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En los zapatos de Will Eisner

El estreno de The Spirit en Estados Unidos supuso la reunión —virtual— de dos épocas de las historietas: el glorioso pasado, cuando los periódicos pagaban miles de dólares por los dibujos de Will Eisner, y este presente oscuro, cuyo protagonista no podía ser otro que Frank Miller. En febrero, estreno en Colombia.

2010/07/02

Por Ricardo Silva Romero

Frank Miller se ha puesto en los zapatos de Will Eisner: esa es la noticia que no deja conciliar el sueño a aquellos que duermen en el mundo paralelo de los cómics. Y significa esto: que el más exitoso narrador de historietas de los últimos treinta años se ha atrevido a dirigir la versión cinematográfica de una famosísima tira cómica, The Spirit, creada por nadie más y nadie menos que el hombre que hace más de medio siglo se inventó las novelas gráficas como las conocemos. Así es. No es cualquier película. Pone a dialogar a dos maestros norteamericanos del género. Parte de una popular serie de viñetas que ayudó a sentar las bases de todas estas historias de superhéroes que no quieren dejarnos en paz. Y acaba de probar que el cine ha entrado en una era dominada por los computadores. Quienes mejor se enteren del asunto, quienes tengan claros a Miller, a Eisner y a The Spirit, se descubrirán contando los días para el estreno. Quedan ocho semanas para el 9 de febrero.

Miller lleva tres décadas en el oficio de poner a hablar a los dibujos: se ganó su prestigio en los círculos especializados, en los años ochenta, dibujando puestas al día de las aventuras de Batman, Daredevil y Wolverine; alcanzó estatus de novelista gráfico de culto gracias a los seis volúmenes de una refinada tragedia de samuráis titulada Ronin; pasó a ser un dios menor del universo de los cómics apenas publicó la primera entrega de la saga negra de Sin City; se dio cuenta de quiénes estaban a favor y quiénes en contra de su estilo (ciertos analistas lo han criticado por reaccionario) cuando recreó, en 300, la heroica batalla de las Termópilas; y en la entrada del nuevo siglo se convirtió en una verdad de dominio público, dejó de ser un narrador idolatrado en el incierto submundo de los coleccionistas, una vez sus historietas empezaron a transformarse en taquilleras superproducciones de Hollywood.

Toda su vida admiró a Will Eisner. Nunca ocultó que lo quería como a un maestro. Reconoció su influencia, en público, cada vez que pudo. Y hacia 2002, tres años antes de enterarse de su muerte, se sentó a hablar con él de la misma manera en que François Truffaut se sentó a hablar con Alfred Hitchcock: como si no se tratara de publicar un libro de conversaciones (el título es Eisner/Miller) sino de preguntarle a un oráculo los secretos del oficio.

Eisner, que le dedicó 70 de los 87 años que vivió a lo que denominó “el arte secuencial”, ha sido llamado cientos de veces “el Orson Welles del cómic” porque exploró —en una docena de volúmenes que retratan la vida triste de los inmigrantes en Nueva York— todas las posibilidades del lenguaje. Se hizo rico antes de los 22 dibujando historietas para aliviar al público de la era de la depresión; se dio a conocer durante la Segunda Guerra Mundial, una de las tres que vivió en el lugar de los hechos, gracias a una serie de magazines que publicó sobre las minucias de la vida militar; popularizó el término “novela gráfica” en la contraportada de aquel libro de 1978, el personalísimo A Contract with God, en el que ya podía admirarse ese estilo que combina la pasión por el detalle, propia de los grabadores del renacimiento, con la compasión por los personajes presente en la literatura realista del siglo XIX; y en 1988, varias novelas gráficas después, les dio las gracias a sus colegas por ponerle su apellido “al Óscar del cómic” que se inventaron para premiar a los profesionales de la industria.

Eisner sigue siendo, tres años después de su muerte, el hombre al que debe pedírsele permiso si se quiere dedicar la vida a narrar en forma de historieta. Y la verdad es que semejante obra no hubiera sido posible si a finales de 1939 no se le hubiera ocurrido The Spirit.

Se le ocurrió porque le pidieron que se le ocurriera. Los diarios querían sacarle partido a la fiebre por los cómics que se vivía en los Estados Unidos de aquella época. Querían que la gente comprara el periódico cada domingo en busca de las aventuras de algún superhéroe tan popular como Supermán o Batman. Pensaron entonces que Eisner, para ese momento un ilustrador respetado, era el hombre que podía imaginarse el personaje que estaban buscando. Y así fue. Nadie quiso perderse un solo cuadro de The Spirit desde la primera edición. Porque no fue cualquier protagonista el que Eisner pensó ni cualquier mundo el que se le vino a la mente. Se trataba de un enmascarado honorable, enamorado honestamente de todas las mujeres, que regresaba del mundo de los muertos siempre que lo necesitara alguien en peligro. La gran ciudad que se asomaba en las viñetas, que pronto se convertiría en la metrópoli de la novela negra, era tan dura como la ciudad verdadera.

Y lo mejor de todo era, sin embargo, la mirada a los dramas de sus habitantes anónimos: el superhéroe del sombrero azul, el tal The Spirit, era casi un personaje secundario en esos relatos hondamente humanos en los que la ironía era sustituida por el humor ligero, la tragedia se transformaba en comedia romántica y la violencia se volvía tristeza cuando se pasaba a la página siguiente.

Quizás por eso, porque lo importante de la tira cómica ideada por Will Eisner era la dolorosa vida diaria (las deudas, las disputas familiares, las enfermedades), habían fracasado todos los intentos de llevar a The Spirit al cine. Se quiso filmar una versión animada a mediados de los sesenta. Se grabó un piloto para televisión en 1987. Pero solo hasta los funerales de Eisner, empujados por el éxito de las más recientes películas de superhéroes, los dueños de los derechos para el cine se atrevieron a proponerle a Frank Miller que se hiciera cargo de la adaptación. Era enero de 2005. Todo el mundo en Hollywood había oído que Miller se había arriesgado a acompañar al cineasta Robert Rodríguez en la dirección de la versión cinematográfica de su cómic más célebre: Sin City. Era un secreto a voces que el resultado era maravilloso: una escalofriante suma de viñetas en movimiento.

Frank Miller dijo que sí al ofrecimiento, según confesó a Los Angeles Times, porque “adoraba a Will Eisner”. Así que mientras Sin City se convertía en una de las producciones más rentables de 2005, mientras él mismo se trasformaba en el narrador gráfico más popular de estos últimos años (ganador, entre muchos otros, de doce premios Eisner), Miller se embarcó en el proyecto gigantesco de adaptar The Spirit con la idea de que el mejor homenaje que podía hacerle al autor que tanto admiraba era contar la historia del superhéroe fantasma con la urgencia, el colorido y el sentido del riesgo con la que había sido creada. “Esto no es una antigüedad, no, es algo nuevo, fresco y vital”, le da dicho a la prensa en estos días en los que se ha visto obligado a promocionar la primera película que dirige en solitario. “Siempre compartí con Will el esfuerzo constante por no crear cosas destinadas a ser reverenciadas: esta pondrá iracundos a muchos”.

The Spirit fue filmada con las técnicas aprendidas en las versiones cinematográficas de Sin City y de 300: lo que significa que Miller terminó la versión final del guión, a comienzos de 2006, con el fantasma de su mentor mirando el resultado por encima del hombro; todos los actores, estrellas como Gabriel Macht, Samuel Jackson, Scarlett Johansson, Eva Mendes y Paz Vega, interpretaron sus papeles en un estudio con una pared verde a sus espaldas; y meses después se agregaron por computador, sobre los fondos verdosos, las escenografías, las atmósferas amenazantes y los efectos especiales. Hubo una gran sorpresa al final del proceso: en los últimos días en la sala de montaje, cuando tuvo la impresión de que se había apropiado más de la cuenta del mundo de Eisner, que se le había ido la mano en la oscuridad, Miller se preocupó por darle al largometraje ese humor de buen corazón, esa mirada solidaria a las jornadas más patéticas del hombre, que fue desde el principio la marca de estilo de su amigo.

Y ahora quedan menos de sesenta días para que sea estrenada, en casi todo el planeta, la interpretación que ha hecho de The Spirit. Y los espectadores más impacientes, que respiran, comen y duermen en el mundo de los cómics, han declarado tanto su emoción como su preocupación. Porque sí, claro, pronto podrán presenciar el verdadero encuentro de los dos maestros norteamericanos del género. ¿Pero podrá Frank Miller, al menos por esta película, dejar de ser ese dibujante fascinado por la violencia que corre por la sangre? ¿Sepultará al complejo mundo de The Spirit, esa extraña mezcla de novela negra, comedia de costumbres y relato fantástico, bajo las sombras trágicas de Sin City? ¿Respetará los dilemas del enmascarado enamoradizo? ¿Le quedarán bien los zapatos de Eisner?

Miller solo se atreve a decir esto: “Sé de primera mano que a Will le habría gustado”. Pero la verdadera respuesta es la película.

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