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Elogio de Jim Carrey

La más contundente actuación de Carrey se encuentra en el documental ‘Jim & Andy: The Great Beyond’ recientemente estrenado en Netflix. Un homenaje a uno de los grandes actores cómicos de Hollywood.

2017/12/06

Por Óscar Garzón M.

Siempre había tenido la sospecha de que Jim Carrey suele ser más complejo que sus propias películas. Su lenguaje corporal y su propensión a la caricatura anárquica -su estilo, en otras palabras- terminaban por opacar cualquier intento de sus directores para construir una película que no se pudiera definir simplemente como una película de Jim Carrey.

Solo hasta este año y gracias a un documental, podemos empezar a comprender las dimensiones de su trabajo cómico. Se trata de Jim & Andy: The Great Beyond, dirigido por Chris Smith, una reconstrucción del rodaje de Man on the Moon de Milos Forman, la película biográfica sobre el no menos anárquico comediante Andy Kaufman. Partiendo del material detrás de cámara grabado durante el rodaje por Lynne Margulies -exnovia de Kaufman-, el documental de Smith termina siendo un gracioso, reflexivo e impúdico registro que hace las veces de síntesis de la obra de Carrey. Se estrenó hace poco en Netflix.

Para empezar, la actuación de Carrey personificando a Kaufman nos descubre el absurdo mismo de los biopics clásicos producidos por Hollywood: estos suelen basarse en la terquedad de la identidad coherente, pretenden que existió un tipo de persona y que esa persona puede ser representada de manera veraz. Carrey, sin embargo, construye su propio relato de la representación y en lugar del moralismo y la redención -rasgos del biopic hollywoodense- opta por el irrespeto, la incomodidad, la confusión y el caos, para mostrar otra cara de lo que significa hablar de alguien, de construir una biografía.

De esta manera, Carrey elige no responder por sí mismo sino por Andy Kaufman y su alter ego Tony Clifton. Les dice a los demás actores, técnicos y al mismo director Forman que él no es Carrey sino Kaufman, y que si tienen algún mensaje para Jim, él lo comunicará con gusto. Lo que en apariencia no es más que un fetiche de método actoral, rápidamente se convierte en un performance que resulta en el punto cumbre de la obra de Carrey. Así, Carrey haciendo de Kaufman haciendo de Clifton, irrumpe en las oficinas de Steven Spielberg exigiendo que le muestren el tiburón original de Jaws, logra engañar a Hugh Hefner en su mansión de Playboy, habla de Jim Carrey como un cobarde, sabotea una prueba de sonido y conduce un automóvil con una bolsa de papel en la cabeza. La consecuencia es graciosa, incómoda y no menos reveladora: Jim Carrey, Andy Kaufman y Tony Clifton desplazan con una fuerza imperiosa a Milos Forman y reclaman para sí la autoría real de la película: es particularmente gracioso ver al director checo intentar darle orden a una película y a un autor-actor que sobrepasa su propio poder creador.

Jim Carrey en el papel de Andy Kaufman en Man on the Moon (1999).

De paso, en este performance -en este emocionante sabotaje del mundo de las representaciones- nos preguntamos también sobre lo que es ser una persona, un actor y un personaje y de repente la filmografía anterior de Carrey adquiere otros sentidos. Si nos detenemos en sus inicios vemos cómo desde entonces Carrey no ha hecho más que querer vaciarse de sí mismo a través de su trabajo. En The Mask (La máscara) (1994) el desconocimiento de sí mismo es explicado con una paradoja: solo a través de una máscara (que no oculta sino que desborda lo escondido) el personaje de Stanley Ipkiss se revela para sí mismo y para los demás como otro. En Ace Ventura: Pet Detective (1994) las rarezas y excentricidades son tantas y tan variadas que en últimas Ace Ventura parece imposible de descifrar. Su identidad es tan exagerada, caricaturizada y vuelta a subrayar, que un hombre así desentona socialmente por su terca coherencia consigo mismo: es en los animales -quienes a su vez carecen de identidad- donde su modo de ser encuentra un sentido. En Dumb and Dumber (Tontos y más tontos) (1994) la exageración del absurdo, el sinsentido y la literalidad lleva a otro resultado: si bien no hay nada que otorgue más seguridad en sí mismo que encontrarse con un tonto, el problema radica en que el tonto termina por mostrarnos la tontería de tomarse a sí mismo demasiado en serio. The Truman Show (1998) representa la tragedia de la imposibilidad del escape de sí mismo, que a su vez es la imposibilidad de escapar de la mirada de los otros: son los demás los que nos definen. Todo esto no es más que Jim Carrey queriendo ser famoso (como lo confiesa en el documental) mientras que busca desesperadamente sabotear la idea terca de ser alguien: es él su propia comedia y, por ende, su propio talento.  

Por este camino la obra de Carrey nos puede llevar incluso a esbozar varios rasgos de la comedia misma: en ella hay siempre un riesgo -físico y ético- latente (Man on the Moon, Jim & Andy); está atravesada por los impulsos y la animalidad corporal (The Mask, Ace Ventura) y por el sinsentido y la incorrección (Dumb and Dumber). La comedia, parece decirnos Carrey, puede ser la forma más seria y contundente de cuestionarse a sí mismo.

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