Una imagen de la película.

‘Ayiti Mon Amour’: una carta de amor a un país roto

La película inspirada en las ruinas causadas por terremoto que sacudió a Haití en 2010 compitió en la categoría oficial de ficción del FICCI. Hablamos con su directora, Guetty Felin.

2017/03/06

Por Daniela Hernández

Con tres  historias que se levantan entre las fisuras y escombros de la devastación, la película Ayiti Mon Amour devela cómo Haití se ha recuperado y busca entrar en una conversación con el mundo en términos diferentes. El arte, el amor, el origen y el retorno se hacen presentes en este largometraje para mostrar que el país insular es más que ese pueblo por el que pasó un devastador terremoto. La haitiana Guetty Felin presentó la cinta en la competencia oficial de ficción del Festival de Cine de Cartagena de Indias.

Las tres historias, protagonizadas por actores naturales, emergen de los escombros en un poblado junto al mar. Además de la riqueza y humanidad en los relatos, el proceso de producción sorprende. Es una propuesta alternativa que revela la recursividad cuando las posibilidades de financiación son lejanas. “No puedes evitarlo, las películas te escogen y se quedan en tus venas”, dice su directora. La producción de Ayití Mon Amour tuvo una fórmula única: Fellin la grabó con quienes llama su “tribu”, la comunidad en pantalla.

Además de las historias que se cuentan en Ayiti Mon Amour, el largometraje es sorprendente por la manera en la que se hizo. ¿Cómo se hace una producción de este nivel sin presupuesto?

Yo estaba frustrada y necesitaba grabar algo. Estaba a la espera de comenzar un rodaje de otro proyecto que no iba a hacerse realidad sin el apoyo significativo de un fondo privado. Me cansé de esperar, pero siempre tengo otro proyecto en mi bolsillo, en este caso Ayiti Mon Amour. La había escrito cuatro años antes del terremoto, y cuando la filmé ya habían pasado otros cuatro.

Era una historia que tenía que contar, así que recurrí a las personas sobre las que escribí el guión, una comunidad en la región de Jacmel a la que me gusta llamar “mi tribu”. Crecí con ellos, y aunque no viví allí desde mi infancia, hacía constantes viajes y pasé dos años allí con mi esposo y mis hijos para que ellos conocieran de dónde venía. Los recursos y la fuerza de trabajo vinieron de esta gran familia. Fue un proceso de dar, recibir y aprender.

¿Como se convierte esta comunidad haitiana en un equipo de producción cinematográfico?

Pertenezco a un grupo que está dispuesto a ayudar en todo. Ellos son eso para mí. Los reuní y les dije lo que quería hacer. Les dije que los necesitaba. Hacer esta película era difícil pero inevitable. Es una energía que viene a ti y te envuelve hasta que tienes que hacerlo. Para hacer cine se necesita algo más que pasión. Esta vocación debe escogerte y rehusarse a salir de tus venas. Cuando eso pasa puedes hacer lo que quieras. La gente lo ve y te sigue.  Ellos confiaron en mí porque estaba segura de lo que iba a hacer y porque me querían. Contar historias es mi necesidad, narrar mi país y mostrar un Haití diferente.

¿Hubo un proceso de formación para los operadores de equipos previo al rodaje?

En Haití hay una escuela de cine, así que pude apoyarme en algunos jóvenes de allí, unos profesionales y otros estudiantes. Sin embargo, no todos tenían formación. Yo le enseñé a la persona encargada de sonido lo que debía hacer. Mi esposo manejó la cámara principal, mi hijo menor actuó, mi hijo mayor fue mi asistente de dirección y su novia operó la segunda cámara. Fue un asunto de familia.

¿Cómo fue el trabajo con los actores naturales?

Hacer que estas personas, que nunca habían tenido contacto con la actuación, pudieran interpretar personajes fue un ejercicio de confianza. Lo que das es lo que recibes. Ellos jamás habían actuado pero confiaban en mí. Uno tiene que creer que las cosas van a pasar y ser muy claro en lo que uno quiere. Yo les daba indicaciones precisas y sencillas sobre lo que quería que hicieran y recibía de ellos mucho más de lo que esperaba.

Muchos no sabían leer, por lo que no trabajé con un guión tradicional. No escribí diálogos. Finalmente cada uno estaba representando lo que era, así que lo que decían y hacían resultaba muy potente para la narración. A cada actor le conté su historia, de manera que supieran lo que les estaba pasando y qué querían, pero ellos no aprendían lo que tenían que decir.

Aunque contaba con el apoyo de una comunidad dispuesta a trabajar, un rodaje implica gastos fijos y película no tuvo ningún patrocinio de inversionistas o fondos privados. ¿Cómo se financió?

Mientras estaba en el proceso de grabar otro proyecto -el que necesitaba un presupuesto mayor-, capturé material para Ayiti Mon Amour. Lo utilicé para iniciar un campaña de crowdfunding en Indiegogo. Sin embargo, para iniciar el rodaje, invertí el pago que recibí por unos vídeos que grabé para una exposición en París. De ahí salió el primer impulso. Los equipos eran nuestros. Con mi esposo tenemos una casa productora, esa fue una gran ayuda.

Una vez empezamos el rodaje, mi día se dividía en dos: filmar y pedir colaboración en Internet. Hacía videos en los que mostraba cómo había transcurrido la jornada de grabación e invitaba a aportar al proyecto para continuar grabando. Las donaciones llegaban de todas partes del mundo. Hice la película en dos partes, durante dos años. Recuerdo especialmente que para finalizar la segunda parte necesitaba 5.000 dólares y una noche recibí un aporte de 2.000 dólares. Era una amiga que jamás pensé que donaría, creí que era una equivocación. Así pude terminar el rodaje. Las cosas pasan cuando uno cree.

¿Había alguna retribución económica para quienes trabajaban en el rodaje?

Ellos jamás lo pidieron. Estaban dispuestos a ayudarme sin condiciones condiciones, pero hay que retribuir a la gente por lo que da. El trabajo de ellos era valioso, pero nuestro presupuesto era escaso y se conseguía a diario. Me comprometí a darle a cada uno (excepto a mi esposo e hijos) cien dólares diarios. Además, a la gente hay que alimentarla y darle energía que compense su trabajo.

¿Su “tribu” ya vio la película?

No la han visto y son los que más me reclaman. A veces me preguntan si en realidad la hice, porque piensan que cuando grabas ya está todo hecho, pero la verdad es que es un proceso muy largo. Va a llegar a las salas de la región a finales de marzo, y la vamos a proyectar en Jacmel, la comunidad en la que está mi “tribu”, el primero de abril. Creo que ese será en el momento en que sentiremos con más intensidad la fuerza de creer.

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