Chocó.

Infieles por naturaleza

En agosto se estrenan 'Chocó' y 'La Sirga', dos películas colombianas que tienen en común el uso de paisajes rurales, actores no profesionales y un ritmo pausado. Manuel Kalmanovitz reseña estas dos producciones ¿Una nueva tendencia en el cine nacional?

2012/07/19

Por Manuel Kalmanovitz G, Bogotá.

En un texto canónico en los estudios sobre cine, el crítico André Bazin dividía a los directores de cine en dos grandes categorías: los que aman la realidad y los que aman el montaje. Es una división menos categórica de lo que puede parecer y muchos directores quedan en la zona gris entre las dos, pero le apunta a dos cosas muy distintas que el cine puede hacer: mostrarnos el mundo o manipular nuestras reacciones a lo que vemos en pantalla.

De las seis películas colombianas que se estrenan entre julio y agosto de este año hay dos (La Sirga y Chocó) que pertenecen a la primera categoría. Lo curioso es que ambos directores se conocen y vienen de la escuela de cinefilia caleña, esa cantera que ha dado algunas de las películas más memorables del cine nacional.

Es la nueva cosecha de algo que ya se perfilaba con El vuelco del cangrejo el año pasado (que comparte buena parte de su equipo técnico con La Sirga) y que busca, calladamente y sin hacer manifiestos ni grandes declaraciones de principios, darle un giro de ciento ochenta grados al cine nacional.

Así, en estas películas en cambio de ver actores y actrices de televisión sacando músculos (ellos) o escotes y tangas (ellas), lo que tenemos es gente común y corriente. Ni muy bajos ni muy altos, ni muy flacos ni muy gordos, ni muy bonitos ni muy feos. Gente común y corriente.

“Con un actor famoso siempre va a haber una mentira explícita y eso es difícil de combatir”, dice Óscar Ruiz Navia, director de El vuelco y productor de La Sirga. “Eso hace muy evidente la representacion y a mí lo que me interesa es jugar con esa ambigüedad”.

Durante el casting, William Vega, director de La Sirga, dice que no evaluaba la gente basado en una lectura de guión o en improvisaciones, lo que se hace normalmente con actores profesionales, porque no quería alguien que se adaptara a lo que había escrito. Buscaba, en cambio, “una persona de carne y hueso que superara lo dibujado [en el guión]”.

Jhonny Hendrix, director de Chocó, también encontró que los actores no profesionales le podían dar cosas que un profesional jamás le daría. “Si ves la gente de allá [del Chocó, donde sucede la película] cómo trabaja día a día, cómo cojen un hacha y te tumban un árbol en una hora, cómo es su trabajo cotidiano… eso no lo va a hacer un actor por más de que quieras invitarlo, porque le falta mucho callo, mucha vida, para parecerse a estos personajes”.

Ahí está la cuestión, en la vida. Estas son películas que nos acercan a un tiempo distinto, más lento y cadencioso del que acostumbramos a experimentar con las películas comerciales globales (Estados Unidos no es el único productor); que nos muestran un mundo, a diferencia de tantas películas nacionales, donde la gente no se trata a los madrazos, donde no hay ni un zopenco, donde los estereotipos ambulantes no reinan perezosamente en la pantalla.

Acá incluso la música se usa de otra manera; en La Sirga y El vuelco la única que se escucha es la que oyen los personajes en su contexto. En Chocó sí hay música acompañante, pero es de la zona donde se rodó la película.

En ese sentido, Vega cita a los hermanos Dardenne, los cineastas belgas que hacen películas tan exquisitamente humanistas y depuradas, que cuando alguien les preguntó por qué no usaban música en sus películas respondieron “para no taparle a usted los ojos”.

Esas ganas de abrirle los ojos al público, esa fe en las capacidades del cine, es algo que comparten estas tres películas y, curiosamente, lo hacen alejándose de la vida de ciudad (donde, según el censo del 2005, vive casi el setenta y cinco por ciento del país). El vuelco sucede en La Barra, cerca a Buenaventura; La Sirga en La Cocha, a cincuenta minutos de Pasto, y Chocó en San Juan.

“Es esa mirada a un país que no se identifica con lo rural —dice Vega—. Como que vivimos en esta mentira de las ciudades, en estas burbujas de lo urbano y el único referente del campo es esa idea de la finca del abuelo”.

Hendrix dice que parte de lo que lo impulsó a hacer Chocó fue preservar en cine un contexto muy rico que está desapareciendo por la tala y la minería. “Quería coger mucha de esa información que seguramente no va a ver mi hijo y que Colombia no conoce. Documentar todos esos espacios, momentos e historias y ponerlas en el ojo del colombiano acostumbrado a ver historias de la Colombia que no es”.

Las tres películas están relacionadas muy de cerca con el paisaje donde suceden y cada una nació de una experiencia personal de los realizadores. Chocó, que es sobre una mujer maltratada por su marido (aunque también puede verse como metáfora de un terriotorio abusado), surgió de una conversación entre dos mujeres que Hendrix oyó por casualidad.

La Sirga comenzó a gestarse después de que Vega fuera a la zona a hacer unos documentales para televisión. Y El vuelco surgió de un episodio que Ruiz Navia vio en La Barra, donde un foráneo trató de adueñarse y cercar un pedazo de la playa. Estos gérmenes de historias se les quedaron adentro a los tres y, al entrar en contacto con las locaciones, comenzó a modificarse.

Esa es otra característica en común: durante el rodaje el guión de las tres se dejó permear por ese mundo tan rico que los rodeaba. En Chocó, dice Hendrix, buena parte de los diálogos son naturales. “Muchas escenas nacieron tal cual; por ejemplo las canciones que cantan mamá e hija son de allí, no las conocía. En el guión sabía que ahí iba a ir una canción y la busqué en el territorio”.

Pero las películas, aunque tienen algo cercano al documental al darle tanta importancia de los paisajes y a la gente que vive ahí, también tienen en común ráfagas de irrealidad. Un rostro que no puede estar ahí en El vuelco; el diálogo con una niña que luego se pierde entre la selva en Chocó; sueños que parecen realidad en La Sirga.

Es como si el andamiaje documental que construye la película les permitiera darle cabida a episodios extraños e inexplicables que no desentonan con ese mundo tan extraño que han capturado.

“Me interesa lo real pero no necesariamente el realismo”, dice Ruiz Navia. “Es chévere comenzar desde lo real y luego dejarse embriagar por las sensaciones que se dan. Construir algo no necesariamente realista, sino más cercano a la ensoñación o la epifanía. No es necesario tener una fidelidad absoluta hacia la realidad”.

Aunque es una incógnita cómo les irá a estos dos estrenos en las salas del país, ya se han ganado un lugar en los festivales importantes. Chocó estuvo en Berlín y La Sirga en la sección Quincena de los realizadores de Cannes.

¿Será que en nuestro imaginario cinematográfico hay lugar para más de una clase de película? ¿Será que películas sin madrazos ni bastedades tienen una oportunidad?

“Nos han criticado diciendo que no pensamos en el espectador —dice Ruiz Navia—, pero es lo contrario. Queremos invitar a que la experiencia de estar en una película no se limite a que le cuenten algo, sino a que viva cosas y piense en lo que ve”.

Puede que sean películas exigentes de ver, en buena parte porque no estamos acostumbrados a películas sin música, con actores no profesionales, con un ritmo pausado y con paisajes poco familiares. No estamos acostumbrados a que el cine colombiano haga experimentos formales, porque eso es otra cosa que estas tres películas tienen en común.

“El público está acostumbrado a cierto tipo de telenovelas que nos ridiculizan, que nos hacen ver como si fuéramos de quinta y muchas películas hacen básicamente lo mismo —explica Hendrix—. Y a la gente le encantan. Lo que quiero es preguntar si ese es el cine que deberíamos seguir haciendo o buscar una plataforma distinta”.

Por eso, además de interesantes, estas tres películas son una reconfortante muestra de optimismo de parte de directores y productores. Es pensar que el cine puede ser más que la grosería y patanería a la que nos han acostumbrado. Que nos puede mostrar el mundo que tenemos al lado pero que desconocemos, que nos puede ayudar a pensarlo mejor y a entenderlo.

En ese sentido las cifras no son todo, dice Vega. “No podemos cuantificar el impacto que ciertas películas dejan en la gente. Aunque, claro, debemos procurar que generen ingresos, pero en las condiciones actuales cuando esto se está convirtiendo en una industria hay que entender el sentido cultural del cine como una auténtica expresión del país. A mí no me gustan los nacionalismos ni los internacionalismos. Hay que hacer cine para seres humanos, si están en mi país y si quieren ir a verla enfrentada a Hollywood, maravilloso. El reto es construir y formar público a futuro”.

Hendrix tiene una teoría interesante sobre el futuro. Dice que Colombia puede estar pasando de creerse provincia a saberse provincia. Si la transformación se da, toda esa inseguridad, esa celebración de la vulgaridad que puede verse en últimas como un síntoma de una autoestima averiada, ya no tendría sentido. Lo que quedaría sería explorar qué significa ser provincia, quitándole las connotaciones negativas a la palabra.

Ese es el giro de ciento ochenta grados que nos proponen estas películas y es una verdadera revolución. El hecho de que no haya manifiestos ni grandes banderas, no le quita nada de su radicalidad. 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.