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Esas vedettes sangrientas

Se acaba de estrenar en Europa El complejo Baader Meinhof, una película que tiene a Alemania enfrascada en una dolorosa polémica. ¿Es necesario acabar con los mitos del pasado? ¿Es justo reducir los ideales de aquella izquierda radical a un puñado de estúpidos asesinos?

2010/06/30

Por Camilo Jiménez

Todo comenzó con un muerto. En la noche del 2 de junio de 1967, el estudiante alemán Benno Ohnesorg, de 27 años, había decidido asistir a la primera manifestación de su vida. La masa de manifestantes se había agolpado a pocos metros de la Ópera de Berlín para protestar por la presencia del Sha de Persia, que se reuniría allí con el presidente alemán para escuchar un concierto de Mozart. Los gritos de los estudiantes —“¡Asesino! ¡Asesino!”, vociferaban— fueron aplastados con eficacia. Y tras los golpes de los bastones de los agentes del servicio secreto persa y de los antimotines de Berlín, la batalla callejera no se hizo esperar. “Fue la noche de garrotazos más brutal que se hubiera visto en el Berlín de la posguerra”, escribiría después el cronista Stefan Aust. Pero no solo hubo garrotes, sino también armas: y una, la del inspector Kurras —según alegó este después de apretar el gatillo—, “se disparó”.

La bala del inspector Karl-Heinz Kurras le atravesó el cerebro a Benno Ohnesorg. El cadaver del estudiante fue llevado al hospital distrital de Moabit, donde se ordenó coserle el orificio sobre la oreja y —según se informó la mañana siguiente— le fue diagnosticada una fractura de cráneo como causa de muerte.

Eran tiempos intranquilos en la joven democracia del occidente alemán. Las protestas anticapitalistas y antiimperialistas se acrecentaban en el país, y mientras tanto, los organismos de seguridad del Estado se ensañaban contra los participantes, en su mayoría estudiantes, de las manifestaciones públicas. El fantasma de la Alemania nazi se resistía a morir, y los jóvenes querían cobrarle a la generación anterior la ignominia de los hornos crematorios.

Sin embargo, nadie iba a creer, en esa próvida Alemania de los años 60, que el asesinato de Ohnesorg y la represión policial fueran a desatar la ira de los heterodoxos hasta provocar una escalada de terror y sangre. En solo diez años, la furia de los estudiantes degeneró en la etapa más sangrienta de la posguerra alemana. Andreas Baader, Gudrun Ensslin y su banda de izquierda radical —casi todos por debajo de los treinta— cometieron su primer atentado tras la muerte de Ohnesorg. La joven periodista Ulrike Meinhof se les uniría pronto, formando la llamada coloquialmente Banda Baader-Meinhof, autodenominada RAF, (Facción del Ejército Rojo, en honor a los paramilitares de izquierda japoneses), la organización armada más sangrienta de la segunda mitad del siglo XX en Alemania, que sería perseguida durante casi 30 años, que dejaría varias docenas de víctimas mortales, que secuestró, puso bombas, se tomó edificaciones e instauró el terror: una crisis nacional que alcanzó su cúspide en otoño de 1977, época que el mundo conoce como el ‘otoño alemán’.

Es este episodio oscuro de la historia reciente de Alemania el presentado en la película El complejo Baader-Meinhof, dirigida por Uli Edel y producida por Bernd Eichinger —dos pesos pesados del cine alemán contemporáneo— y basada en el libro del periodista y ex editor de Der Spiegel Stefan Aust.

La polémica no se hizo esperar. Si bien El complejo Baader-Meinhof no es la primera película que se hace sobre la banda terrorista, sí es la producción más cara de la historia del cine alemán, y representará a Alemania en los premios Óscar. ¿Por qué se ha generado un debate tan exacerbado en su país? Por una sencilla razón. La película busca acabar de una vez por todas con el mito del “terrorismo chic”, con la simpatía que la sociedad sajona ha profesado por la banda. El glamour heroico de aquella rebelión asesina aún no ha muerto en Alemania. Tanto es así que hace solo un par de años el grito de la moda en Alemania eran las camisetas que rezaban “Prada Meinhof”. Todos los jóvenes las llevaban. Es como si en América Latina se hiciera una película que mostrara al Che Guevara como un bestial asesino.

“Dejen de verlos como no eran”, dice en la penúltima escena la terrorista Brigitte Mohnhaupt a sus camaradas. Sin embargo, Eichinger —también guionista de la cinta— utiliza estas palabras de Mohnhaupt para articular con claridad lo que las imágenes (“aquella sucesión de acción y contra-acción entre el Estado y los terroristas”, según dijo Aust después de ver la película) buscan hacer durante más de dos horas: quebrar en mil pedazos el mito de la RAF. La frase de la terrorista Mohnhaupt también la tomó el semanario Der Spiegel y, una semana antes del estreno (unos dicen que anticipando la controversia, otros dicen que creándola de la nada), la utilizó como título del tema de portada.

¿Pero cuál es exactamente el mito RAF? Otto Schily, defesor de Andreas Baader durante el proceso de Stammheim contra los jefes de la RAF y futuro Ministro del Interior de Schröder, lo articuló ejemplarmente en una sesión de 1971: no se puede juzgar a la RAF como a cualquier otro caso criminal, sino que es un caso que debe observarse como un forcejeo político-militar entre el Estado burgués-capitalista y sus enemigos más radicales. Mejor dicho, el enfrentamiento entre el gobierno alemán y el Grupo Baader-Meinhof fue —ese sería el mito— político. Y la dificultad de refutar las palabras de Schily radicaría en una realidad innegable para todos: la simpatía de amplios sectores de la sociedad por la banda terrorista. Solo así se entiende la indignación y la airada polémica que ha despertado en muchos sectores de la izquierda alemana la violencia manifiesta de numerosas escenas de Der Baader Meinhof Komplex.

No se equivocan quienes subrayan la violencia de la película: en ella, cada uno de los más importantes ataques de la RAF es presentado con un rigor necesario, pues —así reza la única pretensión del productor— las actas lo dicen. Dicen, por ejemplo, que para el secuestro de Hans-Martin Schleyer, entonces presidente de la Unión Alemana de Industria, en 1977, cada uno de sus guardaespaldas recibió a quemarropa más de 50 tiros de ametralladora: ¿por qué no presentarlo así?

Más allá de esto, las críticas no admiten que la película sí exhibe el conflicto dibujado por el abogado Schily. Lo encarnan los discursos del canciller alemán Helmut Schmidt y, paradójicamente, la figura del jefe del BKA, el servicio investigativo policial, Horst Herold, interpretado por Bruno Ganz. Las apariciones de este último son las más interesantes, pues representan el lado más complejo del dilema en que se sumerge cualquier Estado que, para enfrentar al terrorismo, debe antes concebir y manejar un concepto del mismo: aceptar y legitimizar una guerra contra un sector de la ciudadanía.

Pero esa es la teoría. Al final (de la película, del libro de Aust y en la realidad), el Estado alemán no cede a las exigencias de la RAF y Herold se proclama vencedor de la guerra contra el terrorismo en los 70; y la RAF se hunde en la clandestinidad absoluta, hasta que desaparece. Valga recordar las palabras del canciller Schmidt, dirigidas a los simpatizantes, cuando le declara la guerra frontal al terrorismo de la RAF: “Pueden estar experimentando una sensación de triunfo en este momento, pero deben saber que, a la larga, el terrorismo no tiene chance alguno. Contra él no solo está la voluntad de los organismos del Estado, sino contra él está también la voluntad del pueblo”. 

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