Angelina, la protagonista, con la hija de Arturo.

"La ayahuasca es una experiencia cinematográfica"

“Icaros: a Vision”, la película sobre el yagé que se estrenó en IndieBo, enfrenta a la cultura occidental con los indígenas de la Amazonía peruana.

2016/07/21

Por Matilde Acevedo

En un mundo lleno de quinoa, harina gluten free y leche deslactosada, es normal que drogas espirituales como la ayahuasca (o el yagé, como se le llama aquí) –antes consideradas un defecto del hipismo– se vuelvan una tendencia. Concuerda con la lógica de la generación millenial –la mía–, que ha decidido relacionarse con el mundo por medio de la naturaleza. Prácticas como la homeopatía, el chamanismo, la sanación natural y la ayuda espiritual ahora se han popularizado en la vida occidental.

Icaros: a Vision, la película sobre ícaros (los dioses de la amazonía peruana) y ayahuasca que se presentó en IndieBO, "documenta lo que está pasando hoy en el Perú con el turismo chamánico", dice Mattero Norzi, uno de sus directores (el otro es Leonor Caraballo). Si bien es un tema que ya se ha tratado en el cine, este par de cineastas y artistas visuales intentaron recrear la experiencia completa de tomar ayahuasca como un viaje personal diferente a "el primer hit de una droga". Emerge, así, un largometraje que experimenta con máquinas TAC, televisores, chullachaquis y patrones de la cultura Shipibo para crear visiones y sensaciones.

Angelina, la protagonista, es una mujer que llega al Amazonas peruano buscando una alternativa para su incurable enfermedad, pero al embarcarse en ese proceso también se somete a una sanación espiritual. Es interesante la figura que los directores tratan de crear con Angelina: una mujer rubia, delgada, bilingüe y en contacto con toda la tecnología occidental. "Es un personaje típico de la mitología amazónica. Muchas veces la ayahuasca se presenta como una mujer rubia. También el pelo rubio tiene un poder sobre los indígenas porque no lo conocen. Entonces hay una especie de admiración por él", dice Norzi.


Izquierda: Abou Farman, el productor. Derecha: Matteo Norzi, el director. Foto: Guillermo Torres

Cuando llega Angelina al centro de sanación, el panorama no le es enteramente desconocido: la maloca está llena de extranjeros buscando algo parecido. Bien podrían ellos formar parte de esa nueva generación saturada de las costumbres citadinas y con ansias de encontrarle trascendencia a la vida, al igual que, en cierta medida, Angelina. Puede ser gracioso, incluso, la dificultad por la que pasan ellos para llegar a un lugar que, para los indígenas, es todo menos exótico. Está el actor italiano, tartamudo y con complejo de diva, pero profundo. Está el francés que quiere romper con su drogadicción por medio de la ayahuasca, "una droga que se usa para cortar las adicciones”, según Norzi. Está la estudiante universitaria europea que encontró su lugar en el centro de sanación y vive ahí desde hace seis meses. Y está Angelina, reacia y precavida a todo lo que le pueda suceder en el centro.

Norzi reduce la sed que todos tienen por la ayahuasca y su misterio –a pesar de su hediondo sabor– a la búsqueda espiritual: "ahora se habla mucho de que la ayahuasca es para la curación. Es lo que nosotros, los blanquitos, buscamos. La verdad es que la ayahuasca tiene muchos usos diferentes: para la guerra, para la cacería, para discutir política entre diferentes tribus". Pero, en vista de que estos usos no se adecúan a las necesidades de los turistas occidentales, "ahora se usa mucho para diagnosticar. Porque el chamán te puede escanear, un poco como una tomografía. Puede ver tu energía y dónde está bloqueada".

Gradualmente Angelina logra acostumbrarse a la ayahuasca (como parte de su sanación) y logra desenvolverse con Guillermo, el chamán, y Arturo, su nieto y aprendiz. Los directores y su equipo de producción, a su vez, convivieron un tiempo con los ingígenas y entablaron una relación de confianza que les permitió lograr cierta autenticidad en las escenas. “El guion lo hicimos escuchándolos a ellos, escribíamos cosas que ellos nos decían antes. Eso era un poco más fácil porque así ellos reconocían a su personaje”, afirma Norzi. De manera que el debut de los actores naturales surgió dentro de un ambiente de familiaridad y libertad.

La presencia de la tecnología occidental en la película no es en vano: “se dice que la ayahuasca es el ‘televisor de la selva’, porque la ayahuasca también es una experiencia cinematográfica”, dice el cineasta, quien también asegura que “la ayahuasca es complicada, tiene algo de digital porque es algo que te tomas con un componente químico. Pero es también la operación que hace el chamán. Si tú tomas ayahuasca solo, no vas a tener mucho éxito. Con la combinación de cantos, vibraciones, humo, olor –porque ellos también utilizan agua florida para estimular– se afectan tus visiones. Entonces es un instrumento tecnológico que te puede escanear como una tomografía”.  

Además de las varias sensaciones que deja la película –disgusto, temor, incomprensión y calma–, queda en el espectador una curiosidad algo aterradora por indagar en las selvas del Perú, por entrar en contacto con los indígenas y por tomar ayahuasca. Pero, tal vez, una de las inquietudes más llamativas que siembra el largometraje es que "no tiene mucha importancia poner la ayahuasca y los ritos en un museo, porque se cubren de polvo. Lo importante es que esto se pueda continuar usando con otras culturas y otras tecnologías” concluye Norzi.

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