, para estelarizar allí The Philadelphia Story. El éxito en las tablas le animó a comprar los derechos de la obra y llevarla al cine a su antojo. La película –coprotagonizada por Cary Grant y James Stewart– volvería a ponerla en la cima.

En 1941 le ofreció a la MGM el guión de La mujer del año, a condición de que la película fuera protagonizada por Spencer Tracy, un actor que no conocía, pero cuya trayectoria admiraba. Los presentaría el productor del filme, Joseph Mankiewicz. Durante ese primer encuentro Katharine le dijo: “Me parece, señor Tracy, que usted es demasiado bajito para mí”. A lo que Mankiewicz replicó: “No te preocupes, Kate, Spencer te humillará hasta rebajarte a su altura”. A pesar de las proféticas palabras, estarían juntos a lo largo de nueve películas y veinticinco años de vida. Como pareja harían –entre otras– Without Love (1945), La costilla de Adán (1949), Pat and Mike (1952) y Adivina quién viene esta noche (1967). Nunca se casaron –ambos tenían un matrimonio a cuestas–, pero se hicieron inseparables, a pesar de los golpes del alcoholismo y el comportamiento autodestructivo del actor, que tanto la hicieron sufrir. Spencer Tracy la humillaba en público, le hacía permanentes reclamos y aunque ella se alejaba por períodos, siempre regresaba para salvarlo de él mismo. El actor moriría entre sus brazos en 1967.

En 1951, a las órdenes de John Huston, coincidiría con otra de las más grandes estrellas de Hollywood, Humphrey Bogart, en La reina Africana. Era fácil suponer que las personalidades díscolas de Huston y Bogart terminarían por impacientar a la actriz, quien escribió un libro relatando la experiencia. Aunque el título del texto, El rodaje de la reina africana o de cómo fui al África con Bogart, Bacall y Huston y casi pierdo la cabeza, hace suponer que todo fue un caos: la verdad es que Kate rememora con cariño esos días en el Congo y en Uganda, adobados por los desplantes del director, más interesado en la caza mayor que en el rodaje del filme. A partir de entoces empezaría a interpretar a mujeres excéntricas, solteronas o de intenciones poco diáfanas, tal como se ve en Summertime (1955), The Rainmaker (1956), De repente el verano (1959) y Viaje de un largo día hacia la noche (1962).

Nunca se detuvo. La edad madura le permitió seguir trabajando en el teatro, en la televisión, le dio tres premios Óscar adicionales y la oportunidad de vivir hasta los 96 años, cuando falleció en Fenwick, su casa familiar en Connecticut. La gran dama se había ido, pero su legado estaba ahí para quedarse con nosotros: “Es extraño ser un actor de cine. El producto sale, es popular o impopular, o algo a mitad de camino. Y siempre es para mí una parte real de mí misma. Quiero decir que representa mi propia decisión de hacerlo: ¿Fui sabia? ¿Fui tonta? Nunca he tratado de hacer algo solo por dinero. Lo hago porque amo la idea y los personajes. Y es grandioso cuando a la gente le gustan y los hace suyos. Esa es la recompensa real”.

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