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Fiebre de largometrajes

Aunque en los últimos años se han estrenado películas con regularidad en el país y este año promete continuar con la bonanza, aún falta para que la industria del cine nacional se consolide. ¿Qué opinan los expertos? ¿Cuáles son las cifras? ¿Qué hace falta?

2010/03/15

Por Julián David Correa

En los últimos años se han vuelto frecuentes las buenas noticias en el cine colombiano. En este país estábamos acostumbrados a saber, de vez en cuando, del estreno de un largometraje nacional y de manera aún más escasa, de la participación de una de estas cintas en festivales como el de Cannes. Internacionalmente, esta situación producía en los espectadores profesionales la idea de que el cine colombiano era poco y de pocos temas, y que estaba compuesto por dos escuelas, según decía Julio Feo de Radio Francia International: la escuela de Bogotá y la de Medellín. En evidente contraste con esa situación, en 2007 se estrenaron diez películas colombianas y en 2008, el Festival de Cannes presentó cinco largometrajes y un corto nacional: La sombra del caminante (Guerra, 2006), Soñar no cuesta nada (Triana, 2006), Al final del espectro (Orozco, 2006), Bluff (Martínez, 2007), PVC-1 (Stathoulopoulos, 2007) y el corto La hoguera (Baiz, 2007).

La existencia de un cine nacional ha sido un sueño postergado desde que el vitascopio llegó a Colombia a finales del siglo XIX. A esa tarea le empeñaron su vida multitud de pioneros, de profesionales y aficionados. De muchos colombianos también ha sido la ambición tener unas imágenes propias, un cine que represente nuestras historias y nuestras diferentes culturas. Cuando se da una mirada al recorrido del largometraje argumental en Colombia, se encuentra que su historia ha sido la de capítulos aislados que siempre parecen ser los primeros de una novela, pero que al final se convierten en cuentos brillantes u ominosos, en cortas historias de caballería andante. En 1997 comenzó el capítulo que hoy está viviendo el cine nacional. En agosto de ese año se expidió la ley por la cual se creó en el Ministerio de Cultura la Dirección de Cinematografía y el Fondo Mixto que luego se llamará Proimágenes en Movimiento. Gracias al trabajo de concertación política, formación de públicos y realizadores, producción y exhibición de cine, esas instituciones logran en 2003 la aprobación de la Ley de Cine, que genera un fondo parafiscal, con aportes de todos los actores del sector y con destinación específica al desarrollo cinematográfico colombiano. Otros dos elementos de esa ley son las exenciones tributarias para quienes aportan recursos al cine nacional y la posibilidad de titularizar películas y ofrecerlas en el mercado de valores.

Según las cifras, en 2006 se estrenaron en Colombia ocho largometrajes en salas y se presentaron 154 filmes internacionales. A pesar de lo cual, durante el 2006 el 14% de la taquilla fue para los colombianos. Durante 1997, el año en que se expidió la Ley de Cultura, se estrenó en las salas un largometraje colombiano, al lado de 251 cintas extranjeras. El cambio del cine colombiano es evidente en diferentes niveles, y demuestra que tras un poco más de un siglo de historia, se ha logrado la concertación interinstitucional necesaria para que los largometrajes colombianos encuentren recursos, pantallas y público. De nuevo estamos ante un capítulo feliz. Tres preguntas surgen alrededor del mismo, preguntas que tienen que ver con la continuidad: ¿cuál es la cantidad máxima de películas que las salas y el público colombiano pueden recibir para que las cintas recuperen su inversión? ¿Por cuánto tiempo sostendrá el Estado las normas y las instituciones de apoyo al cine? ¿Continuará invirtiendo el sector privado en el cine nacional?

Como una etapa previa a la ley de cine, Fedesarrollo realizó una investigación sobre las posibilidades de desarrollar una industria cinematográfica. Esta investigación demostró que 14 largometrajes anuales es el número necesario para estimular la creación de cine, de manera que se forme un “cluster” de producción audiovisual en el país. La norma ha funcionado, 14 es un número de estrenos que se ha estado a punto de alcanzar en los últimos años. Sin embargo, y a pesar de que hay una larga lista de películas sin estrenar (ver recuadro), las decisiones conjuntas de exhibidores y productores no han permitido el lanzamiento de más de diez largometrajes al año. Al respecto, dice Carlos Llano, Director de Distribución de Cine Colombia: “Creo que un número máximo que debemos estrenar en nuestros teatros está entre 12 y 15 películas colombianas anuales. Esas son cifras a las que nuestro mercado puede responder. De lo contrario, las películas colombianas entrarían a competir unas con otras y no podrían quedarse las tres o cuatro semanas que como mínimo requieren. Las películas colombianas que no se han estrenado no ha sido por falta de espacio en la programación, sino por otros factores que apuntan más a su baja comercialidad. La respuesta del público con nuestro cine sigue siendo espectacular, como lo confirman los excelentes resultados de Muertos de susto (670.000 espectadores) y Paraíso travel (más de 900.000 espectadores a la fecha) y los muy buenos resultados de 2007”.

Lo único constante en la historia del cine colombiano ha sido la inconstancia de las normas e instituciones que se crearon para apoyarlo. El temor de que tras el feliz capítulo que vivimos llegue el final del apoyo estatal no deja de ser una preocupación. David Melo, director nacional de Cinematografía del Ministerio de Cultura, responde: “Los mecanismos de fomento estatal al cine tienen ciclos naturales de vigencia; es importante que creadores, técnicos, cineastas y responsables de las políticas culturales velen por el buen manejo de los mecanismos existentes o promuevan a tiempo su renovación de acuerdo con los cambios en las variables que definen la producción y comercialización del cine. De otra manera los mecanismos pueden perder legitimidad y la historia demuestra lo difícil que resulta volver a darle legimitidad a la imprescindible presencia del Estado para hacer posible el desarrollo de una cinematografía propia. Estoy seguro de que, con base en las lecciones aprendidas de las experiencias anteriores, encontraremos los caminos para continuar con el proceso de consolidación de un cine colombiano de calidad, con apoyo estatal”.

La pregunta por el futuro del cine colombiano es necesaria en este momento de aparente bonanza. Pareciera que con la presencia de largometrajes en las salas y el respaldo normativo e institucional que ofrece el Estado, la empresa privada empieza a comprometerse con la producción de cine. Evidencia de este compromiso son las tres más altas inversiones privadas que se han hecho en el cine nacional: Satanás (Baiz, 2007): 1.358.582.303; Al final del espectro: 1.243.403.748, y El colombian dream (Aljure, 2006): 873.060.000. Ante este comienzo tan prometedor, surge la pregunta de cuál será el futuro de estas inversiones en el cine colombiano. Al respecto, opina Felipe Aljure, director de El colombian dream y primer responsable de la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura, la persona que diseñó las instituciones gracias a las cuales ahora podemos contar con una Ley de Cine: “El apoyo del Estado colombiano a su cine, es imprescindible porque compensa un problema de mercado: Colombia cuenta con 20 millones de espectadores de cine al año, mientras que México cuenta con 150. Con un Estado que reduce el riesgo para el sector privado, es más fácil que haya inversión y teóricamente, mientras haya apoyo habrá inversión privada, sin embargo, ese no es el único factor necesario. Colombia acaba de concluir un primer ciclo de desarrollo industrial que se inicia en 1997, y arroja los resultados que todos conocemos. Ahora debemos iniciar un segundo ciclo en donde la meta sea encontrar esquemas que amplíen el mercado: la internacionalización del cine colombiano o la conquista de nuevas ventanas. De lo contrario, el esquema reventará, las películas perderán cualquier posibilidad de rentabilidad y los inversionistas migrarán hacia otros negocios”.

Más que la preocupación por los largometrajes no exhibidos, al sector le interesa crear las condiciones para que esos filmes se exhiban, y para que un número creciente de producciones encuentren su público y los recursos que harán sostenible la empresa del cine. En este panorama de preguntas tan pragmáticas, no debe olvidarse una que no es ni ingenua ni superflua, la pregunta de si el cine colombiano tiene calidad, y de si sus historias representan la diversidad de nuestras formas de relatar y de los relatos que podemos hacer. El cine es un bien cultural, pero más importante que su valor como generador de riqueza es el efecto que tiene en la reflexión y en la transformación de una cultura. Una reflexión sobre el contenido y la estética de nuestro cine resulta necesaria, pero será tema de otro artículo. Por ahora nos quedamos con las cifras y las declaraciones, que nos demuestran que el cine colombiano se ha venido fortaleciendo en los últimos años con la inteligencia de sus gestores, y con un apoyo interinstitucional que nadie quiere dejar de brindar. Las cosas no serán así para siempre, los cambios serán necesarios para que nuestro cine tenga finalmente un primer capítulo feliz.

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