Fotograma de 'Alanis' de Anahí Berneri

Las mujeres, los libros y el unicornio: el 42° Festival Internacional de Cine de Toronto

¿Son las mujeres el futuro del cine? ¿Un nuevo 'boom' de 'biopics' y de películas basadas en libros amenaza con que el cine caiga en una zona de confort poco enriquecedora? Una mirada de Hugo Chaparro a esta versión del festival.

2017/09/25

Por Hugo Chaparro Valderrama*

Las mujeres

¡Alabemos a las mujeres! ¡A aquellas que honraron el 42° Festival Internacional de Cine de Toronto! ¡A su talento y a su manera de ver el mundo! ¡A la forma de sus películas y a las historias que narran en la pantalla! A la madre de Yilmaz Güney, el director turco que dirigió desde la cárcel un cinemito clásico, Yol (1982), cuando lo encerró la dictadura de su país durante cerca de veinte años, en los que estuvo entrando y saliendo de prisión hasta que decidió exiliarse en Francia a principios de los años 80. Su madre le envió entonces un mensaje, registrado en video, al destino impredecible que tendría Güney en un viaje por el que no regresó jamás a su patria.

“¿Qué puedo decirte, hijo mío? Las montañas están entre nosotros. Te busco, pero no puedo encontrarte, hijo mío. Te envié a tu camino. No dejes que el camino te fatigue, hijo mío. He subido montañas. Te he buscado y le he preguntado a los lobos y a las aves dónde estás, pero aún no puedo encontrarte, hijo mío. Tomé mi camino, pero no tengo hogar, hijo mío. Estoy buscando mi hogar. Aprieto piedras contra mi pecho y mis ojos se llenan de lágrimas. Te busco, pero no puedo encontrarte, hijo mío. Te busco, pero no puedo encontrarte”.

Mujeres como la directora francesa Agnès Varda, acompañada a sus 89 años de edad por el fotógrafo y artista callejero JR en otro camino por el que viajan fotografiando los rostros de las personas que encuentran, revelándonos sus vidas con el cariño y la gracia que tiene Madame Varda para jugar al cine, incluso aunque sus compañeros de generación sean tan insufribles como Jean-Luc Godard, a quien tratan de visitar en su casa, en donde leen una frase escrita por Monsieur G. en el cristal de la puerta con la que le dice a su amiga de otro tiempo, de una manera cifrada  –¿podría ser de otra forma con el director de los mensajes secretos?– que no quiere verla.

Celebremos a la sufrida Anne Wiazemsky, casada con Godard desde finales de los años 60 hasta finales de los años 70, lo que hace de ella una heroína cuando fue capaz de compartir su vida con las veleidades políticas e intelectuales del director. Una chica que aceptó actuar en algunas de sus obras totémicas para la cinefilia pomposa –La Chinoise, Week End, One Plus One: transpiraciones sociales que sudan en la pantalla como un testimonio de la revolución estudiantil que se tomó las calles de París durante el legendario, e hiperbólicamente citado, Mayo del 68–. Wiazemsky disfrutaba secretamente de su gusto por la moda o por broncearse en la playa, a pesar de ser juzgada sin ninguna compasión por el director antiburgués por excelencia en el cine de la Nouvelle Vague, tan radical en sus principios revolucionarios que se olvidó de ellos cuando se portó con Wiazemsky como un marido aberrante y tradicional al que destrozaron los celos, llevándolo incluso hasta un intento de suicidio.

A una mujer que frecuenta la sordidez con la honestidad de su visión descarnada ante el mundo, la directora argentina Anahí Berneri, enseñando en sus películas las imágenes sin maquillaje de una realidad tan cruda como la que sufre una prostituta llamada Alanis –“¿Por Alanis Morissette?”, le preguntan sus colegas–, soportando en carne propia los delirios sexuales de sus clientes y la pobreza que la acorrala con su hijo en una ciudad como Buenos Aires, a la que podría llamarse Feos Aires por la tristeza de sus miserias según el cine de Berneri.

A la directora de Arabia Saudita, Haifaa al-Mansour, que encontró en Mary Shelley –la jovencita prodigiosa que escribió a principios del siglo XIX, a los 18 años de edad, Frankenstein o el moderno Prometeo–, una hermana inspiradora por la defensa que hizo de la independencia y la libertad femeninas ante la arrogancia del imperio masculino.

¿Recuerdan la ópera prima de al-Manosur, Wadjda (2012), la primera película filmada en Arabia Saudita por una mujer? Triunfal y premiada alrededor del mundo, el heroísmo de Haifaa al-Mansour se descubre cuando nos enteramos de que realizó Wadjda escondida dentro de una camioneta, porque a las mujeres de su país no les permiten trabajar con hombres en público, y tuvo que ver por la pantalla de un monitor lo que se filmaba en el exterior y comunicarse con los actores a través de un walkie-talkie.

A la directora Barbara Albert cuando evoca la historia grotesca vivida por María Theresa Paradis en el siglo XVIII, una chica ciega explotada por sus padres para deleitar las frivolidades artísticas de la aristocracia austriaca, que disfrutaba de sus proezas musicales en el piano, aunque moviera los ojos con la dificultad de su ceguera, abriera la boca como una forma del éxtasis mientras tocaba y fuera curada parcialmente por el doctor Franz Mesmer, lo que desató el pánico de sus padres ya que la vista le restó talento a Mademoiselle Paradis cuando la agilidad de sus manos se entorpeció con la luz que iluminaba sus ojos.

A Eleanor Riese, maltratada como tantas mujeres en las instituciones mentales de los Estados Unidos, que medicaban a sus pacientes drogas antipsicóticas sin pedirles su autorización, demandando Riese al St. Mary‘s Hospital & Medical Center de San Francisco, donde estuvo recluida en los años 80. Cuando ganó el caso en la corte, Riese y su abogada sentaron un precedente legal para mejorar las situaciones de las mujeres en las clínicas donde las medicinas les causaban efectos colaterales, tanto así que Riese murió a consecuencia de los trastornos que le causaron en su salud.

Alabemos el coraje y el talento de la actriz que honró al Hollywood de los años 40 y 50, Gloria Grahame, cuando mejoró la presencia de los hombres que se llamaron en el cine Humphrey Bogart, Robert Mitchum o Kirk Douglas en películas tan emblemáticas como sus actores –In a Lonely Place, Crossfire, The Bad and the Beautiful–; una actriz consciente de que podía permanecer en las sombras porque sabía que la cámara la buscaría e iría hasta ella para registrar el esplendor de su rostro, magnificado por la pantalla.

A la directora japonesa Naomi Kawase describiendo el poder de la visión a través de un fotógrafo que cae lentamente en el crepúsculo de la ceguera, acompañado en la dificultad de su aventura por una chica que trabaja grabando audios en los que se describen películas para los ciegos que van al cine.

A la actriz Charlotte Rampling cuando hace de su rostro un paisaje emocional con el que expresa la desolación de una mujer solitaria, frustrada por las discordias familiares y por los hábitos conyugales hechos vicios rutinarios en un largo matrimonio que sugiere misterios íntimos, apenas revelados por la forma como la cámara sigue a Rampling y nos enseña el material del que está hecha la vida secreta de su personaje.

A Frances McDormand tratando de honrar la memoria de su hija asesinada en una historia que transcurre en Ebbing (Missouri) y en la que McDormand obliga a una institución como la policía, donde resbalan litros de testosterona, a que la justicia no sea una ilusión sino una realidad para tranquilizar la memoria de los vivos que quieren sepultar con dignidad a sus muertos.

En orden de aparición, las películas donde aparecen estas mujeres, que honraron el 42° Festival Internacional de Cine de Toronto, son: The Legend of the Ugly King, con la que el director alemán Hüseyin Tabak honra la memoria de Güney; Visages/Villages, de Madame Varda y JR; Redoutable, en la que Michel Hazanavicius pasa de la nostalgia por el cine silente según su película anterior, The Artist, a un nuevo tomo de historia fílmica cuando narra la historia de Godard según Wiazemsky; Alanis, de Anahí Berneri; Mary Shelley, de Haifaa al-Mansour; Mademoiselle Paradis, de Barbara Albert; 55 Steps, de Bille August, con Hilary Swank como la abogada de Eleanor Riese (Helena Bonham Carter); Film Stars Don’t Die in Liverpool, la biografía fílmica de Gloria Grahame durante los últimos años de su vida en Inglaterra según el director escocés Paul McGuigan y el retrato que hace de la actriz una de sus colegas dotadas, Annette Bening; Radiance, de Naomi Kawase; Hannah, de Andrea Pallaoro, por la que Charlotte Rampling ganó el premio a la mejor actriz en el reciente Festival de Venecia, y Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, de Martin McDonagh, una película tradicional en su forma narrativa y excepcional por la actuación de Frances McDormand.

¿Son las mujeres el futuro del cine, como aseguraba con entusiasmo The Kit Compact, una revista que se repartió en el metro de Toronto durante el festival?

Sin importar el género, habría que preguntarse no sólo si las mujeres son el futuro del cine, sino también cuál es el futuro del cine cuando películas como Redoutable, Mademoiselle Paradis, Mary Shelley, 55 Steps o Film Stars Don’t Die in Liverpool importan sobre todo por sus alegatos políticos o por la remembranza de los mitos femeninos que se han enfrentado a la misoginia, antes que por lo que agregan a la forma del cine, rutinaria cuando las biografías se narran sin presentar quiebres formales que renueven la tradición.

El caso de Haifaa al-Mansour es una evidencia notable del coraje, pero el riesgo de Wadjda se suaviza en una película sin mayores audacias como Mary Shelley, donde se cuenta otra vez la historia conocida de la heroína literaria y sus compañeros de generación –su hermana Claire y los poetas Percy Shelley, Lord Byron y el sufrido William Polidori–.

Tres protagonistas de la historia femenina –Paradis, Riese y Grahame-, tienen en común el factor del melodrama en el tratamiento narrativo que presentan sus guiones, pero no descubren el carácter excepcional que honra la belleza del cine de Madame Varda o el lirismo íntimo de Kawase, expresado con sus reflexiones sobre la luz y la memoria.

La autenticidad de Charlotte Rampling en una película como Hannah, escrita por sus guionistas, Orlando Tirado y Pallaoro, permitiéndose guardar un secreto que no se revela del todo ante el pasado de la protagonista, enseña cómo narrar una ficción documental sobre las emociones en la que no importa tanto lo que sucedió sino la forma de presentarlo con el repertorio de facetas sensibles que cruzan el rostro de Rampling. Una relación entre las situaciones, sus acciones y sus emociones, que también define el papel de McDormand en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, aunque se trate de la vieja ecuación entre el rencor y la venganza como aspectos que establecen la tensión dramática de una legión de relatos desde que Homero enfrentara a sus personajes en la Ilíada.

Rampling en Hannah.

Es cierto, las cifras son lamentables. “Sólo el 27% de los directores canadienses son mujeres”, se lee en The Kit Compact.

“Estoy cansada de la idea de las ‘mujeres’ consideradas como rarezas del cine”, agrega la directora Sariena Luy. “Quiero estar en la corriente oficial de una manera correcta, como si dijéramos, ‘Es algo normal. También podemos imponernos’ ”.

Femenino o masculino, la única forma de conseguirlo es a través del talento.

Los libros

Quizás sea un momento crítico en términos creativos, pero la multitud que asistió en el Festival de Toronto a las salas –el espacio natural del cine y de sus fantasmas–, y el último documental de Frederick Wiseman que se presentó en el festival, Ex Libris - The New York Public Library, conjuran los prejuicios apocalípticos tanto frente al DVD y las plataformas virtuales como formas portátiles que han reducido el placer del cine a una expresión bonsái, como ante la ausencia, en progresión matemática mientras pasa el tiempo, de lectores literarios.

El paisaje humano descrito por Wiseman en su documental permite soñar con la esperanza en el combate sin fortuna que sucede hoy en día entre los libros y el mundo computarizado de los hábitos tecnológicos por el que muchos se preguntan: ¿qué gracia pueden tener los libros ante el universo electrónico de los computadores y los teléfonos celulares de última generación donde la pantalla despliega una multitud de ventanas y vínculos que cumplen con satisfacer las obsesiones de un adicto al mundo virtual, cada vez más real?

Las salas donde se multiplicó la multitud del Festival de Toronto de manera tumultuosa y el documental de Wiseman sugieren la confianza en que no todo está perdido ante el pasado y su forma de convivir con el presente. Además de honrar el primer lugar de asistencia al cine que tiene Toronto en Norteamérica, su público confirma que no hay forma de reducir la escala de la vida hecha imágenes a las hostias del DVD con la que comulgan cotidianamente los cinéfilos domésticos.

El documental de Wiseman acerca del trabajo que realiza en la ciudad de Nueva York su Biblioteca Pública  –no sólo como sala de lectura, también con presentaciones de autores, conciertos y diálogos con las comunidades donde se encuentran sus distintas sucursales–, confirma que el libro es una de las formas de la salvación ante el caos que asedia a la realidad al otro lado de la página.

Un documental en el que no se habla tanto de libros sino de las personas que utilizan la biblioteca con intereses diversos: dormir un rato, entretenerse con un videojuego, conectarse a internet, tejer, olvidar la soledad, incluso ir a escuchar a un autor, escuchar un concierto, participar en un taller de escritura creativa o aclarar las mentiras que se han contado sobre la historia de la esclavitud en Estados Unidos.

Su testimonio es inspirador por motivos extra cinematográficos como en los casos de Mademoiselle Paradis, Mary Shelley o 55 Steps.

Imagen de Mademoiselle Paradis.

La prolongación kilométrica con la que se ha fascinado Wiseman en algunos de sus últimos documentales, alargándose hasta las cuatro horas en At Berkeley (2013) o hasta la brevedad de las tres horas en National Gallery (2014), In Jackson Heights (2015) o Ex Libris - The New York Public Library, haciendo de la reiteración una forma narrativa, los convierten en relatos episódicos que hacen de cada fragmento un documental en sí mismo, repetitivo en la continuidad que recuerda el lugar común: “Pudo ser más corto”.

Aún así, Ex Libris servirá en el futuro como un documento antropológico si consideramos que Wiseman, a sus ochenta y siete años, parece brindarnos un registro del mundo con la ansiedad de la desmesura –y con cierto aire empresarial cuando sus películas más recientes parecen encargos al servicio de las instituciones que lo contratan para salvarlas del olvido–.

El unicornio

En Ex Libris asistimos al diálogo telefónico que tiene un empleado de la biblioteca con un usuario que llama a preguntar por los unicornios. Tenemos entonces una sorpresa cuando el empleado le dice a la persona al otro lado de la línea: “El hombre es un lobo por fuera, pero en su interior es un unicornio”.

Un motivo para festejar el azar del cine que permite filmar anécdotas como esta. De otra manera, se perderían en el tiempo.

Felizmente, cada año, en el mes de septiembre, el museo de las imágenes en movimiento que enseña el Festival Internacional de Cine de Toronto nutre la memoria con las historias de los personajes que vemos en la pantalla. Para evitar la amnesia, voilà, nuestro Top Ten del evento.

  1. Visages/Villages, Agnès Varda y JR.
  2. The Insult, Ziad Doueiri.
  3. Hostiles, Scott Cooper.
  4. Directions, Stephan Komandarev.
  5. Hannah, Andrea Pallaoro.
  6. Alanis, Anahí Berneri.
  7. Radiance, Naomi Kawase.
  8. Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh.
  9. First Reformed, Paul Schrader.
  10. The Third Murder (Sandome no Satsujin), Hirokazu Kore-eda.

*Laboratorios Frankenstein

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