RevistaArcadia.com

Estrella de los setenta

Si alguien duda de su talento quizá no ha visto las dos películas que dirigió en menos de tres años. Clooney está entre los nominados al Óscar de este año, pero todo parece indicar que sus opciones son nulas. Aunque se lo piensa como un símbolo sexual, este actor, hijo de un reportero de televisión, es mucho más que eso.

2010/03/15

Por Manuel Kalmanovitz G

Hace poco George Clooney le dijo a un periódico inglés que el Hollywood de los sesenta y setenta era mucho más arriesgado que el del presente. Y el periódico, para darle un giro escandaloso a semejante obviedad, lo tituló “George Clooney: Hollywood ha perdido su chispa”. Es un lugar común ese, el de la era dorada que nos perdimos por haber nacido demasiado tarde. Como la fiesta maravillosa a la que nunca nos invitan, como la playa paradisíaca un poco más al sur.

Lo curioso es que Clooney si es la clase de actor que producía el Hollywood anterior a esa época dorada, el llamado “Hollywood clásico” en los libros de cine, el de la integración vertical, donde la mayoría de quienes trabajaban en las películas tenía un contrato exclusivo con uno de los grandes estudios, y recibía un sueldo mensual sin importar en cuántas películas trabajaba.

En esa época, las metamorfosis actorales no importaban mayor cosa. Las historias de cuántos platos de espagueti se comía fulano para hacer un papel no tenían sentido porque las estrellas de cine se hacían de otra forma, más lenta y metódica: después de decenas de repeticiones de un cierto tipo de personaje, de pronto surgía, como una mariposa de una larva, la estrella fulgurante. Una cara reconocible, que antes podía tener algo de genérico, de anónimo, a punta de ensayo y error a lo largo de decenas de películas encontraba su nicho y se volvía algo más que una persona, que un personaje, que una cara; se volvía una especie de arquetipo, una estrella.

Pero había que tener paciencia, había que probar distintas fórmulas, había que esperar que el tiempo hiciera su magia. Y en el presente, en contraste con aquel pasado ideal, lo normal es el afán. Y sin embargo, Clooney se demoró. Y no era por falta de influencias, porque ahí estaban su tía, la popular cantante y actriz de los años cuarenta Rosemary Clooney, y su primo Miguel Ferrer, un actor que ya se había ganado un lugar entre los “malos” preferidos del cine.

De la tele al cine

Quizás se veía demasiado viejo cuando era joven, con esas cejas tan grandes. O algo anticuado con ese aire de Clark Gable que tiene, por los dientes y las arrugas cuando sonríe. Es extraño ahora verlo en las películas hechas para autocinemas en las que trabajó al principio. En cintas como El retorno de los tomates asesinos o Regreso a la secundaria del horror, se ve a una estrella en plena e incómoda etapa larval.

Luego vinieron las series de televisión, siete u ocho, hasta que ER, en 1994, lo volvió un ídolo de matiné. Y luego el cine. Ahí, de nuevo, vino otra etapa larval. Hablamos de Batman y Robin y El Pacificador, básicamente. En esa época tenía una sociedad con el productor Robert Lawrence, que estaba empeñado en convertirlo en un héroe de acción a como diera lugar, así no tuviera los músculos abdominales ni la mirada brutal que usualmente se requiere. “Cuando me di cuenta de que sería juzgado por mis películas y no solo por mi actuación en ellas, empecé a escoger proyectos que quería hacer y a empujar para hacerlos aunque nadie quisiera”, diría tiempo después.

Con Un romance peligroso, de Steven Soderbergh, en 1998, se hizo por fin una estrella de verdad. La película es emblemática del final de los noventa: fresca, relajada, divertida y encantadoramente superficial. Ese fue también el encuentro de dos personalidades enamoradas de su medio y conocedoras de la historia.

Fue también clave para la carrera de Clooney, para el Clooney del presente, director y actor de proyectos interesantes, el Clooney comprometido con hacer algo para conjurar de vuelta el espíritu de riesgo del Hollywood de los sesenta y setenta, porque en 1999 los dos decidieron crear una productora dedicada a financiar proyectos con ese espíritu. “Mientras podamos mantener las ganas y no haya burocracia y sea divertido, cuenta conmigo”, le dijo Soderbergh. La productora, llamada Section Eight, produjo la taquillera trilogía de los Océanos, pero también Traffic y Syriana. Hubo proyectos variados como A Scanner Darkly, la fantasía delirante de ciencia ficción con animación rotoscópica dirigida por Richard Linklater, y el melodrama Lejos del paraíso, de Todd Haynes.

Y luego estuvieron las dos películas que Clooney ha realizado como director, Confesiones de una mente peligrosa, y Buenas noches, buena suerte, un homenaje al mundo de los reporteros de televisión en el que Clooney creció (su padre era reportero) y que fue nominada a seis Óscar.

El compromiso con el cine

Aunque la sociedad se disolvió el año pasado, Clooney ha seguido en la misma tónica. Michael Clayton, la película que protagonizó este año y que fue nominada a siete premios Óscar, es un recordatorio del cine de los setenta, a películas como The Parallax View, Network y All the President’s Men. Es sobre un abogado que vive solucionando los líos de los demás y su eventual crisis moral con una multinacional acusada de vender un herbicida que causa cáncer.

Y si bien aquello de la multinacional villana que enferma a la gente es un territorio gastado, las actuaciones de Clooney, Tilda Swinton y Tom Wilkinson, y un aura general de melancolía rejuvenece notablemente el esquema de esta película. Clooney no es ningún jovencito, pero al menos no necesita respiración artificial.

Volviendo a lo de los setenta, la nostalgia de Clooney no es solo estética. “Hubo una época en la que los actores lideraban el movimiento por los derechos civiles y la liberación femenina, y contra la Guerra de Vietnam –luego eso pareció dejar de ser una buena idea”. Ahí también, Clooney ha sido un agente de cambio. O de retorno a la estrella del cine setentera y comprometida. A finales de enero dio un discurso en las Naciones Unidas, viajó a la India como embajador de buena voluntad, está involucrado con lo que sucede en Dafur. Y a pesar de todo, en televisión dijo que no quería que pensaran en él como “el tipo político, el tipo de las películas políticas”. Aunque de eso no debía preocuparse mucho. De Jane Fonda lo que más se recuerda son sus aeróbicos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.