Fotograma de la película.

Un western de amor y paramilitarismo representará a Colombia en los Óscar

Hablamos con Iván Gaona, director de 'Pariente'.

2017/09/19

Por Sara Zuluaga García

Cuando Iván Gaona proyectó Pariente en Güepsa, Santander, su pueblo natal, sus habitantes se concentraron en el parque principal para ver una historia de amor y conflicto y para, además, ver su debut en la pantalla grande, representándose a sí mismos, o al menos a personajes similares. La propuesta de contar a Colombia desde sus entrañas, y de quitar el polvo que reposa sobre la idea que tenemos de víctimas y victimarios, fue lo que hizo que la película fuera seleccionada como la cuota colombiana en los premios Óscar.

Iván Gaona nació en 1980 y, según él, llegó al cine de forma tardía; estudió Ingeniería civil y montó un cine club en la universidad, lo que lo llevó a revisar autores y a buscar lo que se hacía en su pueblo. Al hacerlo se encontró con un grupo entusiasta que tenía inquietudes, pero pocos espacios para expresarse a través de las imágenes. Ese espacio ausente en su pueblo fue lo que lo llevó a tomar la decisión de dedicarse al cine: “Había un proceso discursivo ahí que yo quería explorar”. En el marco del X Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, Arcadia habló con él.

Usted tiene una productora llamada La Banda del Carro Rojo, que se dedica a realizar cine independiente. ¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar lejos del circuito masivo?

Desde La Banda del Carro Rojo siempre hemos pensado que debería haber una comunión entre una propuesta autoral y propuestas más entretenidas. Sentimos que esta nueva generación, de la que hacemos parte, tiene posiciones autorales muy fuertes, que de alguna manera han generado una desconexión con el público. Entonces nosotros sentimos que finalmente la tarea del contador de historias se completa con el encuentro con el púbico, y es el público colombiano con el que uno quisiera discutir sus contenidos. Si estas posiciones radicales se profundizan se va a seguir generando esta desconexión. Hemos tratado de trabajar buscando que el poder emotivo tenga acceso a un público más grande.

En la película participan actores naturales. ¿Qué es lo valioso de ese trabajo actoral y qué retos conlleva?

Hace unos siete años que empezamos el proceso de trabajo en mi pueblo y sus alrededores. Teníamos como referentes el trabajo de Ciro Guerra y Juan Pablo Félix, y sobre todo el trabajo de Víctor Gaviria. Empezamos de forma ingenua a buscar personas de nuestra región para de alguna manera empoderarlas, para que se interpretaran a ellos mismos o hicieran de personajes similares a ellos mismos. Ha sido un proceso de prueba y error. La experiencia de hacer cortometrajes en la región les llamó poderosamente la atención: de a poquito la gente se fue entusiasmando. En 2010, que hicimos el primer corto, nadie llegó al casting, y en 2016 ya ni cabían las personas. Ha sido una respuesta muy positiva la de la gente: el pueblo se sintió incluido en la memoria de los cortos que hacíamos. Todos querían estar presentes en algo que hablaba de su pueblo. En el largometraje sucedió lo mismo, a mayor escala.

¿Cómo ha sido pasar de cortometraje a película en términos narrativos?

Lo más complicado fue la escritura del guion. Un largometraje implica una estructura narrativa más compleja: líneas dramáticas primarias, secundarias y terciarias que pueden destruir la línea central, entonces el reto fue mucho más grande, y desde la dirección y la producción, significó apostarle a esa fuerza emotiva en un tiempo mucho más largo. Lo más difícil de hacer una película es mantener mentalmente la coherencia de un hilo narrativo que se construye en desorden.

En la película hay una historia de amor. ¿Cómo mezcla usted narrativamente las tragedias íntimas con las colectivas?

Lo que nosotros quisimos fue explorar el efecto violento de un movimiento paramilitar, un evento clandestino y fuera de la ley, en una población. Ese efecto paramilitar genera unas consecuencias que son intangibles y difíciles de medir y son la forma en la que respondemos ante el amor, ante la verdad. Lo que sucede en el país ha generado cambios en cómo la gente reacciona ante las formas de la cotidianidad. Finalmente las grandes tragedias de la historia del hombre suceden en el nicho de una pareja: una mujer que traiciona, un hombre que olvida, un papá que se venga, esos son efectos de fuerzas externas y generan las grandes tragedias del mundo.

La película sugiere una idea: somos la música que escuchamos o que dejamos de escuchar. ¿Cómo llega usted a esa premisa?

Eso, que en efecto se plantea en la película, viene de una investigación que estamos haciendo sobre los distribuidores y exhibidores de cine itinerante en Colombia que en los años 70 y 80 anduvieron por todo el país. En esos años llegaron muchas películas de otras partes del mundo, sobre todo mexicanas, y se montaron oficinas de distribución. Una empresa que se llamaba Pelmex tuvo un gran emporio en Bogotá y creó el Teatro México. Esas películas las alquilaban en una bodega y había gente de todo el país que se iba en un willys y alquilaba la película: se conseguía un proyector de 16mm, unas cornetas y se iba por todo el país proyectando películas. Mi papá me contaba que él veía mucho cine de vaqueros. Investigando, rastreando el efecto de esa empresa Pelmex, nos dimos cuenta de que las películas que llegaron a Santander fueron diferentes a las que llegaron a Antioquia, al Eje Cafetero, a la Costa. Encontramos ciertos rasgos de qué fue lo que se vio en cada parte: el cine mexicano caló fuerte en ciertas regiones, y este desde luego está conectado con la música ranchera, que está directamente relacionada con una mirada machista del mundo. Entonces esa tesis sale de ahí: de pensar que ese cine que se mostró en ciertas partes y que dejó plasmada cierta música, perfiló unos comportamientos en la gente que hicieron que nos diferenciáramos como regiones. Es una cosa difícil de comprobar pero es una idea que está ahí para discutir.

¿Cuál es su misión como realizador, entendida a la luz de la situación actual del país?

En términos concretos el arte no tiene ninguna misión, pero en la complejidad de nuestra sociedad es una oportunidad desperdiciada no tener un propósito como realizadores. La realidad colombiana es tan difícil que hay que aprovechar la herramienta de una voz cinematográfica que puede llegar a muchas personas y perdurar en el tiempo y en la memoria: sería una bala perdida no aportarle nada al discurso social. Creo que el papel de la cinematografía en Colombia consiste en discutir en todos los escenarios sociales, plantear ideas en torno a cómo funciona nuestra sociedad ante la emoción y los problemas que tenemos. De alguna manera, sin que uno quiera, cada película tiene una postura política, y eso implica que uno tenga que ser serio frente al oficio: No es una cosa de entretenimiento, el cine forma.

¿Cuáles son sus referentes estéticos?

Primero, el cine wéstern. También autores de cine contemporáneos como Víctor Gaviria, Ciro Guerra, Juan Andrés Arango, Pedro Almodóvar. También tengo referentes musicales, literarios, desde lo más tradicional como Carrasquilla, hasta Daniel Ferreira: autores que componen un panorama discursivo del país y que ayudan a buscar una voz para hablar de nosotros mismos. Una de las cosas erróneas en el oficio es tratar de imitar lo que se hizo en otro país. Cada país tiene su lógica propia, y habrá que encontrar una voz personal para poder contarlo.

¿En qué pensó cuando se enteró que Pariente sería la cuota colombiana en los Óscar?

La primera reacción es de sorpresa, de incredulidad, porque las películas con las que estábamos compitiendo son de grandes autores. Estaba la de Víctor Gaviria, que es un referente para mí y para todos los que hacemos cine. Cuando llegó la noticia, creí que me estaban mamando gallo. Después sentí una sensación muy bonita porque es pensar que a un grupo de personas que hacen parte de la academia colombiana de cine, que discuten sobre el oficio, les parece que la película tiene un perfil apropiado para representar al país en espacios de ese nivel. También sentí orgullo de pensar que lo que hicimos tiene un valor estético y cultural, y que tiene un poder narrativo que soporta lo que se está haciendo en Colombia.

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