Foto cortesía de: Ficci 2015

El problema con la gente de bien

El director colombiano Franco Lolli hace una radiografía mesurada y aguda de la desigualdad social en Colombia con Gente de bien, su primer largometraje. Arcadia habló con él.

2015/03/16

Por Christopher Tibble

Eric (Brayan Santamaría) tiene alrededor de trece años y vive en un inquilinato en el centro de Bogotá con su padre, un carpintero endeudado. La relación entre los dos no es buena. Eric resiente su mediocridad y su indolencia. El padre, por su lado, intenta establecer contacto. La cotidianidad de ambos transcurre despacio, la relación fluctúa, se ríen, pelean, sacan al perro, incluso se avecina la posibilidad de una mejor vida. Durante el día, cuando no está en el colegio, Eric lo acompaña a la casa de una mujer de clase media alta.

Allí, mientras su padre arregla los muebles, entra en contacto con un niño de su misma edad, pero de un mundo distinto. Surge, entonces, una amistad genuina pero también matizada por las diferencias sociales. Las similitudes (y las diferencias) entre ambos son puestas a prueba cuando la mujer invita al padre de Eric a trabajar unos días en la finca. Con el paso de los días, la señora empieza a preocuparse por Eric y decide tomar, para la sorpresa de todos, una serie de medidas para mejorar su vida.

El primer largometraje de Franco Lolli parece encaminado a lograr tantos éxitos como sus cortometrajes. Como todo el mundo (2006), su primer corto, ganó 26 premios y Rodri (2011), su segundo, participó en el Festival de Cannes, entre otros. Hasta el momento Gente de bien ha estado en varios festivales, incluido el de Lima, donde ganó Mejor película, y es uno de los favoritos a llevarse el máximo galardón en Cartagena.

 El éxito de la cinta se debe en parte a su estilo realista, despojado de sentimentalismo y lugares comunes. Con un guion simple, al que los actores jamás tuvieron acceso, y una gran actuación de Alejandra Borrero, la película triunfa donde la mayoría falla: cuenta una historia sin juzgar. Se acerca a una situación particular, la observa y luego la dejar ir, con la certeza de que el público la interpretará a su manera. Sin duda alguna, se trata del cine colombiano que vale la pena ver.

Gente de bien debutó en Cannes, ha estado en varios festivales, y esta semana se estrenó en Colombia durante el Ficci. ¿Pensó que le iba a ir así de bien?

Estoy agradecido pero no sorprendido. Ya tenía una relación grande con Cannes en el sentido de que Rodri, uno de mis cortos, estuvo allá en 2012 y que había escrito una película con la fundación de ese festival. La esperanza de estar allá era grande, pero es una lotería. Estoy muy contento porque pude volver a muchos de los festivales a los que había ido con mis cortos, como al de San Sebastián, y a su vez participar en otros que no conocía, como el de La Habana y el de Londres.

¿Cómo siente que ha sido recibida acá?

La sensación que me da es que ha sido bien recibida. Que tanto el público como la gente del medio se sorprendieron con la película, como si esperaran otra cosa, pero no se bien qué. Mucha gente me habló de la naturalidad y la cotidianidad de la película y que les sorprendió ver eso en una película colombiana.

Debe ser difícil hacer una película que parezca natural cuando los protagonistas son niños.

No me parece que trabajar con niños sea más complicado que trabajar con adultos. Es diferente, porque ellos no hacen lo que uno les pide. Brayan, el protagonista, actuó bien en todas las escenas pero muchas veces actuó lo contrario de lo que le pedía. Un adulto va a intentar complacer. Muchas veces lo hará bien, pero muchas veces no. Tratar con niños, además, es tratar con gente manipuladora.

¿Cómo surgió la idea de hacer Gente de bien?

Después de Como todo el mundo, mi primer corto, muchos productores franceses me propusieron hacer una película. Finalmente escogí uno y nos pusimos a ver qué película hacíamos juntos pero en ese momento no estaba listo para hacer un largometraje. Entonces me puse a escribir dos cortos y al no lograr conseguir la financiación para realizarlos retomé la película.

¿Y la película está inspirada en esos dos cortos?

En ambos estaba en el centro la relación entre un padre y un hijo, como en Gente de bien. Me di cuenta de que esa relación me importaba mucho y entonces me senté a ver qué historia me salía y me salieron tres: una sobre una adolescente millonaria, una sobre una empleada de servicio y la que escogí.

¿Por qué es tan importante para usted esa relación?

Es importante porque yo nunca conocí a mi padre. Él murió antes de que pudiera conocerlo. Durante toda mi vida pensé que eso no era grave, que no me había marcado. Pero el hecho de que todas las películas que estaba contemplando hablaran de eso, era prueba de que sí era algo que necesitaba sacar y mirar de frente.

La película también tiene un enfoque social. ¿Se puede leer como una crítica a la desigualdad en el país?

Absolutamente. El choque entre clases en Colombia siempre me ha parecido muy violento. La película es tanto una crítica a la desigualdad como a la gente que intenta crear igualdad de forma irresponsable. A mi me aterra como en este país los ricos tratan con tanta displicencia a los pobres.

En ese sentido, ¿se trata de una película que va a impactar más al público colombiano?

La película está dirigida a la audiencia del mundo en general. Pero evidentemente me importa más lo que le llegue a los colombianos que a cualquier otra persona. En algún sentido no la veo como una crítica, sino como un cuento que viene a mostrar la dificultad de encuentro entre las clases y a intentar decir que debería ser de otra forma, sin decir cuál es esa otra forma. 

¿Se puede decir que tiene una parábola?

Es muy difícil pretender que solo haya un mensaje en una película. Si hubiera solamente uno lo escribiría y no haría la película. Entonces hay varios mensajes, a veces hasta contradictorios. Hay sobre todo una forma de expresar un descontento con la situación de las clases, pero al mismo tiempo de querer a todos los personajes. Por ejemplo, yo siento que no juzgo ni a los ricos ni a los pobres y no me atrevería a hacerlo. Juzgar para mí es decir que alguien está mal. Yo no digo eso de ninguno de los personajes. Ni del papá, ni del niño, ni de la señora.

Esa ambivalencia y falta de juicio se resalta en algunas escenas en las que Eric juega con los niños ricos. Por momentos parecen todos iguales y después, de repente, se siente la barrera y entran en juego los roles sociales. ¿Eso fue a propósito?

Claro. Creo que esa barrera entre clases puede desaparecer porque en últimas es una construcción nuestra. Recuerdo que cuando rodábamos algunas de las escenas, los niños, que en la vida real son de las clases sociales que representan en la película, estaban felices de descubrir otro mundo y otro lenguaje. Y eso viene de recuerdos míos, de haber pasado momentos con el hijo de un carpintero que venía a la casa. De ellos aprendí muchísimo de la vida y de cosas que no tenía por qué saber pues vivía en una burbuja entre el Liceo Francés y las Torres del Parque. El problema es que la construcción social es tan fuerte en Bogotá que a veces se hace imposible penetrar esos muros impuestos por la tradición.

Sobre todo con los adultos. 

Es mucho más difícil con los adultos porque los niños todavía tienen la ingenuidad de ver la realidad como es y no como nos la presentan otras personas. Y la realidad es que todos somos seres humanos. La prueba es que cuando un niño que nace en un estrato bajo lo adoptan y crece en una clase social más alta, es exactamente igual a los otros niños. En ese sentido la sangre no significa nada y en ese sentido los niños son más inteligentes que los adultos.

A pesar de los temas que trata, la película tiene mucho humor. ¿El humor es importante para usted?

Me alegra mucho que la gente se ría. Primero, porque me gusta reírme cuando voy a cine; segundo, porque me consideró alguien con humor aunque a veces me cuesta ponerlo en mis películas; y tercero, porque esa es la prueba de que es una película entretenida. Si bien es una película de autor, el hecho de que la gente se ría demuestra que no está restringida a un público específico. Siento que cualquiera la puede ver y disfrutar.  

¿Cuáles son sus referentes principales cuando hace cine? 

Uno de mis directores favoritos es Maurice Pialat. También me gusta mucho John Cassavetes. En mi cine creo que hay algo de Lucrecia Martel, sin que sea una cineasta que me apasione, algo de Pablo Trapero, de David Lynch, aunque no se note, y algo de Terrence Malick.

Su película se siente muy natural y orgánica. ¿Cómo es su estilo a la hora de dirigir?

Soy absolutamente perfeccionista y quiero controlar todo. Pero el método para llegar a eso es a través de una improvisación enorme. No le doy el diálogo a los actores. Tampoco el guion. A partir de lo que escribo improvisamos y encontramos la escena juntos. A veces hago cuarenta tomas de una escena y es interesante en ese momento reflexionar: cuando se improvisa tanto, ¿qué tanto se sigue improvisando?

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