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Fiel a sí mismo

El cantautor y director de cine argentino acaba de estrenar en Buenos Aires una película celebrada por la crítica y el público tras nueve años de silencio.

2010/03/15

Por Iván Gallo Sanabria

La ciudad comenzó a llenarse de esos carteles. Sobre un fondo negro un hombre está mirando con tristeza algún lugar indeterminado. Debajo, el nombre de Aniceto y más abajo el nombre del director: Leonardo Favio. Con el mismo bajo perfil que lo ha caracterizado en cinco décadas se estrenó en el Teatro Gaumont de la ciudad de Buenos Aires su última película. La sala se abarrotó de gente, un promedio de edad muy alto, como si los que vieron acá por primera vez Crónica de un niño solo hace más de cuarenta años se hubieran agazapado en los asientos y hubieran salido de allí con la espalda cargando el peso de los años.

Para muchos en Colombia Leonardo Favio es un cantante popular firmemente arraigado en el corazón del pueblo. Sus canciones son el reflejo del barrio que él retrata con tanta eficacia y poesía en cada una de sus películas. Canciones como O quizás simplemente le regale una rosa se han convertido en clásicos indiscutibles dentro de la música latinoamericana y han sido traducidas a idiomas que el mismo Favio desconoce. Pocos saben que con sus nueve películas es considerado por muchos críticos como el cineasta argentino más importante de la historia, por encima del legendario Leopoldo Torre Nilsson, su maestro, al que le dedicaría su ópera prima y de quien aprendería todo ya que empezó a actuar en sus películas. Sus obras se han espaciado a lo largo del tiempo. Desde 1999 no rodaba ninguna película, y con los años se ha convertido en un artista meticuloso y obsesivo en la sala de montaje. Filmes realizados hace treinta años como El dependiente han vuelto a ser revisados y corregidos por él mismo, aprovechando las ventajas que le da la nueva tecnología. Con un dejo de tristeza y añoranza, como si fuera uno de sus propios personajes, dice: “Si por algo lamento el límite de la vida es porque digo: ¡Carajo! Justo ahora que están todas estas herramientas para trabajar mejor”.

Aniceto es la continuación de un filme hecho en 1967 de nombre largo y decimonónico: Este es el romance de Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza…y unas pocas cosas más. “El proyecto comenzó a latir desde aquel rodaje, hace cuarenta años, cuando notaba que en el silencio de El romance... había una gran sinfonía, pero no sabía por dónde lo iba a resolver”, dice el autor de Nazareno Cruz y el Lobo. Duró cuatro décadas con la idea dándole vueltas en la cabeza hasta que un día se encerró en un hangar de Quilmes. La ambientó en la misma época de la primera, pero esta vez no era un drama cualquiera sino un ballet. Favio a sus setenta años no se cansa de sorprendernos. Una película con marca propia de autor, algo tan difícil de ver en esta parte del mundo.

Le costó mucho trabajo abrirse paso en el mundillo intelectual bonaerense. Nadie podía entender que el mismo tipo que había escrito esa canción tan popular como Ding dong, son las cosas del amor pudiera ser el creador de Juan Moreira. En el ambiente esnob de Buenos Aires, donde todos los artistas juegan a ser Borges, Favio rompió el molde y buscó su propia voz. Peronista convencido, con una religiosidad que raya en el misticismo, Favio es ante todo un amante de la vida, un hombre que mira cada objeto con una añoranza y un amor, como un niño despidiéndose de un juguete. Sus obras respiran ese ambiente del pueblo en el que él tanto cree, pero esa creencia no lo lleva a idealizarlo, allí radica su magia, en mostrar a la gente tal y como es, casi sin máscara, algo que en Colombia solo se ha visto en las primeras películas de Víctor Gaviria.

Un cineasta es él y sus limitaciones. Consciente de la deficiencia del sonido que tenían sus primeras producciones trató de contarlo todo en imágenes para después doblar las voces. A pesar de que en Aniceto vuelve a aparecer el héroe Faviano, aquel hombre que se revela contra el destino, “que no muere en la cama sino fiel a sí mismo hasta el fin, más cerca de una imitación de Cristo”, como él mismo lo dice, es diferente al resto de sus películas a pesar de que comparten la misma esencia. Una fiesta visual que tiene su punto más alto en las peleas de gallo filmadas en ralentí y con crudeza, como si en vez de dos gallos estuvieran dos seres mitológicos tratando de arrancarse la cabeza. Una imagen brutalmente hermosa. Historias de rufianes y de amores encontrados evocando una época donde el honor importaba mucho, pero resultaba peligrosamente caro.

Disminuido por una enfermedad que lo aqueja desde hace años, Favio ha establecido su mundo en el apartamento que tiene en el barrio de Balvanera. Allí, como un viejo sabio, se refugia en esos contrastes que tanto le gustan, va desde Sandro hasta Verdi. Ha sido un independiente, un hombre que se tomó en serio todo lo que hizo, desde su balada más tierna hasta su más adorada película. Es una verdadera pena que queden tan pocos como él.

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