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Hitchcock sigue dando vértigo

Vértigo aparece todos los años en listas de críticos y espectadores como una de las mejores películas de todos los tiempos. El propio Alfred Hitchcock siempre dijo que era una de sus favoritas y el paso del tiempo parece haberle dado la razón.

2010/03/15

Por Gabriela Bustelo

Reconocido en el mundo?entero como maestro del suspenso y creador del género del thriller, Alfred Hitchcock tenía un innegable talento para contar historias valiéndose de la imagen como principal elemento narrativo. Quizá ningún otro director haya sabido entender y plasmar de manera tan cabal la esencia visual del cine. Esto requería una ardua labor previa en que planificaba cada plano obsesivamente, eligiendo vestuario, objetos y códigos de color para crear un entorno que afectara al inconsciente. Es el célebre “sello Hitchcock”, que no equivale tanto a una factura o técnica característica como a una determinada visión del mundo.

El 9 de mayo de 1958 se estrenaba en San Francisco la obra cumbre de su universo visual, Vértigo, un filme de urdimbre compleja, ritmo contenido y profusa simbología que constituye, en última instancia, un rendido homenaje a la belleza femenina y al mito de Pigmalión. Pese a su relativo fracaso de taquilla y crítica frente al éxito de Crimen perfecto, La ventana indiscreta y Atrapa a un ladrón, hoy se considera la obra maestra de Hitchcock, un gran clásico cuya trama seduce desde el comienzo y desconcierta hasta la última secuencia. Pese a que el genial James Stewart tenía ya 50 años, lo cierto es que luce todo su encanto como el ex policía encargado de vigilar a la bella y neurótica esposa de un viejo amigo. En cuanto a la heroína, Hitchcock le había dado el papel a Vera Miles, para quien la diseñadora Edith Head ya tenía listo el vestuario, pero al quedar embarazada la actriz perdió la gran oportunidad de su vida. Cuando los ejecutivos de Paramount la sustituyeron por Kim Novak, el quisquilloso director comentó que “la señorita Novak” no le acababa de convencer. Pero resultó que la inexpresividad de la actriz cuadraba perfectamente con su complicado papel doble, pues si la hierática Madeleine tiene un elegante aire de misterio, la vacua Judy deja aflorar toda su tórrida sensualidad.

El guión es una adaptación de la novela francesa Sueurs froides: d’entre les morts (literalmente, “Sudores fríos: de entre los muertos”), de Pierre Boileau y Thomas Narcejac. A Hitchcock ya le gustaba su novela anterior, Celle qui n’etait plus, que el director francés Henri-Georges Clouzot convertiría en su famosa película Las diabólicas. El guión definitivo es de Samuel Taylor –coautor de Sabrina, de Billy Wilder– a quien debemos el magnífico personaje de Midge interpretado por Barbara Bel Geddes. En cuanto a la banda sonora de Bernard Herrmann, se considera un clásico, como explicaba Martin Scorsese en 2004: “Representa la noción del círculo y la espiral, de la satisfacción y la desesperación. Plasma perfectamente la pretensión de Hitchcock por llegar al centro mismo de la obsesión”. Es cierto que ya desde los famosos créditos de Saul Bass hay una reiteración constante de movimientos circulares y figuras concéntricas: el seguimiento por las empinadas calles de San Francisco, el plano cenital de la escalera de la torre, los bucles del peinado de Novak, el movimiento circular de la cámara cuando en la habitación de hotel, la fantasmagórica secuencia del sueño… Y clásica también es la aparición cameo de Hitchcock, que cruza una calle con una trompeta en la mano.

Curiosamente, la película solo tuvo dos nominaciones a los premios Óscar de 1958, ambas en categorías técnicas: Mejor Dirección Artística y Mejor Sonido. Pero en la larga entrevista que François Truffaut le hizo para su respetado libro El cine según Hitchcock (1968), el director confesó que Vértigo le gustaba especialmente, desvelándole los dos niveles compositivos que había empleado en el filme: una trama externa destinada al entretenimiento popular y una estructura interna cargada de fundamentos intelectuales. Así, el proceso de “revivir” a la muerta vistiendo a otra mujer como ella simboliza precisamente lo contrario, pues un hombre enamorado desnudaría a su amada, en vez de vestirla. “Cuando Novak aparece teñida de rubio (y con el traje sastre gris), a Stewart le fastidia que no lleve un moño. Es como si la mujer estuviera casi desnuda, pero sin quitarse las bragas”. Esta paradoja es típicamente hitchcockiana, pues en Vértigo dejó volar su perversa imaginación con abundantes imágenes eróticas cargadas de segundas intenciones.

Podría incluso hablarse de terceras intenciones porque tras la trama argumental usada como excusa para narrar el relato pasional, subyace la verdadera motivación de la película: una reflexión sobre el miedo a la muerte. El crítico británico David Thomson no comprende “cómo un hombre con semejante adicción crónica al miedo puede considerarse un artista serio”. Pero según su compatriota Robin Wood, Vértigo es una de las cuatro o cinco obras más profundas y hermosas de la historia del cine. Prueba de ello es que ningún director de los que han plagado el mercado con remakes hitchcockianos en los últimos años –Sabrina (1995), con Harrison Ford y Julia Ormond; Psicosis (1998), con Vincent Vaughn y Julianne Moore; Un crimen perfecto (1998), con Michael Douglas y Gwyneth Paltrow– se ha atrevido con Vértigo. Tal vez sea porque la película, 50 años después, aún hace honor a su nombre.

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