Foto cortesía de: Ficci 2015

“Darles voz a los marginados me motiva a hacer cine”

Famoso por sus películas de carácter social y por sus escenas confrontadoras, Pablo Trapero, uno de los exponentes más importantes del nuevo cine argentino, conversó con Arcadia en el marco del 55 Ficci.

2015/03/15

Por Christopher Tibble

Mundo grúa (1998), su primera cinta, una meditación sobre la cotidianidad de un trabajador en Buenos Aires, apareció en un momento discreto del cine latinoamericano y convirtió a Trapero en un referente indiscutible tanto en Argentina como en muchos países del continente. El reconocimiento mundial le llegó cuarto años más tarde con el estreno en Cannes de El bonaerense, cinta que retrata la historia de un humilde cerrajero que decide convertirse en policía.

Desde entonces ha realizado seis películas en las que explora realidades crudas y a menudo desapercibidas, desde la maternidad en las cárceles hasta el bajo mundo de los accidentes de tránsito y sus millonarias indemnizaciones. Con motivo de celebrar su carrera, el Festival Internacional de Cartagena realizó una retrospectiva de su obra.

Su cine tiene elementos del neorrealismo italiano: se filma al aire libre y examina la cotidianidad de gente que de otra forma no tendría voz. ¿Ese movimiento se puede considerar una de sus influencias?

Dar un espacio a temas que están olvidados, que no están en la tapa de los diarios, y que son importantes porque nos ayudan a ver elementos de la realidad que de otra manera nos resultaría más difícil es para mí muy importante. Eso claramente lo aprendí con el neorrealismo italiano pero también con Chaplin y el cine clásico. Creo que abrir un espacio en aquella pantalla descomunal e hipnótica que es la pantalla del cine a temas fuera de la agenda es fundamental. Esa búsqueda por darle voz a gente marginada es lo que muchas veces me moviliza y me motiva a decidir por una historia o por otra.

En algunas de sus películas son recurrentes las escenas sangrientas. También abundan cicatrices, tatuajes, marcas. ¿Por qué?

Me gusta la idea de estar cerca de los personajes. Sus cuerpos también hablan mucho por ellos. Sus marcas y sus pasados también. Me gusta mucho tener cercanía con ellos pues esa cercanía es lo que nos permite emocionarnos con ellos. Cuando son historias que están muy lejos de nuestras experiencias como espectadores, esas marcas generan parte de esa familiaridad.

¿Para que el público se identifique?

A mí lo que me gusta es que la gente recuerde a los personajes como un familiar. Que incluso uno lo pueda cuestionar como un familiar que quiere pero con quien no está de acuerdo. Fantaseo con esa relación entre el público y los personajes. Me ha pasado como espectador y se que le puede pasar a cualquiera. A mí me gusta mucho cuando me pasa eso.

 

El barrio donde usted creció tiene fama de ser complicado. ¿Influenció su trabajo?

 Supongo que un montón. Mi película El bonaerense está filmada en ese barrio. Es un lugar que sintetiza mucho los que son para mí una gran parte de nuestros problemas en Latinoamérica: el nivel de injusticia y de indiferencia y de realismo mágico en un mismo barrio. El lugar del que estamos hablando se llama La matanza pero la localidad se llama San Justo y ese lugar parece un chiste de guionista. Se llama San Justo pero es una de los lugares menos justos de Buenos Aires.

Hoy Ricardo Darín no solo es un referente argentino, sino también latinoamericano. Usted lo ha dirigido en dos películas: Carancho (2010) y Elefante blanco (2012). ¿Cómo ha sido trabajar con él?

Muy bien. Ha sido una experiencia muy linda. Es un autor muy participativo, muy curioso. Le gusta mucho el hacer cine. Conoce elementos técnicos que muchos actores no saben manejar. Entonces siento que en ese sentido hacemos muy buen equipo porque en ambas películas tuvimos situaciones muy demandantes a nivel dramático pero también muy demandantes en lo técnico, con planos complicados. Situaciones que son muy complicadas si no se tiene un actor que comprenda eso. Nos hemos hecho amigos y sin duda haremos más películas en el futuro.

En el festival se le está haciendo una retrospectiva. ¿Lo ha hecho reflexionar sobre su cine?

Es interesante. Yo nunca vuelvo a ver mis películas salvo en el estreno o en un festival. Las veo muchas veces mientras las estoy haciendo y cuando tengo tiempo para ver películas hay tanto cine por ver que prefiero ver el de otros. Por supuesto reflexiono para avanzar pero no las veo, en parte porque siempre pienso que pude haber hecho mejor las cosas.

Cuéntenos de su más reciente proyecto.

Se llama El clan. Es una película que ahora mismo está en posproducción, habla de la vida de una familia, es un caso real que sucedió en Argentina y la película cuenta del año 82 al 85, que son los últimos dos años de la dictadura en Argentina y los primeros años de la democracia. Es sobre una familia que secuestraba gente de su propio entorno social en San Isidro, que es una zona muy bien acomodada, muy tranquila entre comillas, afuera de los problemas habituales de Argentina. Me interesó porque es una historia increíble sobre unas personas que secuestran gente de su propio entorno.

El festival de cine de Cartagena ha tenido un resurgimiento en los más recientes años. ¿Usted cómo lo ve desde afuera?

Lo percibo como un festival que es conocido como el más viejo del continente pero que en los últimos diez años o un poco más se ha sentido más su presencia, su referencia, por fuera de Colombia. De hecho, mis amigos y colegas que han venido se llevaron una muy buena imagen del festival. A mí me habían invitado hace mucho pero por cuestiones de agenda y trabajo se me hacía muy complicado. La verdad que mis pocas horas acá han sido muy lindas, la gente es muy amable.

En Colombia hay un problema y es que la gente casi no ve cine nacional. ¿En Argentina pasa lo mismo?

En Argentina se hacen en promedio 100 películas al año y las que pueden considerarse un éxito con suerte serán 3 o 4. Entonces depende de donde se mire. Si se mira desde la cantidad de películas que se hacen y la cantidad de gente que las ve, se puede decir que va mal. Pero si lo uno lo ve desde la cantidad de público que va a ver esas 3 o 4 películas particulares, se puede decir que está mejor que en otros años.

¿Qué se puede hacer para mejorar la exhibición de esas otras películas?

Es complicado. Creo que nos queda revisar cómo se muestran y en qué orden. No solo tenemos el problema en las salas, sino después, cuando llegan a la televisión. Me parece que siempre ha sido difícil y no solo es un problema en América Latina. Sin embargo, considero que en los últimos años se puede hablar de una revitalización en nuestro cine, han aparecido miradas concretas de muchos directores y eso es bueno.

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